Tomás Peralta es un tipo que acarrea una mala estrella. Esto no se debe en un principio a algún aspecto específico de su carácter (aunque él pronto nos demuestra que su carácter tampoco le ayuda mucho que digamos), sino a un simple asunto de genética: tiene el pelo rojizo, en un pueblo de la ficticia sierra de “Sonoloa” en que el prejuicio contra los pelirrojos se mantiene con mucha fuerza, por considerarlos “obra del diablo” o augurio “de mala suerte”.

La primera vez que Peralta nos dirige la palabra, es para decirnos lo siguiente:

“Nací un martes trece en un pueblo minero de la sierra sonoloense. Trabajaba de llantero y velador en la carretera. En mi cuarto de lámina tenía un collar de ajos, una herradura oxidada, un ojo de venado, una pata de conejo, un póster de Lina Santos y una herramienta Craftsman que me regaló mi tío, el Gitano. Él decía que no me la obsequió porque estaba borracho cuando lo hizo y no se acordaba.” (p. 15)

Así comienza el recorrido del llamado Detective Malasuerte, quien es al mismo tiempo el título de la antología publicada por la editorial Océano en 2019, la cual incluye las novelas “Malasuerte en Tijuana”, “La mujer de los hermanos Reyna” y “Juan Tres Dieciséis”, antes publicadas por separado en 2009, 2011 y 2014 respectivamente, con autoría de Hilario Peña (Mazatlán, 1979).

Detective Malasuerte es un viaje largo, y no sólo porque las novelas policiacas se caractericen por cocerse a fuego lento entre pistas, mentiras y traiciones. El primer libro, “Malasuerte en Tijuana”, puede resumirse en el título de su primer capítulo: “génesis de un detective”. La novela abarca desde las vivencias de Peralta en su pueblo natal — donde hace frente a la marginación que le traen su físico y la extrema miseria de su familia —, hasta su pasado como policía de Tijuana — a la que llegó después de un acto violento y desliz amoroso en su pueblo — y cadenero de un antro gay, antes de recibir su primer caso que le dará el renombre con que bautiza su antología.

Al mismo tiempo, “Malasuerte en Tijuana” es la primera muestra de los mejores y peores aspectos tanto de su protagonista como de su historia por contar.

Primero, el personaje de Malasuerte. El detective Peralta — quien gusta iniciar su autodescripción como “feo pero de buen cuerpo” —, es complejo, contradictorio, en ocasiones de manera convincente, en otras, no mucho. Es duro, presto a la violencia, y a la vez versado en conocimiento de distintas obras literarias y artísticas, al menos lo suficiente para hacer referencias a través de su narración; escéptico y curioso, y al mismo tiempo lleno de supersticiones; con tintes misóginos y homofóbicos, y a la vez capaz de fraternizar— aunque sea el mínimo — con los personajes más alocados, y de reflexionar — al menos brevemente — sobre temas como la opresión de la mujer en la sociedad moderna; contemplativo mientras declara con seguridad que “no le gusta filosofar” — en especial sobre los sistemas sociales — porque:

“[N]o creo que exista un sistema [cursivas en el original]. La sola mención de la palabra me molesta. Lo que hay es un montón de vivales generando ganancias y haciendo girar al mundo con sus telenovelas, para los supuestamente tontos, y sus series de televisión, para los supuestamente listos.

                        A veces creo que es al revés.” (p. 424)

El Detective Malasuerte es, en resumen, una mezcla de los mejores y peores aspectos del arquetipo del detective de la literatura negra: un tipo endurecido por una cadena de acontecimientos desagradables, oportunidades perdidas y ataques por la espalda que le han proporcionado una imagen del mundo que él cree que es la imagen completa, pero que él mismo se ha perdido tanto en los detalles para distinguir al mundo exterior de su propia experiencia y prejuicios, los cuales son al mismo tiempo una coraza ante el peligro y unos lentes oscuros que le tapan la realidad. La soledad (ya sea real o percibida) quiebra la mente más lúcida, y en la literatura moderna, pocos personajes son más acosados por la soledad que los detectives privados del género negro — del cual la novela “El cartero llama dos veces”  de James M. Cain.

Y “Amorcito Corazón” de Carlos René Padilla, reseñadas en este espacio, son buenos ejemplos —. Esta mezcla de aspectos positivos y negativos — aunque no siempre compaginados con naturalidad — en general trabaja en beneficio de la credibilidad del personaje.

No puede decirse lo mismo de la historia que protagoniza. Durante los primeros cinco capítulos, la trama es la de una típica novela policiaca. Pero en el sexto, “Perdidos en la Zona Norte”, la historia da un abrupto giro cuando se revela que Malasuerte no debe enfrentarse sólo a padrotes y otros criminales, sino a enemigos provenientes más allá de la estratósfera, especialmente un alienígena ancestral llamado Sandkühlcaán — quien resulta que controla los negocios de prostitución y las apuestas en Tijuana —, y su segundo al mando, el “Desnarigado”, un ser que aparenta ser humano pero que es delatado por su apariencia anormal y nariz de plástico en ausencia de una verdadera.

