Jessy quería ser vaquera

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Jessy quería ser vaquera pagina 3

Quién sabe desde cuándo exactamente tuvo ella el interés ahí dentro suyo, dormido.

Quizás desde toda la vida.

Lo que sí se sabe es cuándo lo manifestó por primera vez: Jessy entró corriendo esa noche a casa de su madre con una velocidad que la espantó. Al llegar a su regazo, Jessy extendió su cuerpo de doce años con tal de presumir el regalo recibido. La madre, aunque algo cansada por la hora y el trabajo, miró con cierto nerviosismo la bala calibre 38 que su hija sostenía con las dos manos, las cuales le parecieron aún más pequeñas comparadas con el proyectil.

—Qué padre. ¿De dónde la sacaste, mija?

—De la feria. Está bien padre, ¿no?

Jessy contó entonces a su madre la extraordinaria tarde que había tenido: su papá la llevó a la feria que sucedía en Ciudad Alcázar al empezar el verano (antes para celebrar la cosecha local, pero bueno, ya no importa), misma a la que nunca había ido por una u otra cosa y que incluía una interpretación pirata del Llanero Solitario.

Al final del espectáculo de matar bandidos e indios salvajes, el llanero elegía un güerquillo entre el público para entregarle la última bala de su revólver, muestra de ser “el siguiente Llanero Solitario”. Por cosas de la vida le tocó a Jessy recibir el premio.

Desde esa noche, todo fue sobre otros rieles. La mañana siguiente, Jessy quería ser vaquera. Primero fueron comentarios rápidos a la hora de la comida en la mesa de su madre o su padre (aunque con la primera desertó al poco rato del esfuerzo).

Pronto, la idea evolucionó en una forma de ser, de pensar, de actuar. Aquella niña de doce años pareció endurecerse (o al menos eso pretendía), empezó a actuar sus respuestas, su forma de presentarse al mundo. Antes que Jessy pidiera directamente un cambio de atuendo, un acontecimiento destacó en su desarrollo: en la primaria pública a la que asistía, Jessy se volvió algo así como una solitaria, pues ante las burlas de la racilla liderada por Luis “El Uno” y Paola “La Cinco” – referencias a una caricatura de reciente éxito -, ella se plantó en sus pies y les propinó un golpe a cada uno, retándolos a duelo. La castigaron una semana, tanto por la escuela como por su mamá.

Ninguno de los niños quiso retar a Jessy después de eso, aunque dirían cosas de ella de vez en cuando donde Jessy no pudiera escucharlos, que no era un margen tan grande. Jessy empezó a soñar. Soñar con la vida de vaquera, con recorrer los amplios parajes que conformaban el desierto que la rodeaba, cazando a los malos y protegiendo a los buenos.

Por supuesto, al principio no sabía quiénes eran los buenos y quiénes los malos, pero alguien tenía que ser ¿a poco no?

Sus sueños se daban contra un muro en todas direcciones: las planicies abiertas contra las paredes secas de esa pequeña ciudad en el desierto, los caballos contra los automóviles, el concreto y el pavimento contra la irrestricta libertad de la pradera. Jessy tuvo que hacer uso de otros modos para soñar esa libertad. Comenzó a coleccionar y a analizar todo lo que oliera al Viejo Oeste, desde películas de John Wayne hasta ediciones “prestadas” (y prontamente devueltas) del Libro Vaquero, desde Ahí viene Martín Corona con Pedro Infante hasta las películas de los Hermanos Almada.

El Hombre sin Nombre de Clint Eastwood en particular se volvió un modelo para Jessy -hasta se consiguió un afiche tipo postal de El bueno, el malo y el feo que colocó en su buró al lado de la foto de su familia-, pero en el fondo cualquier cosa era buena para dejar atrás su vida en la ciudad -aún una tan pequeña- y hundirse mentalmente en un paisaje de desiertos como el que la rodeaba, de ranchos que identificaba con los ejidos que sobrevivían a lo lejos, de caballos como los que a veces jalaban las carretas de campesinos que veía por las calles o en los cruceros, intentando vender su producto.

Tanto soñar diurno fue lo que hizo a Jessy pedir de regalo por sus buenas calificaciones en la escuela un sombrero Boss of the plains y unas botas vaqueras, entre más picudas, mejor.

