Ovación de pie para el cazacuentos

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Desde que nacemos nuestra existencia está encausada a un simple verbo: morir.

Este efímero compendio de soles y lunas nos dan alegrías, ilusiones y, algunas veces, tristezas y melancolía; tal como lo hace el teatro.

Desde la existencia de la razón, el ser humano ha atribuido la vida y sus consecuencias a la divinidad, fe, esoterismo y hasta al escepticismo. Hay quienes pregonan que todo aquello que hacemos, o nos sucede, está vinculado al destino.

En lo personal, no tengo la menor idea de qué o quién rija nuestras vidas. Mucho menos porqué a lo largo de este sendero se presentan retos tan grandes que preferimos ya no respirar.

Independientemente de ello, debemos comprender que estamos aquí en este mundo y lo único que podemos hacer es vivir. Pero qué difícil es.

Por eso, además de la certeza de la muerte, está la certeza de que aquello que hagamos es de vital importancia, porque nadie más lo hará.

Hace un momento decía que la vida era tan similar al teatro porque esto es un aforismo que me han enseñado. Lo he aprendido con maestros, en escuelas teatrales, en reuniones de lectura, en escenarios, con amigos, en carne propia y, sobre todo, en colegas que viven el teatro.

Admiro desde siempre a aquellos actores que desayunan, comen y cenan teatro, sin pretensiones ni banalidades, que dejan el ego a un lado para disciplinar el talento y encauzarlo a un bien social.

Y si alguien me transmitía esto, sin duda, era un cazacuentos lagunero, que en este mundo era conocido como Ricardo Violante. Entregado a los escenarios desde siempre, hoy se despidió con un acto final que conmovió no solo a mí, sino a toda una comunidad; ya sea porque coincidieron en proyectos, lo vieron ejecutar su talento o simplemente porque lograba robar sonrisas con solo aparecer y decir una ocurrencia.

La vida pensó que ya nos lo había prestado mucho tiempo, que ya nos había alegrado y contagiado con su optimismo por varios años, y quiso tanto un espectáculo privado que en un acto egoísta se lo llevó a su escenario. Dejándonos a nosotros, los desdichados que morimos, un hueco en el corazón que trata a toda costa llenarse con recuerdos, anécdotas y lágrimas.

La vida nos arrancó una estrella, que aún nos baña con su brillo de optimismo, con la esperanza de volverle a ver y aplaudir de pie.

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