La puta que se hizo hombre

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Las putas de la avenida que no quiero mencionar, por el respeto que les tengo y la confianza que ellas me tuvieron, han visto el fondo rojizo de la habitación 102 del motel cuya ubicación no escribiré tampoco, un número de veces que sí me permitieron contar: miles.

Suena a mucho, pero no lo es, dos clientes diarios en año y medio bastan para guardar el mal gusto del dueño del motel que llamaré Holiday Inn por diversión, porque así le llaman las prostitutas para sacar el sarcasmo a flote en medio de la odiosa y horrorosa vestimenta que tiene el establecimiento al que tienen que ingresar para trabajar.

Baños semi mierdosos, techos arruinados por las lluvias, camas chillonas, paredes con salitre derramado y el detestable fondo vino con tapizado de rombos amarillos que quizá alguna vez pudo verse, si es el gusto, elegantemente.

Pero no queda más que verlo, imaginárselo de fondo en su luna de miel, o en el cuarto de sus bebés o en la oficina de papá en la Ciudad de México que abandonó una de ellas hace tiempo. No queda más que, cada quien, use del pasado y construya el futuro para aliviar un presente salido de las cloacas.

Una de ellas ha decidido juntar dinero desde hace dos años; se le fue la mano un par de veces con el excesivo trabajo que se echa en la espalda, pero vale la pena, dice, vale mucho la pena si lo se quiere es cambiar de vida y ser otro.

El dinero es para hacerse una operación que en estas épocas ya es muy popular, quiere cambiarse de sexo.

A pesar de que les gusta hablar conmigo, me prohibieron etiquetar el contexto y a las personajes. Pero es en Torreón, eso me permitieron que lo dijera, y Torreón no es tan grande como para no encontrarse de vez en cuando a este peculiar grupo de prostitutas.

Se dice que en la ciudad siete de cada diez hombres han ido a al menos dos moteles de la región, y cuatro de cada diez mujeres. Si sí, con que al menos veinte personas lean este relato podrán saber de qué motel estoy hablando, y de qué putas.

Treinta mil pesos es la cantidad que una de las prostitutas se ha propuesto juntar, le faltan cinco mil.

La idea, dice, se le vino un día que uno de sus regulares le pegó una bofetada mal dada en la barbilla. El tipo no era propiamente agresivo, un Godínez escuálido que se molestó porque la mujer le metió uno de sus dedos entre las nalgas. Pensó que no le molestaría porque desde hace tiempo tiene la teoría de que le gustan los hombres.

Esta prostituta cuenta la anécdota con una comicidad innovadora, tarda aproximadamente una hora desde que explica cómo llegó el Godínez hace cinco años, muerto de la pena con sus amigos de la oficina. Le toma diez cigarros, un stand up preciosísimo. Concluye con el clímax del dedo en el culo acompañado de una epifanía desgarradora, que quiso y quiere ser hombre.

Nadie puede decidir el momento exacto en el que el cuerpo y la mente deciden que uno quiere irse a dormir en un quirófano con una vagina y despertar con un tubo entre las piernas que llamarán pene.

Le pregunté, por supuesto, que si su trabajo iba a continuar una vez que trajera una sintética masculinidad entre los muslos.

Se rio mucho, una carcajada tosca que contagia. No, me dijo, claro que no, es el punto de todo esto.

Lo demás me lo explicaron las otras tres prostitutas que me rodeaban ese, mi penúltimo día echando cigarro con ellas.

Por ser hombre es bien difícil entender lo que me quisieron decir esas mujeres que me pidieron orgullosamente llamarles putas en mis textos. La hipótesis central es que tener un pene entre las piernas, y arrancarse los pechos, para ellas, es convertirse en hombre ante los ojos que no las han visto. Esto es, diría una: “dejar Texas, por ejemplo, siendo negro y llegar a Washington despintado con cloro: blanco, blanco; y ser tratado como totalmente distinto”.

El plan es sencillo, ante la vida que le ha tocado, como todos, formuló una solución propia.

