Elogio del aguante

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Del éxtasis a la agonía oscila nuestro historial. Podemos ser lo mejor, o también lo peor, con la misma facilidad.
BERSUIT VERGARABAT
La argentinidad al palo

Quisiera ver al Diego para siempre, gambetando por toda la eternidad. Es verdad que el Diego es lo más grande que hay, es nuestra religión, nuestra identidad. Quiero que siga jugando para toda la gente. Esta declaración de principios de los Ratones Paranoicos, la suscribimos millones de hinchas del mejor futbolista de todos los tiempos. Fieles devotos de que la pelota no se mancha.

En 1986, al frente de la Selección Argentina, fuimos testigos de la consolidación de un héroe que nos dio y no sigue dando un montón de felicidad. Con Diego Armando Maradona invariablemente nos hemos sentido eternos y con su magia, el fútbol se abrió de piernas para siempre. No puedo imaginar lo que será de este deporte cuando el Pelusa abandone la Tierra. Las crónicas serán contadas como un relato que sucedió hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana. Por lo pronto, le hacemos el aguante por medio del quinto mandamiento de la Iglesia maradoniana que reza así: Difundir los milagros de Diego en todo el Universo.

En los últimos días, el medio futbolístico nacional fue estremecido con la noticia de que Maradona vendrá a hacerse cargo de la dirección técnica de los Dorados de Sinaloa, en la Liga de Ascenso, un suceso histórico que para muchos periodistas y especialistas en la materia fue tomado como una broma, después con un halo de incredulidad y al final, con repulsión.

La prensa deportiva mexicana es un asco y una auténtica vergüenza. Al menos los doble moralistas que están asustados/espantados/incomodados/decepcionados de que “un ser tan despreciable” como Maradona venga a nuestro país a tomar las riendas de un equipo profesional. Desde Marion Reimers de Fox Sports, Ciro Procuna, Roberto Gómez Junco y Paco Gabriel de Anda de ESPN, o Carlos Guerrero de TV Azteca, no pararon de espetar primero, que El Diego no es entrenador y segundo, que su comportamiento fuera de los terrenos de juego nunca es ejemplar, sobre todo recientemente, durante el pasado Mundial de Rusia 2018. Por cierto, un capítulo en el que muchos medios de comunicación no perdieron la oportunidad de tirar la bomba de que estaba muerto para vender papel o ganar likes. Para su mala fortuna, Maradona está más vivo que nunca.

Jorge Pietrasanta, otro analista de ESPN, ex Televisa Deportes, cuestionó a Jorgealberto Hank Inzunza, presidente de los Dorados, si la llegada de Maradona es positiva para el cambio de imagen que quiere dar Sinaloa al exterior. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Ese es el nivel de periodismo nacional que tenemos? Puritanismo puro. Ni que Diego fuera político o funcionario público para responsabilizarlo de una determinada percepción ligada a la cultura del narcotráfico.

Esto me recuerda al linchamiento mediático que sufrió el ciclista Lance Armstrong, después de que se destapó el escándalo de doping y que posteriormente terminó en el retiro de los siete Tours de France conseguidos de forma consecutiva entre 1999 y 2005. La prensa mundial e incluso algunos deportistas como el tenista serbio Novak Djokovic se ensañaron con él y quisieron ponerlo al nivel de un delincuente. ¿Qué pasa con la humanidad? Es un deportista y se dopó. Punto. Es como si llegas borracho o drogado a tu trabajo. Te pueden llamar la atención, suspenderte, multarte o bien, despedirte. Pero en ningún momento es un acto que amerita la cárcel o la Inquisición. En la actualidad, existe una obsesión de asumir una postura de lo que se considera políticamente correcto y algunos se muestran ansiosos por impartir juicio y castigo, o bien, horca y cuchillo a la menor provocación.

