Lenguaje inclusivo y detractores de papel

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Pasear por redes sociales (al menos las mías) y no toparse con publicaciones referentes al feminismo y algunos de los temas que los movimientos han logrado colocar en las agendas locales e internacionales, es prácticamente inevitable.

Uno que llama especialmente mi atención es el debate sobre el uso de lenguaje inclusivo. La intención de este texto no es ahondar en los argumentos de ambos lados de la discusión, sino cuestionar la existencia misma del debate. No en un afán represor de las libertades de pensamiento, posición política y expresión, sino con una genuina preocupación por el fondo que exhiben quienes defienden férreamente al lenguaje, su estructura y la importancia de respetar sus reglas.

Los movimientos feministas y sus aliados, tan complejos y plurales como la problemática que intentan visibilizar y revertir, se alimentan de investigaciones, de observaciones empíricas y técnicas de la realidad, de experimentos, de experiencias fallidas y exitosas en cualquier parte del mundo. De tal forma que se construyen agendas que buscan incidir transversalmente sobre los problemas más graves y visibles originados por la discriminación sistemática y sistémica de las mujeres: la violencia física, las violaciones y los asesinatos, a través también de las que parecieran distintas agendas sobre los puntos de acuerdo a los que logran llegar: legalización del aborto, eliminación de la brecha salarial, y claro, uso de lenguaje inclusivo.

Así, pues, de un lado del supuesto debate sobre el uso del lenguaje con perspectiva de género, encuentro a mujeres y aliados tratando de buscar mecanismos para transformar la realidad, desde el lenguaje y lo que éste significa –relaciones humanas, cultura, sociedad, economía, política, etcétera. De este lado de la discusión, estamos defendiendo vidas. Estamos hablando de feminicidios, de niñas violadas y violentadas por su condición de niñas, de adolescentes obligadas cultural y sistémicamente a ser madres, de mujeres que perciben un salario distinto sólo por su condición de mujer.

Del otro lado, el discurso se disfraza de docente, de intelectual valiente, ¿en contra de qué? Del lado oscuro del debate se defiende a signos que sólo la cultura es capaz de transformar en símbolos, que históricamente han sido diseñados por los hombres en el poder (político y económico pero académico también), para desdeñar, sobajar, invisibilizar y estigmatizar a las mujeres en aquellos roles que no les hayan sido, de antemano, impuestos. Defienden a un montón de líneas curvas y rectas, a las teclas, a los diccionarios, a la Real Academia.

Me pregunto constantemente si quienes defienden con alma, corazón y dientes las reglas de ortografía que aprendieron en la escuela, consideran de vital importancia, o encuentran una convicción tan profunda en la defensa de las palabras, que ponderan esa batalla más relevante, significativa y urgente para la humanidad que aquella a la que atacan.

Con estas líneas yo, una apasionada del lenguaje y una admiradora ferviente de lo que pueden desatar las palabras, lanzo esta humilde invitación a quienes izan la bandera de la corrección gramática, a pensar y cuestionarse: ¿no parece una contradicción burlarse del uso inclusivo, restándole importancia al lenguaje en su dimensión cultural, como lo afirma el feminismo, y al mismo tiempo defenderle como piedra angular de la sociedad, a capa y espada?

Al elegir nuestras batallas y el papel que juega cada mensaje que al respecto emitimos, deberíamos considerar, primero, si estamos opinando a favor o en contra de un principio o de un mecanismo con el que no coincidimos. Por último estarán, claro, quienes encuentran en este debate una oportunidad más de dañar al feminismo, ya sea por defender sus privilegios o por repetir el disco rayado que les ha sido impuesto.

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