Lectura recomendada: El cantante de los muertos: los ritmos de la vida y la muerte, por Antonio Ramos Revilla

El cambio de una historia basada absolutamente en la realidad a una que incluye elementos cósmicos es rápido, casi sin ventana de tiempo para procesarlo, y de ahí en lugar de sentirse integrados los aspectos “realistas” y los “fantasiosos” de los enredos de Malasuerte, los dos se sienten como dos mundos diferentes, dos historias separadas dentro de una misma trama. Claro, Malasuerte hace referencia a su “archienemigo” Sandkülhcaán un par de ocasiones después de la revelación, pero después regresa a contarnos de sus parabienes y males cotidianos como si no hubiera acabado de descubrir que no estamos solos en el universo. Las dos novelas siguientes hacen un mayor esfuerzo por explicar a este alienígena y su interés en el planeta Tierra — lo cual al menos da una semblanza de interacción entre realidad y fantasía, incluso añadiendo elementos que conectan a Sandkülcaán con la mitología de H.P. Lovecraft —, pero “Malasuerte en Tijuana” se sostiene mucho más por el humor de su protagonista y las locuras que vive que por el mundo que busca construir.

Mundo que está poblado de gente que va de lo raro a lo interesante. La soledad de los detectives privados usualmente se ve interrumpida por personajes que son o bien comentarios sociales con piernas a criterio del autor, u oportunidades para reírse de los pequeños absurdos de la vida cotidiana, y Detective Malasuerte no es una excepción. A través de las páginas de la compilación desfilan estrafalarios de todo tipo: un boticario oriundo de Veracruz adepto a las teorías de conspiración y seguidor del nazismo; un asesino a sueldo conocido como el “Duende” y su de familia acomodada, el “Panda”; un narcotraficante transformado en exportador de mariscos; una edecán de un equipo de béisbol que se convierte en la presidenta municipal de Tijuana; una mujer militante de izquierdas con un odio explosivo (aunque justificado) hacia la burguesía; un boxeador dominicano con complejo de predicador religioso; una maestra de escuela para niños con discapacidad mental amante de la vida “natural” y los chismes de pasillo; un “Rasputín del new age” practicante de la “iridología”, seudociencia que sostiene que se puede conocer el desarrollo médico de una persona a través del iris en los ojos; un hacker metalero conocido como “Psycho Rabbit”…

Y esos son sólo algunos de los personajes que acompañan a Malasuerte en sus desvaríos por Tijuana. La amplia lista en ocasiones también se vuelve un obstáculo para seguir los sucesos de las tres novelas, pero un índice de personajes al final del libro ayuda un poco a resolver el embrollo.

Las tres novelas del Detective Malasuerte se leen mejor de corrido que por separado. Las primeras dos novelas no “concluyen”, sino que simplemente “acaban” — como una pausa entre capítulos —, para lo que ayuda tener la siguiente novela lista a la página siguiente. De la misma forma, cada novela se lee mejor como una serie de relatos entrecruzados, con distintas perspectivas que acompañan al protagonista.

Esto se muestra en particular en “La mujer de los hermanos Reyna”, y “Juan Tres Dieciséis”. La primera es una precuela de “Malasuerte en Tijuana”, que explica el trasfondo de varios personajes secundarios y cómo Sandkühlcaán tomó el poder en la ciudad fronteriza, mientras que “Juan Tres Dieciséis” muestra a Malasuerte en su búsqueda del boxeador que da nombre al libro, quien ha sido acusado de asesinar a su mujer después de un pleito. Los ojos de Malasuerte no aparecen en “La mujer de los hermanos Reyna” sino hasta el tercer acto, y eso es sólo para hacer frente brevemente a Sandkülcaán antes de hacer la transición al final de la trilogía, en el que comparte protagonismo con el boxeador acusado, pues Malasuerte recibe el diario de Juan Tres Dieciséis, que explica cuanto tuvo que pasar para subir al ring del que ahora está vetado.

“Estrafalario” es la placa que acompaña a Malasuerte de principio a fin en todas estas historias. La zona fronteriza méxico-estadounidense se convierte en la frontera de lo absurdo para el antihéroe pelirrojo, quien al llegar a Tijuana le describe con bruta sencillez:

“La Revolución era una avenida plagada de trampas para turistas con forma de burdeles, boticas, cantinas, centros nocturnos y tiendas de artesanías. En su extremo norte, la calle se sujetaba fuertemente a la frontera con los Estados Unidos, de donde provenía su sustento: gringos pervertidos que cruzaban diariamente la garita de San Isidro. En aquellos días su banda sonora era una mezcla de hip-hop de la Costa Oeste y corridos norteños. Estaba maravillado. Iba y venía por la revu [cursivas en el original], de sur a norte y de vuelta, intentando memorizar cada grieta en su mítico asfalto, las estrías presentes en cada paradita [cursivas en el original] vestida de colegiala, las rayas pintadas en cada burrito cebra.” (p. 43)

Estas son las calles por las que repta el Detective Malasuerte, un personaje quebrado que busca pegarse de nuevo entre sus instintos estrechos y grandes mentores, entre los que incluso están los detectives Sam Spade y Phillip Marlowe, producto de un montón de novelas policiacas que uno de sus primeros amigos fuera de su pueblo le regala por no tener uso que darles.

En varios aspectos — expuestos aquí —, el detective pelirrojo y su historia se quedan cortos o no saben a dónde ir con ese legado literario, pero quitando el escopetazo al aire que es la trama de su primera novela, sus confusos elementos lovecraftianos y tramas enrevesadas, Detective Malasuerte es un entretenimiento decente cuando se concentra en ser lo que es: una historia de detectives, con un misterio para resolver, mentiras por exponer, errores por corregir, y sobre todo — aquello que caracteriza al género negro en sus mejores expresiones —, una sociedad que criticar y ridiculizar, llegado el caso. Esperemos que si, lo volvemos a ver, podamos ver más del detective en este personaje estrafalario, de una Tijuana estrafalaria.

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