En la rueda de prensa del pasado lunes donde fue presentado oficialmente como timonel de El Gran Pez, Maradona fue directo, sin miramientos ante el medio periodístico y sacando pecho: “Todos somos juzgados. Todos creemos tener la palabra de la verdad. Cuánta gente hay acá que hace peores cosas que nosotros y no salen en ningún diario. Yo vine a trabajar. A la gente de Culiacán le decimos que no venimos de paseo, no venimos de vacaciones. Donde me busquen me van a encontrar. Yo no me escondo, no mato ni miento”. Como dice Manu Chao: Si yo fuera Maradona, viviría como él. Porque el mundo es una bola que se vive a flor de piel. En lo personal no me interesa lo que pueda ocurrir con el destino del club. El fútbol mexicano no llama mi atención en lo absoluto. En cambio, su sola presencia y su permanente actitud de hinchapelotas provocará un montón de postales que desde ahora agradezco.

Hace algunas semanas, al debatir con un reconocido comentarista deportivo local acerca de las cuentas de Instagram de Maradona y Pelé –en donde aquél aparece fumando habanos, bebiendo o bancando a la izquierda latinoamericana; en tanto que éste se presenta como un hombre formal, con traje, como sponsor de firmas bancarias y totalmente alineado al poderoso sistema de la FIFA–, me sermoneó, en primer lugar por su respetable admiración por O Rei, y en segundo, desde una clásica postura de superioridad moral de lagunero promedio de clase media-alta conservadora, que La mano de Dios no es un modelo a seguir para la sociedad, para sus hijos y que en el fútbol no debería existir espacio para personajes de su bajeza. Yo, en medio de risas y con una alta dosis de orgullo por mi talante liberal, le respondí –al igual que Jorge Ramos a David Faitelson en una mesa de ESPN, después de la mordida de Luis Suárez a Giorgio Chiellini, durante el Mundial de Brasil 2014, episodio por el que el analista mexicano quería crucificar o encarcelar al uruguayo por no ser la mejor imagen para la niñez– que de la educación de tus hijos, hacete cargo vos; no esperes que la televisión o el fútbol lo hagan.

Nos llevó siglos conquistar la libertad y estamos acabando con ella, dice el escritor torreonense posnorteño Carlos Velázquez en su columna Síndrome de abstinencia postmundialista, publicada en la sección El Cultural del periódico La Razón, a raíz de que las voces de las buenas costumbres pusieron el grito en el cielo por el ejemplo que Maradona ofrece a los niños: “Darse golpes de pecho porque Diego ensucia su leyenda es maniqueísta. Un hombre ya no tiene derecho a destruirse, carajo”. Tanto escándalo por compartir un perico de un palco a otro. Una lástima igual de lamentable que la petición del brillante departamento de Diversidad de la FIFA –seguramente asesorada por feminazis–, de que las cámaras de televisión durante las transmisiones no enfoquen más a mujeres guapas o atractivas en los estadios porque es sexista y machista. ¡Ma-mi-ta! Están del orto. Por favor, en la primera oportunidad visiten el Cocodrilo, legendario cabaret enclavado donde Recoleta se funde con Palermo, en pleno Barrio Norte, en Buenos Aires –mi tierra querida, como diría El morocho del Abasto–, en el que conviven armónicamente las más lindas pasiones del ser humano: fútbol, tango y la noche. Un boliche que debe su fama a que Maradona era un habitué allá por la década de los noventa y mientras las pantallas reproducían sus mejores goles, ocurrían los bailes más sensuales en la barra.

Al parecer México no tiene memoria. Que Maradona venga a trabajar de manera legal a territorio nacional no me parece para nada grave. Si es buen, regular, mal o pésimo entrenador, ese es otro tema que recala en lo meramente deportivo. Es más obsceno seguir votando y manteniendo a una clase política que tiene en la pobreza extrema a más de 40 millones de mexicanos. Es más deprimente que en esta nación no se juzgue a ex presidentes y ex gobernadores que fueron cómplices de la muerte y desaparición forzada de cientos de miles de vidas durante una guerra inventada por Felipe Calderón.