—N’ombre qué. Ya párale, mija. Esas cosas no son para ti— Ese fue el último día en que los vaqueros fueron tema libre en casa de su madre; un paso lógico, visto que su madre desde el principio le recriminó que “no se veía bien” que ella tuviera tanto interés en algo como los vaqueros. Lógico. Como lógico fue que Jessy simplemente moviera sus películas, libros, revistas, juguetes y postal de Eastwood a su cuarto en casa de su padre, con todo y que acabó más apretada en la habitación chiquilla.

A pesar de las protestas de la madre, el padre de Jessy consintió y ayudó en el traslado. A fin de cuentas tan tremendo arsenal de Jessy era en buena parte su culpa y no chistaba en aumentar el repertorio a la primera petición de su hija.

Las dos semanas que Jessy pasaba con su papá eran dos semanas de travesías al centro de la ciudad y a los mercaditos, cazando cualquier nueva piedra para añadir a su camino hacia ser la perfecta vaquera. Nada estaba fuera de lo posible.

—¡Mira, apá! Esos caballitos de juguete están re bonitos.
—Jálatelos, mija. Faltaba más.
—¡Y esos monitos son los que me faltaban de la colección Wild West!
—¡Qué güeno, mija! Ándale.
—¡Y esa serpiente de madera está bien chida! El Luis se va a asustar un chorro cuando la vea.
—Todo lo que gustes, parner’. Te quiero mucho, hija.
—Yo también, apá.

La madre de Jessy batallaba cada vez más para reconocer a su hija cuando regresaba al término de las dos semanas. Rara vez volvió a usar otra cosa aparte de botas o botines, y aparte de un Boss of the plains, se le comenzó a ver ya fuera un sombrero directamente “cowboy” u otro estilo zacatecano.

Claro está que para este punto Jessy no era sólo una chica peculiar: era todo un personaje, temida por sus compañeros niños, cuchicheada por los adultos. Esta realidad era justo lo que la madre de Jessy trataba de blandir contra ella:

—Te vas a quedar sin amigos si le sigues así. Y ninguna niña se ve bonita sola.
—¿Y qué, amá? ¡Si ni son mis amigos! Y nosotros los vaqueros siempre andamos solos.

“¡Es como hablar con una yegua!” pensó su madre en una ocasión. Poco después, sintió un leve pero nervioso alivio cuando se acabaron las escapadas de Jessy al centro. La razón que le dio su padre fue que “ahorita no había”, que “mejor nos esperamos a que salgan más cosas para que compres.” Jessy quería ser vaquera, pero ya era una niña muy lista. Más lista que esas excusas.

Algo estaba pasando con la ciudad de Jessy. Nadie le decía nada y actuaban normal, pero se sentía en el aire, que empezaba a oler a otra cosa que no era polvo de tierra. Y los adultos no contaban con los instintos de una vaquera para descubrir las cosas turbias.

Una de las pocas distracciones al pasatiempo (obsesión) de Jessy era la visita sabatina o dominguera a casa de su abuelo materno junto con su madre. Su abuelo, de cuerpo con ángulos bruscos, piel seca y trabajada, y casi siempre confinado a una mecedora en su traspatio más por ocio que por debilidad, no era como Jessy o su madre. Él era netamente de rancho, uno de los bravos pioneros que levantaron Ciudad Alcázar desde tierra seca, arado con bueyes y cosechas magras.

Por esto mismo, al principio de todo, Jessy sintió una fascinación con su abuelo, que en su cabeza se volvió algo así como una cruza de Mario Almada y Sam Elliott. Poco le duró el gusto de hacerle preguntas sobre los viejos tiempos, pues apenas a la segunda ocasión su abuelo reviró con:

—Ya ya, mija, déjate por favor de chingaderas. El pasado ya fue, y ni fue tanto como nos acordamos. Nosotros ya somos ciudad, no un méndigo ranchillo pedorro. Déjate por favor de esas madres, que no eres ni quién para esa vida, créeme.

Con ese amable roce de por medio (junto con el hecho que su madre tenía más temas de conversación para desahogar con su abuelo que ella), Jessy se dedicó desde entonces a explorar la casa de su abuelo en lo que ellos platicaban en el patio, siempre sin perder demasiado de la conversación por si desenfundaban algún recuerdo o tema de su interés.

