En el abismo encontré a Del Paso, y sin más que tristeza, me despido

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14 de Noviembre 2018

Leí a Fernando Del Paso por primera vez sobre el sillón de mi prima en la Ciudad de México. Palinuro de México era uno de los libros que el ex novio de Pao le había regalado. Ella lo tenía sobre su escritorio todavía con la envoltura de plástico, que yo desmembré para abrirlo y conocer, por primera vez, la inigualable prosa del autor que ahora, por ser el único remedio a la vida, ha muerto, a sus 83 años: una bellísima edad para morir.

En su tiempo le escribí a Gabo también aquí, que no conocí por supuesto. Por eso ahora haré costumbre redactar otra inútiles notas hacia fallecidos artistas que sin duda no me hacen en sus recuerdos y por ende, no significo nada para ellos. Me gusta pensar que escritos como éste no van hacia él, o Gabo, sino, más bien, hacia el lector que llegue hasta aquí y que se convertirá en mi aliado, espero, para combatir la peor de las desgracias que le pueden suceder a un escritor fallecido, el olvido.

Sobre el sillón de mi prima leí a Palinuro de México, y después a Linda 67, que no me gustó tanto. Más tarde, en Torreón, por medio de la costumbre de pedir prestado, me adueñé casi un año de Noticias del Imperio, que nunca terminé.

Palinuro de México es mi favorito por una razón irreductible, la casual y bellísima prosa que Fernando del Paso Morante pinta en ese trabajo. Encuentro, muy a lectura personal, la manera en que desenvuelve las palabras, tan llano; te habla de tú y de usted con una naturalidad impecable. Este hombre fue mi prosista favorito por esta obra. Lo adoré también en Noticias del Imperio, debo decirlo, para complementar que me encanta, pues, pero Palinuro, Dios mío, arrasa cualquier candidato a mi primer lugar de novelas. Siendo muy preciso, es la manera en que habla, con muchísima pasión; no escribe por escribir, o no escribió por escribir, sino por sentir. El arte debiera de ser así, impecable, como lo fue Palinuro, y su dueño: Fernando del Paso, impecable porque no hay una sola palabra que pudiera quitarle, puso entero su corazón allí, su corazón y su loca mente que escribe con tanta solidez y tersura, no sé si adivino, pero seguro fue su obra maestra, su hija predilecta. Impecable les digo, Fernando, para mí, pues, que sin duda me sacó adelante en un tiempo en el que la falta de literatura y arte me provocaban una sensación de abismo. Muy dramática la palabra, adolescentera; pero el recuerdo pareciera eso, un precipicio al que caía por razones de independencia personal y madurez. Caía al barranco cuando llegó Palinuro y me levantó, mientras iba en el metrobús me levantó, y en el Bosque de Chapultepec me levantó, y en el metro a Universidad me levantó; su prosa, creí en su prosa, y creí en mí.

Adiós, entonces, irremediablemente, a quien admiro por siempre aún sin haberlo conocido, y ahora sabiendo que nunca lo conoceré. Lo siento, por la literatura, pero que quede dicho: es responsabilidad nuestra, o al menos yo sí me la cuelgo a los hombros, escribir como él, y mejor, y promover la literatura suya, la literatura preciosa en general, pero suya en particular por ser de las más preciosas.

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