¿A poco no…? En el sótano del subdesarrollo educativo

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¿A poco no es justo que hoy, Día del Maestro, celebraremos a los docentes de profunda vocación que, pese a todas sus carencias, se entregan de manera comprometida a su labor? Por desgracia, éstos son minoría, por lo que el país está tan lejos de las naciones que ocupan los primeros lugares en niveles de aprendizaje, como coinciden todas las mediciones que, sobre la materia, se hacen en el mundo, destacando el Reporte de Capital Humano, elaborado por el Foro Económico Mundial y que mide la calidad de la educación y el desempeño laboral de los individuos.

México ocupó el lugar 58 de 121 países, con una calificación de 68 sobre 100, por debajo de otras naciones latinoamericanas como Chile, el mejor rankeado de la región, que ocupó el sitio 45, seguido por Uruguay en el 47, Argentina en el 48, Panamá en el 49 y Costa Rica en el 53. Entre los rubros en los que nuestro país está peor calificado, destaca el de la calidad de la educación para alumnos de hasta 15 años, al ocupar el lugar 102, y para alumnos de 15 a 24 años, descendemos a la posición 107; es decir, que en este sector, sólo hay 14 países peores que el nuestro.

Pero la culpa de esta situación no es sólo de los maestros, si bien, son el eslabón más frágil de la cadena, por lo que resulta de lo más común dirigir hacia allá el peso mayor de la responsabilidad. Y esto repercute en la percepción que ellos mismos tienen de su labor, como lo confirma el Estudio Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje, al revelar que el 50% de los educadores en México considera que su profesión no es apreciada por la sociedad, lo que los conduce a realizar su tarea con desánimo.

Quienes lamentan el desprestigio de la labor magisterial, deben reconocer que los profesores, en particular los que están ausentes de los salones de clases, porque su verdadero trabajo es la labor sindical y partidista, son corresponsables del desastre educativo nacional; ello, no obstante que la SEP ya prohibió a los “comisionados”. Pero también lo son las autoridades negligentes que, por omisión o por contubernio lo permiten; los legisladores, que aprobaron una reforma educativa muy alejada de las expectativas didácticas y pedagógicas; y muchos de los padres de familia que suponen que su único deber es llevar a sus hijos a la escuela.

En el caso de los legisladores y las autoridades, parecieran no entender la relevancia del tema: los primeros, fallaron al aprobar una reforma que, como las demás, se quedó demasiado corta, porque los partidos impusieron, una vez más, sus intereses políticos sobre las necesidades de la nación. Y en el caso de las autoridades, porque ni siquiera esa pobre reforma han podido aplicar a cabalidad a cinco años de haber sido decretada. Y, por desgracia, tardará al menos una década más para ver los primeros resultados positivos.

Así como reconocemos a los maestros que se entregan a su labor con auténtica vocación y amor a su profesión, también deberíamos cuestionar a los responsables de la debacle educativa, que son partícipes de la simulación en la que se ha convertido nuestro sistema de enseñanza. El futuro ya nos alcanzó, hundidos en el sótano del subdesarrollo, mientras que los demás países van avanzando. Y ahí seguiremos, mientras no entendamos que, sin educación de calidad, jamás podremos aspirar a ser una nación de primer mundo. ¿A poco no…?

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