Aquel conocido como Casasola estaba acostumbrado a ser un “periodista, no un simple reportero. Su área de trabajo era aquello que normalmente se conoce como “cultura” en las oficinas de redacción, y aunque los critica por superficiales, se codeaba con escritores, historiadores y jóvenes estrellas del medio artístico de la “cultura nacional”. Sin embargo, cuando hace su primera aparición en las páginas de “La octava plaga, está contemplando a un hombre tirado en la cama de un motel, con las manos amarradas a los barrotes de la cabecera y un tajo en el cuello que prácticamente le cercenó la cabeza, en un ángulo de casi ciento ochenta grados. 

Es su primer día como reportero de nota roja y como protagonista de la primera novela de la “saga Casasola”, escrita por Bernardo Esquinca (Guadalajara, Jalisco, 1972) y publicada en 2011. 

En la primera entrega de la saga (a la que le siguen “Toda la sangre”, publicada en 2013; “Carne de ataúd”, publicada en 2016; y cuya entrega más reciente es “Inframundo”, publicada en 2017) nos presenta el inicio del héroe (o semi héroe) que le da su nombre. En la mayoría de las historias, el inicio de un protagonista usualmente implica un ascenso del mismo en algún sentido, pero para Casasola, su inicio es una caída. Como antiguo periodista de cultura, Casasola se nos muestra como una especie de esnob que se siente rebajado en la escala evolutiva, un elitista del arte con gustos relativamente refinados, modales finos y manos suaves, que ve su actual situación con asco y desprecio. La única razón por la que ahora cubre la nota roja para su periódico es que la sección cultural cerró y su editor — un tal Rivas-Souza — se apiadó de él haciéndole un espacio entre los muertos y la sangre, en la que él es tan inexperimentado y se siente tan indignado que no puede terminar la más mínima nota periodística.

Su trabajo está muy lejos ahora del olimpo que es la “alta cultura” y arte burgueses, de la sección que “enriquece los periódicos”, como declara en el primer capítulo de su historia (p. 33). A su frustración laboral se une la frustración personal, pues Casasola es un recién divorciado, y diario contempla a su ex esposa Olga desde su esquina de la oficina de redacción, distrayéndose con sueños de “recuperarla” en lugar de terminar su primera nota para la sección.

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Casasola, con todo y su orgullo de “hombre de cosas más sublimes” herido, parece haber llegado justo a tiempo a la sección de nota roja. Su primer muerto es uno más en la creciente lista de asesinatos relacionados a la llamada “Asesina de los moteles”, su investigación pronto develará en la historia una conspiración más grande en contra de la humanidad, planeada por “el más pequeño de sus enemigos”: los insectos. 

“La octava plaga” — este ha sido un juicio predominante de quienes han reseñado el libro, y aquí no se tiene la forma de decir lo contrario — es una obra extraña. La historia comienza y se mantiene nominalmente como de género negro o policial, pero incorpora en la mezcla elementos de fantasía oscura que son el origen de varios giros de tuerca en los ires y venires de su protagonista. Haber hecho a Casasola un reportero de nota roja (y más uno sin experiencia y proveniente de un lugar tan fino como la sección cultural) en lugar del más clásico detective privado es el menor de los cambios que “La octava plaga” nos presenta a la fórmula negra: a través de sus páginas, la realidad pronto empieza a dejar lugar a lo irreal, lo fantástico, lo explicable sólo si se ha perdido uso de cordura, pero que en la novela es aquello que mantiene a los diferentes personajes y al mismo mundo andando. 

La fantasía como género en particular es uno que depende de la ignorancia, del misterio, la intriga y la fascinación (valga la redundancia) que provoca algo que no se puede comprender del todo, o que no se puede comprender en lo absoluto. Esquinca en alguna medida se mantiene fiel a esta convención del género, pero a su vez trae elementos científicos que hacen a su fantasía sentirse un poco más concisa, atada a este mundo y sus leyes y — que este es el ansia de cualquier artista — dar la impresión, por un segundo, de posibilidad. 

El misterio y el terror se ven aumentados por esta mescolanza de realidad y ficción, poniendo como el foco de la incertidumbre a los insectos, esos animalillos que en ocasiones el ojo humano apenas nota, pero que en “La octava plaga” están ahí, acechando, influenciando las vidas de Casasola, Olga, el reportero/mentor del protagonista, Verduzo, el fotógrafo de nota roja retirado El Griego (un guiño más que evidente a Enrique “El Niño” Metinidez, el más célebre fotógrafo de nota roja del país), el entomólogo Esteban Taboada y los demás personajes que viven como pueden en la historia de Esquinca. Y conforme Casasola se adentra en ese mundo, se complejiza para volverse un ser extraño incluso en su nuevo hogar. Su voluntad y acciones poco a poco se endurecen, pero aún mantiene ese aire culto de la sección que lo vio nacer, con frecuentes referencias a autores y obras, entre los que se cuentan Edgar Allan Poe, Roberto Bolaño, Alfred Hitchcock y Rubem Fonseca, sin mencionar que la obra en sí misma parece un homenaje al Georg Samsa de Kafa; no obstante este dejo de elitismo que su protagonista suelta con naturalidad, es Verduzco, su mentor, quien une a la novela con dos de los grandes del género negro, Raymond Chandler y Dashiell Hammett, de los que concluye: “Chandler escribía como el hombre que deseaba ser; Hammett, como el que temía ser” (p. 73)

La novela de Esquinca respeta al mismo tiempo sus raíces literarias y la profesión de su protagonista, el periodismo. La obra — sin dejar a Casasola tirado en la banqueta un segundo — se presenta como un legajo de archivos, contando los hechos, tramas y subtramas desde distintas perspectivas y en una cronología que en ocasiones rompe lo lineal con tal de pintar su mundo de forma más cercana. Bitácoras científicas, notas periodísticas, apuntes para un libro de memorias y el día a día de Casasola se intercalan para construir una imagen seca, concisa, pero viva e interesante, que lleva a sus personajes al punto del absurdo y a declarar en un diálogo que: 

—Todos los locos creen que sus disparates son reales y que son poseedores de la verdad absoluta. 

— Pasa exactamente lo mismo con los cuerdos, que no se te olvide. (p. 171)

—Aunque esta conclusión (por lo demás típica en el medio literario, donde a veces las imaginaciones personales se confunden con los dolores del mundo) es por lo demás engañosa, desdeñando la diferencia cualitativa entre la cordura y un trastorno mental, eso no quita el valor literario de “La octava plaga” de Esquinca, una extraña (y por lo mismo, valiosa) aportación al género negro y una lectura rápida y nutritiva para quien busque un rato de intriga, en un lugar donde lo extraño no lo es tanto, y el misterio y la fantasía se vuelven profesión.

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