Es más vergonzosa la Estafa Maestra, la Casa Blanca de Peña Nieto, los 43 de Ayotzinapa y un montón de capítulos oscuros en la historia reciente de este pueblo que se cae a pedazos todos los días. Y es todavía más triste que estas generaciones supuestamente ilustradas, con acceso a las nuevas tecnologías, que miran hacia la vanguardia y la modernidad, desde hace meses no hablen de otra puta cosa que no sea la serie de Luis Miguel –desde chavorucos, hipsters, millennials, chakas, derechairos, activistas sociales de twitter, hijos de padres divorciados y demás faunas– como si no tuvieran otra educación musical y cultural o un mejor criterio para los productos que consumen.

En el prólogo de la autobiografía Martín Palermo. Titán del gol y de la vida, Maradona dice que en el fútbol se sabe todo: quién se droga, quién es cagón, quién es mala leche, quién va al baño veinte veces antes de un partido. Es un ambiente con mucho individualismo y donde la mayoría vende humo. En esas líneas –y no de cocaína–, el ex astro argentino nacido en Lanús, pero criado en Villa Fiorito, ambas localidades del conurbano bonaerense, recuerda que cuando fue técnico de la Selección Argentina, creía que el premio más justo para El Loco era que terminara su carrera en Sudáfrica: “Y por eso lo llevé conmigo, pero ojo que no le regalé nada. Él se lo ganó porque reunía todos los requisitos, tanto dentro como fuera de la cancha, para que lo eligiese como uno de los 23 del plantel. Lo llevé convencido, lo hice entrar contra Grecia convencido y sigo convencido de que hice lo correcto: fue inmensa la alegría que le dio al pueblo argentino con el gol a Perú en las Eliminatorias y con el gol a Grecia en el Mundial”.

Precisamente, hablando de esa justa mundialista disputada por primera vez en África, el periodista y escritor Pablo Plotkin, en su Réquiem para un dios cansado, en el dossier ‘Recuerdos de una pasión’, publicado en la edición especial de la revista Brando, apunta acertadamente que 2010 pudo ser el torneo de Messi, con 23 años y en plenitud de facultades en su periplo con el Barcelona. Sin embargo, fue el Mundial de Maradona, que con su barba entrecana combinada con un set de trajes color plata oscuro, nos regaló una estampa que hasta el narcotraficante latinoamericano más elegante envidiaría: “Maradona encarna algo que tiene que ver con la infancia, pero también con la emoción estética y el poder innegable de mito. No es casual que el gol argentino más gritado del Mundial de Sudáfrica haya sido el de Palermo contra Grecia, en un partido que no definía nada, porque era un gol hecho a medias con Maradona, que había decidido llevar a un tipo que apenas podía correr. Por esos días, Diego fue otra vez el genio del fútbol mundial. En el diario inglés The Guardian, el columnista Richard Williams hablaba del ‘manejo humano inteligente’ que podía llevar a la Selección Argentina a ganar su tercera Copa FIFA”.

Son estas muestras de devoción las que nos hablan de la influencia y el legado de una celebridad de su magnitud. Ariel Magnus dice en el epílogo del libro Barrilete cósmico (El relato completo) –la transcripción íntegra de la narración de Víctor Hugo Morales del legendario partido entre Argentina e Inglaterra, en 1986– que al llamar literatura a un relato futbolístico corremos el mismo riesgo que tratar de poema a una canción de rock, es decir, desvalorizar o ridiculizar al texto que en realidad se quería enaltecer. Sin embargo, sostiene que únicamente al analizarlo como un objeto literario podemos descubrir hasta qué grado echa mano de herramientas propias del género para construir una unidad narrativa, incluso cuando está concebida para un propósito nada literario y no pretenda, en teoría, perdurar. El fútbol es un juego y en el fondo también la literatura lo es. Así de grande es Maradona, capaz de inspirar un escrito mitológico a partir de una hazaña épica, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos y preguntarnos, de qué planeta vino éste Barrilete cósmico, para dejar en el camino a tanto inglés y para que el país sea un puño apretado gritando por la Argentina.