La morada de su abuelo era tan árida como él: un piso de habitaciones poco amueblados, de carente decoración (legado sobre todo de su abuela, muerta antes que Jessy naciera) y apacentado por tiliches que eran la mejor ventana a ese ayer mítico que su abuelo traidoramente buscaba ignorar como fotos viejas, botas deshilachadas, un par de herramientas del campo que sobrevivieron a la urbanización y camisas rancheras para los bailes de antaño.

La curiosidad tiene la mentada característica de hallar la complejidad que se esconde tras una máscara de simpleza. En esas ansias de hurgar en recuerdos ajenos, Jessy dio con dos objetos de sumo interés para su búsqueda:

El primero fue un amplio catálogo de periódicos de nota roja locales a los que su abuelo era adepto. La sola portada de los números le causaron un profundo asco -no durmió la primera noche después de verlas por lo mismo-, pero pensando que los vaqueros deben ser duros para aguantar ese tipo de cosas se enfrentó a su miedo y se obligó a ver y leer los periódicos a escondidas en cada visita.

Así supo de lo que los adultos no querían contarle. Se enteró de la guerra al narco, de los ejecutados, de eso que su mamá decía que eran “fuegos artificiales” que se escuchaban a los lejos a las dos de la tarde. Supo de lo que ella vio como los buenos y los malos, de la sangre y los agujeros de bala en ventanas de locales que estaban cercas de los mercados a los que iba con su padre.

Vio la tragedia y la injusticia. Y después de verlas y procesarlas las suficientes veces, sus fantasías tomaron otro camino.

Jessy pasó a imaginarse vestida con sus mejores alhajas vaqueriles, montada sobre un caballo blanco llamado Cheyenne, acudiendo a las balaceras al primer aviso para ayudar a los soldados y policías y hacer huir a los truhanes, a los que siempre derrotaba en su mente con sólo dos revólveres o un rifle Winchester de palanca, y a lo que procedía galopar hasta la escuela, tomar a Betty de sexto “A” y salir cabalgando juntas hacia el desierto y el atardecer.

No sabía decir por qué Betty en especial cascaba tanto en sus fantasías -había niños guapos en sexto también-, pero para ella tenía sentido, la hacía sonreír, y eso era suficiente. De cualquier manera, viendo la situación, Jessy empezó a tomar sus precauciones, que para ella implicaba nunca salir de casa sin una de sus pistolas de bullets del mercado.Esa fue la primera cosa en casa de su abuelo que le interesó a Jessy.

Pero la segunda fue importantísima para su camino en la vaquería. Pues, ¿cómo no le iba a interesar un revólver que encontró debajo de la cama de su abuelo? Era viejo, estaba oxidado, podía hasta dudarse que las balas en el tambor (lleno) fueran a percutir con el golpe del martillo. Sin embargo, era revólver a fin de cuentas y Jessy lo empuñó y admiró como se admira un milagro, una liberación.

No pasó mucho antes que las visitas a su abuelo se volvieran de religioso chequeo a esa reliquia de los tiempos que ansiaba, primero sólo empuñándola, luego apuntando a distintos objetos en la habitación y hasta a su reflejo en el espejo de cuerpo completo. Soñando con el día en que heredara ese revólver para de verdad defenderse en las calles.

Tampoco pasó mucho antes que su abuelo, en una ida improvisada a su recámara, cachó a Jessy en la movida. Primero, se estuvo absorto. Luego empezó a temblar y castañear del coraje.

—Hiija de la chingada. ¿Qué te dije? ¡Ven pa’cá! ¡Ven pa’cá! ¿Te dije sí o no que no te importaban esas madres?. Güerca mugrosa, ¡terca la mula! ¿Quieres saber cómo era? ¡Órale pues!”

La mano callosa y con surcos de su abuelo tronó en el cachete izquierdo de Jessy con la sequedad de una herradura de caballo. El dolor y el miedo dieron paso al coraje. Nadie nunca la había puesto tal desafío enfrente, y si algo llevaba aprendiendo esos meses es que todo se vale, menos rajarse.

La mano de su abuelo viró para golpearle el otro cachete con el reverso. Jessy enderezó el rostro para hacer frente a su agresión. La mano de su abuelo se detuvo conforme sus ojos se clavaron en los de Jessy. Le parecieron duros como piedras , punzantes como espuelas  y fríos como balas antes de salir percutidas.

La mano de su abuelo quiso descender como halcón, pero no hizo más que perder fuerza. Sus dientes todavía castañeteaban conforme tomó el revólver, se le escondió en las ropas y salió vociferando a la mamá de Jessy:

—No me la traigas otra vez hasta que la eduques bien. Esta mugre chilpayata le falta que le quiten lo machorra, ¡y esa ya es bronca tuya!

