Vivir en el extranjero

Para muchos mexicanos, vivir en el extranjero es un sueño inalcanzable,  un sueño al fin y al cabo, de esos sueños que se viven como fantasías y que muchas veces causan un terrible desaliento. La mayoría de nosotros, al menos cuando estamos jóvenes, tenemos la errónea idea de que muchos países son mejores que el nuestro, pensamos y deseamos experimentar al menos una mediana estancia en el extranjero.

Muchos jóvenes se preparan para llegar principalmente a Estados Unidos de América, unos a trabajar, otros a estudiar, los primeros generalmente no están preparados para conseguir un trabajo de importancia, sin embargo con su esfuerzo, algunos de ellos llegan a ocupar puestos de mandos medios. La mayoría de este tipo de personas de manera ilegal, otros con su visa de turista, inclusive algunos de ellos con sus visas de trabajo, especialmente los profesionistas.

Como ya había mencionado en alguna columna anterior, los más, llegan ilegalmente al país vecino en el hemisferio norte, uno de los grandes problemas a los que se enfrentan la mayoría de los migrantes, es el idioma, y es precisamente este tema el que me ocupará el día de hoy.

Yo personalmente he tenido la experiencia de vivir en este país, mi marido es norteamericano, nos conocimos en la Ciudad de México y después de vivir por 7 años como pareja en mi querido México y por razones de trabajo, llegamos a vivir a una ciudad de nombre Durham, en Carolina del Norte.

El idioma fue uno de mis problemas, también debo admitir que no fue un enorme problema, pero que de cualquier forma me integré en las clases de inglés que se imparten por parte de los Comunity Colleges, a mí por supuesto me tocó tomar clases con una maestra de esa institución, sólo que me inscribí en principiantes, aparentemente no creía ser capaz de hablar muy correctamente el inglés, mi sorpresa fue que realmente sí podía hacerlo, que no tenía completas las habilidades, pero que comprendía la mayoría de lo que me decían y podía responder cualquier cosa y la mayoría de las personas me entendían.

Me quedé en el nivel de principiantes e hice un trato con la maestra, yo sería su ayudante; no quiero que se tome como un atrevimiento, lo que pasa es que la mayoría de los alumnos principiantes en el aprendizaje del idioma inglés, al menos los que son inmigrantes ilegales, verdaderamente no saben nada del idioma inglés, tampoco del idioma español, lo hablan, pero no conocen su estructura; así que cuando la maestra les explicaba algo con relación a un verbo y a su conjugación, los pobres no sabían ni lo que era un verbo, ahí es donde yo entraba y ayudaba, ya que la mayoría de los estudiantes, por cierto de todas las edades, provenían de varios países latinoamericanos.

El problema era cuando se incorporaba a esta clase un alumno vietnamita, o un alumno chino, o algún alumno de la india, bueno, es irrisorio, pero aun así, yo ayudaba a la maestra. Hoy doy vuelta atrás – simbólicamente – y recuerdo con exactitud muchas de las anécdotas que viví en ese tiempo. Había un chino a quien se le dificultaba mucho hablar inglés, siempre llegaba a clase y se sentaba junto a mí, si yo no estaba sentada, se quedaba parado y esperaba para observar el lugar donde yo me sentaría y de inmediato se sentaba junto a mí, siempre volteaba y me miraba cuando no comprendía algo, yo con mi imperfecto inglés le explicaba nuevamente lo que había dicho la maestra, y él sonreía y decía “Thank you Magalita”, sí, como está escrito, con su acento cantonés. Al final del curso, a quien la maestra llamaba “Tom”- todos los chinos adoptan un nombre en inglés – me dijo muy convencido: “Magalita ma secon ticha”, claro quería decir: Margarita, my second teacher, me dio mucha risa y le dije que yo no era su maestra, pero él, lo volvió a afirmar. Esto es un episodio de mi vida que me causa mucha satisfacción, ya que fui capaz de ayudar en clases de inglés a personas cuya lengua materna era muy diferente a la mía; eso hizo que yo aprendiera mucho más sobre este idioma.

La maestra cuyo nombre era Helene (sonaba “Elin”), era una bellísima persona, casada con un español, ella había estudiado y perfeccionado su español en España, entonces era una “gringa” con acento castellano, nos hicimos amigas y platicábamos en “spanglish”, era muy curioso que utilizaba mucho la palabra “vale”, así que si quedábamos en un acuerdo, ella siempre respondía, “vale”, y yo como buena mexicana, decía “OK”; la verdad, esto me da mucha risa. Dejamos de vernos todos los días cuando el curso de principiantes terminó y seguí ayudando en ese curso, y  ocasionalmente nos citábamos para comer juntas, o tomarnos un café y platicar, ella fue mi amiga por mucho tiempo, al menos mientras viví en esa ciudad.

Inmediatamente después, presenté un examen de colocación y tomé el último curso de intermedios, aprendí mucho también y conocí a mucha gente de muchos países, ahí hice amigas y amigos de Taiwan, Brasil, Francia, Rusia, La India, y claro, muchos de México, la mayoría eran estudiantes, o esposos y esposas de estudiantes que estaban en proceso de adquirir su título de maestría, o doctorado; otros eran empleados contratados legalmente en empresas que necesitaban sus servicios.

Hay muchas más anécdotas sobre mi permanencia en Durham, esas se las contaré en otra ocasión.

¡HASTA PRONTO!



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