En distintos momentos, D10S fue objeto de críticas por estrechar amistad con mandatarios como Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Nicolás Maduro y por supuesto, su filiación peronista a través de dos íconos como Cristina y Néstor Kirchner, en virtud de que, a los ojos de la derecha neoliberal conservadora, aprueba y legitima, según ellos, dictaduras y gobiernos que atentan contra los derechos humanos. Asimismo, para nadie es un secreto su admiración por Ernesto Che Guevara, ni su odio acérrimo al poderío económico y político de los yanquis. Es famosa su frase en el documental de Maradona by Kusturica: “Si quieres podemos hablar de Bush. Porque le echan la culpa a los colombianos de la cocaína, pero resulta que la producen los colombianos y la consumen los americanos”. Y en el tema de los dirigentes de la FIFA, sostiene: “Yo digo que Havelange vende las armas, y Blatter las balas”. Kusturica, director de cine y músico nacido bosnio y musulmán, aunque declarado serbio y ortodoxo, postula en su obra que si Diego no hubiera sido futbolista, se habría convertido en revolucionario: “Maradona es los Sex Pistols del fútbol”.

En el capítulo ‘Teoría del Bostero 7. El Gran Diego y la Pantalla Chica’, de su libro Boquita (2005), Martín Caparrós dice que el mundo está lleno de personas que nunca oyeron hablar de la Argentina pero sí de Maradona o que sólo oyeron hablar de la Argentina porque oyeron hablar de Maradona. La Argentina es un país que se rige por ídolos. Y, en este país idólico, no lo ha habido mayor que Maradona. El hombre con la mejor zurda del mundo fue lo que fue porque encarna simultáneamente varias cosas: la doble identidad de pobre frente a rico, sur frente a norte, Argentina frente a Europa y sur de Europa frente al resto de Europa.

“Es un símbolo de continuidad en un momento en que todo se fractura, el peronismo se vuelve conservador, el radicalismo traiciona, y él sigue siendo el viejo símbolo nacional y popular. Pero además es un tipo que sintetiza todas las identidades del fútbol argentino: es el tipo con la mayor habilidad que nunca se ha visto y al mismo tiempo unos huevos así, que sigue jugando con el tobillo hecho una papa”.

Caparrós coincide con Pablo Alabarces en que el fútbol pone en escena el mito central que armó a la Argentina: el ascenso social, la idea de que cualquiera puede. Y Maradona lo representa como nadie. La historia de Maradona sigue diciendo que de Villa Fiorito al mundo hay un camino que se puede recorrer, aunque parezca que no: existe, porque él pudo recorrerlo. Maradona es increíble, no hay otro igual. Además, construyó un discurso y una narrativa sin igual. En algún momento decidió que iba a convertirse en portavoz y empezó a reivindicar a los pobres de este mundo, relacionándose con presidentes antiimperialistas, dealers en ascenso y alguna otra personalidad polémica o controvertida. Maradona rompió también con esa tradición del futbolista sometido, encajonado en declaraciones vacías y monótonas.

El Pepe Basualdo –que jugó con él en Boca y en la selección– recuerda una anécdota imperdible: “Como cuando Juan Pablo II le dijo lo de la droga, que la deje, qué sé yo, y él saltó y le dijo vos, en vez de hablarme a mí de drogas por qué no vendés el techo que tenés acá que con lo que sacás le das de comer a todos los pobres del mundo. Le dijo una verdad tremenda, y el pobre Papa no sabía dónde meterse”. En palabras del propio Maradona: “¿Porque salí de Villa Fiorito no puedo hablar? Yo soy la voz de los sin voz, la voz de mucha gente que se siente representada por mí, yo tengo un micrófono adelante y ellos en su puta vida podrán tenerlo”.