“Siempre es mejor intentar hacer a un lado la soledad y la depresión que empinarte y ver cómo te extirpan en un cuarto de motel, cogida tras cogida, las ganas de tener felicidad y plenitud”, diría con un extenso aire de reflexión una de las putas.

Mi último día por allá, una de ellas me ofreció una hora gratis de servicio. Le pedí con amabilidad que lo nuestro fuera estrictamente profesional. Desde mi profesionalidad, no desde la suya. Ella entendió y cambiamos nuestros celulares para anotarnos los contactos

Recibí mensaje de ella después de dos meses. Para que el relato tomara su última vuelta fui a verlas otra vez. Faltaba una, la que ya se había hecho hombre.

Las putas habían recibido información de quien ahora llevaba el nombre de Jesús Alberto, chilango ya, según se burlan, que lleva mes y medio y tiene todo el acento capitalino.

Resulta que trabaja en un Bancomer. Jesús Alberto me dio más libertad de dar información suya. Dice que en esta nueva vida no piensa esconder nada nada.

Es altísima la mujer que me enseñó el Whatsapp penoso que le envío una noche antes Jesús, me lastimé el cuello leyendo el texto enorme de confesión que le armó a la que, en otra vida, fue su mejor amiga en Torreón.

Resulta que Jesús Alberto, con pene de plástico y cicatrices en los pechos, vestido de camisa rayada todavía y pantalón de vestir. Se encontró esa noche de fin de semana celebrando la novedad de ser hombre, con otros tres que de nacimiento fueron afortunados por su género.

Jesús Godínez tenía el humor norteño que nunca desentona en las parrandas. Los tres compañeros estaban muertos de la risa con las vulgaridades de Jesús que, viniendo de ser puta standupera, las tenía bien practicadas.

La velada avanzó sobre risas e historias personales. Se empeñaron en emborracharse bonito porque era sábado. El humor se apagó y en los tres machos de nacimiento se hinchó la necesidad de sexualizar la noche. Dedicaron las dos primeras horas de la madrugada a examinar las idas y venidas de mujeres que les daban ganas de ir al baño.

“Es tristísimo lo que estos cabrones hacen. Quedarse sentados, viendo cómo pasan las mujeres y les echan miradas de asco que les regresan cuando se dan cuenta que les ven las nalgas. No creas, mana, esto de ser hombre también es muy penoso”, leí del intenso whatsapp que me enseñó su amiga.

Los tres perdieron la consciencia, la decencia y la compostura como si se hubieran tragado todo el bar. Después, decidieron que debían ir por unas putas.

Muerta de la risa estaba la mujer altísima cuando le contesté dónde iba en la conversación. Había adaptado la misma carcajada rasposa de su amiga.

Jesús, que se había dejado una barba de muchacho adolescente, tuvo que presenciar el ridículo de dos oficinistas recién vomitados, dormitando en un par de silloncitos de antro al contorno de la table dance. El tercero le ofreció una de las mujeres, después de haber lloriqueado por falta de afecto, de ligue, de mujer, avergonzado le dijo que le invitaría una puta.

Pasó el final de la noche Jesús contándole a una prostituta chilanga lo que se sentía haber sido puta y ahora ser hombre.

Una de mis amigas salió del 102 cuando terminé de leer los mensajes. Tomé la cajetilla de pall mall que tenía en el bolsillo para fumar mientras las chavas seguían el hilo de burlas contra Jesús. Se me habían terminado los cigarros.

Ten, me dijo la que venía de trabajar. Extendí la mano derecha y con la izquierda le di cinco pesos por el cigarro.

Adivina qué, me dijo ella misma. Ya cambiaron el tapiz, ahora es un pinche paisaje playero. Prendí mi cigarrillo. ¿Y te gusta?, pregunté, mientras un gordito salía en un Sentra nuevesón del cuarto 102 y sin vergüenza veía con sus ojos hechos plato a las otras mujeres quienes todavía en el jolgorio no notaron la despedida morbosa que hizo con la lengua.

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