Sábado de cuentos: Bebé

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Roadside motel neon sign in Oregon

“¿Y qué hago con el bebé?”, dijo Karime en el cuartito de atrás, donde se escondía a llamar. Leonel pensó rápido, urgido por la urgencia que tenía de acostarse con Karime: “¿Y sí lo llevamos?” A Karime le pareció una barbaridad, y lo dijo: “No seas hijo de la chingada, Leo”.

Se habían conocido en la fábrica de muebles. Estaban en dos líneas diferentes, pero a la hora de la comida se toparon y se gustaron. Comenzaron a conversar y él le agradó a ella por la risa, porque tenía unos dientes blancos y grandotes en medio del rostro prieto y armónico. Ella era bonita, pero el cuerpo ya acusaba en algo los estragos del parto y de la horrible comida, grasosa toda, a la que estaba condenada. Había sido madre a los 17, hacía poco más de un año.

Nunca supo dónde quedó Neto, el padre. Le dijeron que se había ido al otro lado, pero era lo de menos. Ella estaba sola y debía trabajar. Sus padres echaban la mano con el bebé para que ella fuera a la fábrica, pero no más. Al llegar del trabajo, Karime debía chambear ahora de madre y cooperar con algo en la casa, limpiar, dar un poco de dinero, lo que fuera. Era un lío y se sentía sola, en el abandono total. Por eso Leonel fue una esperanza, un pequeño oasis de cariño en medio de la desgracia.

Un sábado salieron de la fábrica y la invitó a cenar. Fueron a unos tacos. Él hacía horas extras y ayudaba un poco en su casa, también vivía con sus padres, no la pasaba tan complicada como Karime. Tenía incluso una moto. Allí, trepada atrás de él y tomándolo de la cintura, con el casco puesto, Karime aceptó ir al hotel. El rato fue pleno, dos fuerzas llenas de ímpetu en medio de sudores y gemidos deliciosos. Al final, Leonel la llevó a su casa y  tuvo la mala suerte de llegar cuando todos esperaban la vuelta de Karime: “¿Dónde andabas, muchacha?”, dijo su madre, y su padre hizo mala cara: no le gustó el trote con el de la moto, él sabía por qué. Karime estaba, pese a todo, feliz.

Había encontrado un novio, un novio que además le dio un poco de dinero cuando ambos, borrachos de gozo, salieron del cuarto. Por eso necesitaba verlo ahora, una semana después. Sentía la sangre como un caldo. “Lleva al bebé, le compramos un juguetito y ya”. Karime pensó que eso era malo, pero aceptó porque no había otra posibilidad, su cuerpo lo reclamaba. El bebé era, además, un escudo. Dos horas después, luego de todo, el bulevar Constitución vio el regreso lento de la moto con Leonel, Karime con casco y en brazos su bebé.

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