Sábado de cuentos: Su mejor modelo

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Curiosamente, Bárbara no empezó a sentir nervios sino hasta que entró a las oficinas de su periódico preferido. Aunque no debía, se dio el lujo de contemplar la recepción. Como el resto del periodismo nacional, apenas se sostenía, desgastando los aparejos del pasado. Uno de los guardias cotorreaba con lo que parecía una secre, tal vez una mandadera. El otro veía descaradamente YouTube en la compu de escritorio. La oportunidad era perfecta para aprovecharse, y ella lo hizo.

            Tomó las escaleras de la derecha. Las que le habían dicho que la guiarían hasta el lugar indicado: el octavo piso, donde estaban las oficinas de los fotógrafos. Y el rincón de su fotógrafo favorito estaba entre ellas. Llevaba tanto tiempo admirando su trabajo que bien podía decir que lo admiraba de toda la vida. Subió el primer piso, el segundo. Pudo usar elevador, pero quería el tiempo extra. A ella misma le impresionaba el vuelco que había dado su corazón en tan pocos instantes. El lado izquierdo del pecho le rebotaba, sus pies apenas avanzaban gracias a un enorme ejercicio de voluntad. Por un momento, pensó en que no lo lograría, y quiso retornar antes que alguien la viera así y la cachara en la jugada.

            Pero entonces, una hebra de felicidad apareció en el mar de incertidumbre, una hebra que al poco se transformó en una tela amplia y sólida, la misma que le había hecho planear todo, la que le había llevado a arriesgarse en primer lugar. El tronar de sus tacones, comprados específicamente para la ocasión, comenzó a necesitar menos esfuerzo, su respiración se hizo menos delatora. A fin de cuentas –pensó para echarse porras–, estaba haciendo la primera cosa en su vida que sentía suya, de la que se sentía totalmente en control. No es que Bárbara fuera una muchacha incapaz de talento: todos los maestros que la tuvieron en sus listas y los dos que tres jefes que tuvo en agencias de publicidad y periódicos menores coincidían, casi palabra por palabra, que era un géiser de eficiencia, un faro prometedor entre una generación que consideraban perdida.

            A ella todos esos años no le pesaban más en el orgullo que una mota de polvo. Sólo responsabilidades cumplidas, y cumplidas sobresalientemente, mas sin un gramo en ellas que considerara de su pertenencia, nada con lo que ella quisiera pasar a la historia. Ese pensamiento la desesperaba noches enteras, en las que su único arrullo era la obra de sus artistas favoritos, sobre todo, la de aquel fotógrafo. En una de esas noches fue que el plan se puso en marcha.

           El quinto piso, el sexto. Ya faltaba nada para cumplirle el deseo a su corazón, de pasar a la historia. Aún en ese momento, una nueva duda se le puso enfrente: su ídolo ya había fotografiado a muchos e irrepetibles modelos, ¿sería ella tan especial para llenar sus requisitos? La nueva pregunta se paralizó cuando, poco después, se fijó en el número del piso: ocho. El momento estaba a su alcance. El hormigueo regresó, la respiración se entrecortó. Necesitaba aire. Temiendo ahora que su ídolo decidiera usar la escalera y la encontrara así, reemprendió el ascenso con un ritmo más acelerado. El techo, tenía que llegar al techo.

           Agradeció a Dios que la puerta estaba abierta. Los vientos esmogueados le asaltaron los pulmones. Comenzó a caminar por la azotea, pensando y revisando su apariencia para asegurarse que todo estaba en su lugar. Nada arruinaba la imagen. Sacó por última vez su espejo de mano. Su rostro era perfecto. Ya no había ningún pendiente. Así, Bárbara se acercó al borde, puso los brazos en cruz y se aventó al vacío urbano.

           Lo que despertó la conmoción fue el tronar del cuerpo con uno de los coches estacionados. La seguridad no pudo evitar que casi todos los empleados del periódico La Prensa Express, uno de los exponentes nacionales de la nota roja, salieran a ver el siniestro. Poco después, esos mismos empleados hicieron camino para el fotógrafo estrella del rotativo, quien sin una expresión en el rostro apuntó la cámara y retrató el cuerpo desecho y el rostro sonriente de la suicida, envuelto en una manta creciente de rojo.

           Al día siguiente, La Prensa Express tuvo a Bárbara como foto de contraportada. La información ofrecida fue escueta, en realidad, pero los lectores poco necesitaron, aparte de ese rostro perfectamente maquillado, destrozado en una sonrisa para toda la eternidad.

           El fotógrafo estrella, por su parte, tomaría miles de fotos y cuerpos después de eso. Y nunca supo que aquella mañana fotografió, tal vez, a su mejor modelo.

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