Jessy no volvió a ver a su abuelo.

A quien empezó a ver cada vez más tiempo fue a su madre. Ella estuvo a punto de considerar un terapeuta infantil para que ayudara a Jessy, pero al considerar los (más) chismes que eso podría generar entre las mamás del colegio y las comadres -ya eran muchos de por sí-, decidió tratar por última vez de corregir a Jessy ella misma.

La conclusión a la que llegó fue que tal vez si lograba transmitirle a Jessy sus propios gustos  “más de mujer”, la fantasía terminaría.

La forma que encontró para llevar a cabo ese cometido fue forzar a Jessy a acompañarla a sus quehaceres diarios, desde la despensa hasta las tiendas de ropa y los salones de belleza.

De más está decir que Jessy odió el plan desde la primera vez. Y aunque la consumiera la culpa, llegó a odiar a su madre un poco por forzarla a tal calvario. Pero lograba esconderse la pistola de bullets antes de cada salida, así que así estaban las cosas. Fue en una de esas salidas terapéuticas la razón por la que las dos estaban en la calle ese día.

Era la una de la tarde. A pesar de ya estar entrados en otoño, el sol arreciaba sobre la calle decolorada de carriles borroneados, y ante todo sobre los desgraciados que tuvieran la mala de pendientes a esa hora y lejos de casa.

Como era sábado, Jessy no tuvo excusa para rehusarse a una ida al salón, aunque consiguió salir de ahí nomás con un trabajo en el cabello que planeaba arruinar apenas llegara al asiento del copiloto del carro y se pudiera poner el sombrero (que también la habían obligado a dejar).

Eso, si su mamá cortaba pronto la méndiga plática que inició con una amiga que se topó en la salida del spa. Las risas tronaban como metales, Jessy creyó iban a reventar los vidrios del aparador.

La amiga de su mamá llevaba a su propia hija -de edad cercana a la de Jessy- para hacerse un tratamiento juntas, pero ¿de qué iba a hablar con ella? Si ya con sus compañeros de la escuela estaba perdida.

Jessy miró a la calle. La luz del sol hacía a los colores de las casas y edificios lucir tallados, cuarteados, y a la gente seca, como exprimida de fuerza e iniciativa. Lo único que parecía resistir eran dos camionetas negras estacionadas en el camellón de enfrente.

Su madre por fin le puso el punto final a la conversación. Jessy corrió al asiento del copiloto y dejó que sus manos corrieran cual arañas por su cabello antes de engalanarlo con el sombrero. Su madre gritó mientras se acoplaba en el asiento del conductor.

—¡Jessy! ¡Chingao, mija! Ya párale, mija, ¡ya párale, por favor!

En la calle tronó una sirena de policía, pero ni Jessy ni su madre la escucharon por el coraje.

—¡No, no quiero! ¡Déjame en paz!

—¡Tú te me callas! ¿Qué ganas con esto? ¿Te quieres quedar sola? ¿Te hicimos algo? ¿O qué chingaos? ¡No puedes ser así! ¡Tienes que ser|—Las voces callaron. Todo fue callado en ese momento. Los tronidos fueron secos. Las repeticiones, sordas y salvajes. Los vidrios del carro se convirtieron en granizo que salió despedido hacia el rostro de Jessy.

Por los agujeros en el parabrisas se escucharon los gritos de la calle. Y los lloriqueos de un par de niños. Jessy se tiró por instinto y en medio de retortijones debajo de la guantera frente a su asiento. Se pegó tanto al fondo del recoveco que sintió que su piel iba a fundirse con el plástico.

Más ráfagas, más gritos, más lloriqueos. Jessy respiraba al borde del descontrol. La fibra de carbono, chasis y carrocería gritaba y se astillaba conforme las balas perdidas hacían su camino a través de ellas.

Se escuchaban más sirenas, pero estaban lejos aún. En el caos del movimiento, la pistola de bullets bajo su camisa se le clavó a la piel. Jessy la sacó y la aferró con ambas manos como a la vida misma.

La mente le empezó a correr cual tolvanera.

¿Qué tal si alguien de los malos la veía por la ventana? ¿O un policía? ¿Y si se tardaban mucho en llegar? La pistola temblaba entre sus palmas. ¿Esperaba a que alguien se asomara o trataba de disparar desde la ventana? Los castañeos de la mandíbula los sentía en las sienes.