Además de ser él, Diego fue la Argentina y, además –o por eso– bostero. Maradona es el mejor jugador que pasó por Boca Juniors –y la Albiceleste, y el mundo– y es, además, el superhincha. Maradona se convirtió en el símbolo xeneize por excelencia: Boca es enorme y universal, pero él lo sintetiza. Maradona jugó 69 partidos oficiales con la remera azul y oro y metió 35 goles –uno más que medio por partido, aunque casi la mitad fueron penales. 69 partidos es bastante poco: fueron suficientes y es bueno que sean 69. Boca es Diego como Diego es Boca. Infinito. Inmortal. Eterno. Indisoluble.

En el documental antes mencionado, Kusturica reconstruye la escena en la que Diego vuelve a La Bombonera, 24 años después como ex jugador, con una antorcha en la mano: “La débil llama iluminaba el camino de regreso del túnel de la droga, una vez más entre sus hinchas. Dios por una vez; Dios por siempre. Esa noche me vino a la cabeza el dios mesopotámico Gilgamesh. El modo en el que Diego fue acogido demuestra que a los dioses se les perdona todo”. Sin duda, uno de los statements más poéticos y mejor logrados en un filme que no tiene desperdicio. Más adelante, Maradona se desnuda por completo en el biopic y ofrece uno de sus testimonios más humanos: “Emir, ¿sabés qué jugador hubiese sido yo si no hubiera tomado cocaína? ¡Qué jugador nos perdimos! Me queda el mal sabor de boca que hubiese sido mucho más de lo que soy. Te puedo asegurar que sí”.

La grandeza del Pibe de Oro tiene resonancia hasta en el ámbito musical, un espacio donde se genera todo un sistema de creencias y las más distintas apologías. Tal es el caso del cantante, compositor y poeta Joaquín Sabina que hace memoria en el capítulo ‘Argentina: “El culo más hermoso del mundo” (Historia de la más feroz sabinamanía)’, en su biografía En carne viva (Yo también sé jugarme la boca), escrita por Javier Menéndez Flores, que empezó a amar a Maradona cuando ya no era Maradona, pues su etapa de futbolista genial le pasó completamente desapercibida, pero que se impresionó cuando le montaron aquella escena por todos conocida en Caballito: “Maradona no tenía por qué ir a comprar cocaína a un barrio. Desde luego, no con cámaras de televisión y con toda la policía porteña alrededor. Le hicieron una putada tremenda, y ahí me empezó a interesar. Luego lo conocí y estuvimos juntos un par de noches locas, y me pareció que tenía y tiene una cosa que sólo poseen algunos argentinos –la tuvo Gardel y la tuvo Evita Perón–, que es un gran instinto para lo popular. Un saber de dónde viene uno y a qué lugar pertenece, es decir, Diego es el único tipo del mundo que puede hablar bien de Menem y de Fidel Castro el mismo día”. De haber vivido a principios del siglo XX, seguramente habría inspirado los mejores tangos, tal vez un Bandoneón arrabalero.

Al final, la única certeza es que con Diego Armando Maradona no existen medias tintas: o se le ama o se le odia. No hay cabida para pechos fríos. No existe algo más apocalíptico que él. Se está o no se está. Anda o no anda. Y para todos aquéllos detractores de la máxima deidad pagana que jamás podrá nombrarse en los anales del balompié, que se la chupen, que la sigan chupando. Así que, como le dijo a El Bocha –Ricardo Enrique Bochini, máxima gloria de Independiente de Avellaneda–, cuando entró de cambio por Jorge Burruchaga en el partido contra Bélgica, en las semifinales de México ’86 en el Estadio Azteca: “Dibuje, maestro”.

P. D. Genio, genio, genio… Gracias por venir.

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