¿A poco no…? La compleja y delicada relación entre moral y política

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¿A poco no te acuerdas de la cínica frase del político potosino, Gonzalo N. Santos: ‘la moral es un árbol que da moras’? Por su definición, la moral es un conjunto de normas, valores y creencias existentes y aceptadas en una sociedad, que sirven de modelo de conducta y valoración para establecer lo que está bien o está mal. Para algunos, moral y política deberían ir de la mano; para otros no, por lo subjetivo de los conceptos. Nicolás Maquiavelo, que escribió El Príncipe en la época del Renacimiento, pero vigente siempre, dejó en claro la separación entre el bien moral y el bien político, argumentando que si los hombres fuesen buenos, la política consistiría en el ejercicio exclusivo del bien. Pero, puesto que los hombres son egoístas y codiciosos, la política tiene que consistir en el actuar con la fuerza.

El politólogo italiano decía: ‘En política se debe ser zorra para conocer las trampas y león para atemorizar a los lobos. En el mundo de la política es inevitable el uso de la violencia para oprimir a los hombres y alcanzar los fines del Estado. Es decir, que los hombres tendrían que aprender la manera de no ser buenos’. ¡Y vaya que la mayoría de la clase política actual lo sabe y lo practica! La esfera de la política es pública y se gobierna en forma diferente a como es gobernada la esfera de la moral privada.

Además, por tradición y costumbre, la moral siempre ha estado ligada a la religión y no a la política, por lo que, en su momento, generó gran polémica la propuesta de AMLO de crear una constitución moral cuyo propósito es ‘combatir la corrupción y establecer las bases para una convivencia futura sustentada en el amor, en hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad y para que México se convierta en una república amorosa’. Las críticas no se hicieron esperar en redes sociales y medios de información.

Hubo quienes cuestionaron la cordura del tabasqueño y los que advirtieron la contradicción de una propuesta propia de la ultraderecha proveniente de un militante de izquierda, a lo que AMLO dio respuesta argumentando la descomposición social existente, graves problemas de desintegración familiar y pérdida de valores; por eso, dijo, se debe impulsar la creación de un estado de moralidad, aunque no planteó cómo lograrlo, máxime que es un tema muy subjetivo en el que la moral difiere de unos a otros: heterosexuales y homosexuales, creyentes y ateos, liberales y conservadores, feministas y machistas, etc.

Habrá que ver si, con el triunfo electoral, después de tomar posesión de la Presidencia de la República el 1 de diciembre próximo, AMLO insiste en concretar su propuesta de crear su constitución moral. Pero antes de hacerlo, alguien le debe recordar la advertencia de los politólogos convencidos de que la relación entre moral y política es compleja y delicada, y que decretar la moralización de la política, podría esconder una directriz totalitaria en términos de un Estado que, argumentando razones de salud pública, pretenda imponer a sus gobernados una determinada moral cívica, social, sexual o hasta religiosa, lo que va en contra de las más elementales libertades que tanto han costado conquistar a millones de mexicanos. ¿A poco no…?

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