El estómago lo sentía un abismo.

¿Qué hacer?

‘No tiembles.’

¿Qué hacer?

‘No tengas miedo.’

¿¡Qué hacer!?

—¡Defiéndete!

Jessy cerró los ojos hasta casi soldarlos. Gritó como para despertar a su miembros entumecidos. Por eso al principio no escuchó que los balazos se alejaban, al son de llantas derrapando y tumbaburros abriéndose paso entre el tráfico congelado.

Jessy permaneció unos momentos más en la oscuridad bajo la guantera. El silencio pesó como plomo tras semejante destrampada. Después de poco, Jessy saltó al asiento y apuntó a la ventana, como queriendo redimir su cobardía frente a sí misma y su madre.

El teatro cayó en saco roto, pues cuando volteó, la respuesta fue el cuerpo de su madre recargado contra lo que quedaba de la ventana del conductor. Los agujeros de bala en el lado derecho de su cabeza y cuello no eran muy grandes, pero lo suficiente para que se alcanzara a ver un poco del músculo interior.

Las ropas claras hace mucho que se habían visto cortadas por una franja roja que aún expandía su mancha sobre la tela. Los ojos, aunque abiertos, causaban un escalofrío mirarlos por lo ajenos que resultaban, como traídos de otra realidad. Lo único que les hacía conservar un dejo de humanidad era la ligera expresión de enojo grabada a perpetuidad en ellos.

Ahí estaba. Como tantas veces vio y leyó en los periódicos de su abuelo. Pero en vivo, con el olor de la sangre de su madre punzándole la nariz, la mente daba vueltas, los nervios parecían atontados, no queriendo despertar. Jessy ni siquiera reconoció el momento en que dejó caer la pistola. La mano comenzó a temblarle justo antes de tocar el brazo de su mamá. El estómago amenazaba con pasar de abismo a huracán.

Las palabras rasparon al salir de su boca. Los gritos y lloriqueos de afuera daban la sensación de aún estar en esta vida.

—Amá.

Su mano agitó más fuerte el brazo de su madre. No sabía ni por qué hacía lo que estaba haciendo.

—Amá.

El pecho se le hizo chiquito. El rostro lo sintió helado y a la vez ardiente. Quería llorar, pero no pudo. Como si no se acordara de cómo llorar.

—Amá…

Sonidos de afuera le hicieron voltear a la ventana. La imagen de un adulto con un rifle de asalto casi hace a Jessy volver a echarse debajo de la guantera, pero el uniforme de policía federal la detuvo antes.

El rostro de piedra se acercó lo suficiente al carro para ver a la mamá de Jessy. Con voz rutinaria, casi cansada de más trabajo, el policía tomó el radio en su pecho y le susurró.

—Central, aquí en el Jetta hay otra. Envíen a alguien de urgencias. Hay una niña.

Los ojos de Jessy no parpadearon mientras estuvieron fijos en el policía, quien se fue de la escena con tanta monotonía como entró.

El padre de Jessy fue quien la encontró en urgencias. Estaba sentada en el sillón de un consultorio, la cabeza baja y las manos prensadas a su pistola de bullets. Su padre lloró desconsoladamente, pensando que su hija estaba esperando para soltarse y sollozar por su mamá. Pero en sus ojos fríos, la decisión era otra.

Jessy quería ser vaquera. Desde aquel sábado, quiso ser forajida. Nada de buenos, nada de honor, nada de ley.

Jessy se encerró en sí misma totalmente después de ese día. De sus compañeros no fue problema, pero de su padre fue algo drástico. Rara vez hablaba, ni siquiera para pedir algo. Mucho menos hacía con el psicólogo. Su mirada se hizo de plomo. Su mente, consumida por los ojos monótonos del policía que pasó de largo la muerte de su madre aquel día. Y su voluntad, dura como el desierto que la rodeaba.

Así pasó que, cuatro años después, su padre la llamó a comer, sólo para descubrir que se había pelado de la casa. El mismo día, su abuelo regresó de uno de sus escasos mandados y descubrió a su vez que su revólver había desaparecido.

Una semana más tarde, se dio la noticia de cuatro narcos muertos en uno de los barrios bravos de Ciudad Alcázar, junto con dos policías.

De ahí, la muerte corrió al desierto.

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