¡Otros juegos, la alimentación y la familia!

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“AMO, ATO, MATARILERILERON
¿QUÉ QUIERE USTED?, MATARILERILERON
YO QUIERO UN PAJE, MATERILERILERON
ESCOJA USTED, MATARILERILERON
YO ESCOJO A PEDRO, MATERILERILERON
¿QUÉ NOMBRE LE PONDREMOS? MATARILERILERON
LE PONDREMOS “EL PEQUEÑO” MATARILERILERON
AQUÍ LE ENTREGO A MI HIJO, CON DOLOR DEL CORAZÓN Y SI NO LE OBEDECE, ¡LE DARÁ UN COSCORRÓN!

Bueno, les diré que acordarme de todo esto fue fácil en el inicio, pero no lo fue tanto al final; por otro lado, fue mi querido amigo y compañero de algunos juegos, Pepe Toño, quien me lo recordó, ya que lo olvidé la semana pasada. Este pasatiempo se jugaba haciendo dos hileras paralelas y encontradas, es decir, una frente a la otra; mientras una hilera caminaba hacia adelante, la opuesta caminaba hacia atrás, mientras se cantaba cada una de las estrofas, hasta que el “hijo”, o “hija” era entregado a la hilera contraria, así nos íbamos intercambiando a la hilera opuesta, obviamente que el juego terminaba cuando todos estábamos intercambiados, era una buena forma de inventar nombres para los elegidos y de saber que podríamos estar en cualquiera de las posiciones, como les comenté la semana pasada, la mayoría de nuestros juegos consumían mucha de nuestra energía, muy pocos eran juegos sedentarios.

Otro juego que me encantaba y que jugaban más los niños, pero las niñas no estábamos del todo fuera del mismo, a mí me tocó jugarlo muchas veces, lo más significativo de este entretenimiento es que a decir verdad, no se requería de un juguete propiamente dicho, al igual que muchos otros juegos ya descritos anteriormente; consistía en dibujar con un pedazo de tiza, toda una carretera con muchas curvas, de ida y vuelta en una extensión en ocasiones larga y en otras corta, todo dependía del espacio que se tuviera. En este “caminito”, como muchos de nosotros le decíamos, se “corrían” carritos, de esos pequeñitos, comúnmente de hierro, ya que el plástico casi no se usaba en esos entonces. Muchos de los niños no tenían de esos “carritos”, lo que no obstaculizaba el juego, se utilizaba algo tan simple como las tapas, o “fichas” de las botellas de refresco, objetos que hacían las veces de “carritos”.

El juego consistía en darle tres golpes al “carrito”, o a la “ficha”, siempre procurando que no saliera de la carreterita, ya que si esto sucedía, volvías al lugar inmediato anterior del que habías salido. Los golpes eran ligeros, por supuesto, y se daban utilizando el dedo “tonto y loco”, con el “matapiojos”, es decir, el dedo medio con el pulgar.

Cabe señalar que mi querida “abuelita” nos enseñó el nombre de los dedos de diferente forma:

Pulgar: Matapiojos
Índice: Saca mocos
Medio: Tonto y loco
Anular: El Señor de los anillos
Meñique: Chiquito y bonito

Este es verdaderamente un grato recuerdo. Me divertía por horas, sobre todo con mis hermanos y primos, y no requeríamos juguetes, ya que no siempre cargábamos carritos, pero podíamos ir a la tiendita más cercana y pedirle a quien la atendiera las fichas necesarias para iniciar nuestra aventura.

Hay muchos juegos más, pero los dejaré para la siguiente semana; mientras tanto les platicaré de la alimentación y de la familia. Debo contarles que aprendí mucho y a muy temprana edad todo lo que a obligación con la casa se refiere. Supe cómo limpiar una casa a muy temprana edad, supe inclusive cómo lavar la ropa, en el lavadero por supuesto, en aquellos tiempos tener una lavadora era todo un lujo; pero lo que recuerdo con más cariño y gusto es mi inserción en la cocina, hasta la fecha me encanta cocinar. Aprendí lo indispensable cuando yo tenía apenas 7 años de edad, soy la mayor de todos mis hermanos y al ser mujer, sobre todo en aquellos tiempos, era menester saber de los quehaceres del hogar. Mi madre se enfermó de reumatismo y estuvo en cama más de un mes, bueno, pues era yo quien cocinaba para ella y mis hermanos, mi padre salía mucho de viaje, era ferrocarrilero y tenía muchas corridas.

Aprender a cocinar para mí fue toda una aventura, ya que no sé por qué me encantaba hacerlo, tal vez porque veía a mi mamá que lo hacía con mucha dedicación y lo disfrutaba mucho. Aprendí a preparar lo necesario e indispensable, podía hacer una sopa, un arroz, freír un bistek, hacer una salsa, preparar huevos de cualquier forma, y preparar agua de limón, muy común en aquellos tiempos, generalmente no se tomaba refresco en casa, solo aguas de sabor, elaboradas con frutas naturales.

La alimentación era muy importante, no solo en cantidad, sino en calidad, se compraban los mejores productos vegetales y eran muy baratos y frescos, yo podía a mi corta edad ir al mercado y comprarlos, también sabía muy bien cómo comprar pollo y carne, al igual que cualquiera de los productos que se vendían en las tiendas de abarrotes; en aquel entonces no existían todavía los supermercados; uno tenía que caminar varias cuadras con una canasta, o “bolsa del mandado”, ahí se traían los víveres para al menos dos días, cabe aclarar que no todas las casas tenían un refrigerador, por lo que se tenía que acudir al mercado diariamente, o al menos cada dos días. Los pocos refrigeradores que había en unas pocas casas, no eran eléctricos, tenían un gran depósito para poner un gran bloque de hielo que se compraba con repartidores, otro depósito para que cayera el agua del hielo derretido y había que vaciarla al menos dos, o tres veces por día, en esas casas se podían dar el lujo de comprar cada semana sus víveres, menos las carnes, esas se compraban todos los días, o cada dos días. Más allá de ir al mercado, por lo general cada tres o cuatro cuadras había una carnicería, una pollería y verdulerías-fruterías, así como grandes tiendas de abarrotes en todas las colonias. Los estanquillos de las esquinas vendían cosas pequeñas y refrescos, cigarros y otros enseres de menor cuidado que no se echaban a perder.

Lo importante de todo esto es que nos enseñaban a comer de todo, nunca nos preguntaban qué queríamos comer, generalmente nos comíamos todo lo que nos servían y no podíamos dejar nada en el plato. No nos dejaban tomar agua cuando comíamos, ya que nos podíamos llenar de agua y se nos quitaba el hambre, así que el agua se tomaba hasta el final. Mi abuela y mi madre nos explicaban que no se podía desperdiciar la comida, mucho menos tirarla a la basura, eso era signo del poco valor que le teníamos a todos los que estaban involucrados en el proceso de trabajo de esos alimentos. El agricultor por su trabajo en el campo para producir lo que nos íbamos a comer, el que estaba a cargo de llevar eso al mercado, nosotros que lo comprábamos y quien lo cocinaba, todos nos pasábamos un buen tiempo para preparar esa comida, como para que nosotros la tiráramos a la basura, eso era no valorar el trabajo de los demás.

Como ven este relato tiene poco que ver con la vida consumista que vivimos en la actualidad, donde poco se valora a las personas y a las cosas que son fundamentales en la vida del ser humano. Los dejo por hoy, ya habrá mucho más que platicarles en una semana.

¡HASTA PRONTO!

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