Sábado de cuentos: Algo se perdió

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—¿Ya vio usted el cielo? —me dijo.

—Sí.

—Es blanco. Como el infierno.

Jesús Gardea, “Nada se perdió”

Yo no lo maté. Sí, sí tenía muchas ganas de matarlo. Lo amenacé y todo, pero yo no lo maté. Cuando supe que el Bayona era un pinche mentiroso sentí mucho coraje, pero de veras, aunque se haya burlado de mí, yo no lo maté.

Llegué a su casa de puro rebane, pude haber llegado a cualquier otra… no sé por qué llegué a esa. Abrió la puerta él mismo. Dijo que no podía alivianarme con una limosna ni nada de eso, pero sí con trabajo. Tenía dos días en ese rancho, yo iba nomás de paso para cruzar, pero me quedé sin dinero. El calor estaba bien recio y ya tenía la camisa toda pegada a la espalda por el sudor. Bayona dijo que me pagaba en la quincena, que mientras trabajara escarbando unos pozos para unos árboles que debía plantar. Le dije que sí, que no había problema, y nos fuimos al solar.

En medio del terreno había un árbol seco, se había muerto de sed, como todo por acá. El tronco seguía ahí parado, dando un remedo de sombra que no cubría nada, causaba risa y lástima por lo flaca que era. No me explico cómo es que llegó a crecer tan alto ese cadáver.

—Imagínate unas 10 líneas rectas separadas entre sí 15 pasos cada una. Escárbale 10 pozos por línea, que estén separados 25 pasos uno de otro y así te la llevas —me dijo el viejo cabrón—. La pala te la prestan en la tienda, ai con don Carencio.

—¿Don Carencio?

—Sí, así se llama el viejo de la tienda. Le dices que vas de mi parte y le das este papel pa que te crea. Ai también te va a dar a crédito lo que pidas. Ya cuando acabes el trabajo nos ajustamos con la cuenta. 

Era una chingota, pero era lo que había. 

—¿Pa cuándo lo termino?

—Pa cuando lo termines. Pero te pago hasta la quincena.

Era día 7, faltaba para la quincena todavía. Eran las 12 de la tarde. El Bayona me dijo que me cuidara del sol y se fue. Y yo me fui a buscar la pala.

En la tienda estaba don Carencio con la cabeza clavada entre los hombros y el pecho, dormidote. Parecía gallina clueca ahí todo desparramado en la silla, brazos cruzados encima de la barriga y piernas un poco dobladas para adentro. Me puse a ver lo que había en la tienda. Un chingo de cascos de Coca-cola vacíos, formados como soldaditos, y dos refrigeradores que hacían escarcha, unas láminas con rótulos oxidados y unos exhibidores de chucherías sin nada. En el mostrador había una lata de chiles curtidos y varias de frijoles, adelante; cigarros, atrás. Y moscas zumbando por todos lados. No sé cómo el tendero se podía dormir en medio de ese infierno de calor y moscas.

Desperté al mono hablándole muy quedo. Me ve y se espanta.

—Me manda Bayona por una pala. También me dijo que usté me iba a fiar de aquí a la quincena. Íre, me dio este papel.

—¿Quién te manda? —Dijo con toda la modorra, estirando la mano para agarrar el papel.

—El Bayona.

—El Bayona, ese cabrón… —dijo mientras una sonrisa se le dibujaba—, ¿y qué vas a hacer con la pala?

—Unos pozos allá en el solar.

Soltó una risa y me mandó al patio de su casa para que agarrara la herramienta. Había fácil unas cinco palas. El calor estaba a tope. Ni los perros andaban en la calle, todos estaban escondidos abajo de los carros. Me fui al terreno y empecé a golpear el suelo con la pala.

Uno, dos, tres, cuatro… treinta, treinta y uno, treinta y dos… cuarenta y siete. Cuarenta y siete palazos y el primer pozo estaba terminado. El suelo era muy duro. El sol también. Yo sudaba y sudaba como si adentro de mí hubiera una fuente. Acabé los 10 pozos de la primera línea antes de lo que creía. El tiempo pasaba muy lento. Eran las 12 y cuarto cuando empecé y las 2 y media cuando acabé la primera línea, pero se me afiguraba haber trabajado toda la tarde. 

Regresé a la tienda y el tendero me dio una Coca bien helada. Pa que agarres fuerzas, me dijo. Y le pedí un cigarro, para agarrar aire de pasada. No dejaba de sonreír, parecía que le daba gusto que yo estuviera trabajando y él fiándome. 

—¿Dura mucho el sol aquí? —Le pregunté.

—Aquí lo que dura mucho son las 12. Duran hasta las 6.

—Entonces voy a aprovechar el medio día.

De las 3 a las 5 y media acabé la segunda línea. Parecía que el sol seguía igual que a las 12.

—Ya vete a descansar, mañana le sigues. Ven temprano, quiero invitarte unos huevos con frijoles —dijo don Carencio. 

Le agradecí mucho y me fui a dormir al establo abandonado. Era el único lugar donde podía quedarme, nadie se tentó el corazón, nadie quiso echarme la mano y darme asilo. O de perdido un taco, ya ni porque estoy en los puros huesos.

A las 7 de la mañana ya estaba en la tiendita desayunando con don Carencio. A esa hora, sorprendentemente, ya estaban todas las moscas despiertas, zumbando. ¿Se imaginan si todas las moscas se juntaran en un sólo y gigante punto negro?, sería algo grotesco, pero sin duda todos estaríamos al pendiente de ese bicho esperando a que…

—Ayer vino Bayona —interrumpió mis pensamientos el tendero—. Me dijo que estabas trabajando muy rápido. Que le pararas y descansaras. Quiere que trabajes un día sí y un día no, para que acabes justo en la quincena, porque, de todos modos, antes no te va a pagar. Así que hoy te vas a descansar.

—Pero no hay problema, puedo seguir trabajando…

—Fíjate que sí hay problema. Bayona no quiere que trabajes todos los días, quiere que trabajes un día sí y otro no. Así la cosa. Si no lo obedeces no te pagará nada… y tampoco a mí. Así que más te vale que obedezcas. Llévate unos cigarros, una Coca, unos chiles curtidos y una lata de frijoles. No te arrimes por aquí hasta mañana. Llévate la pala por si te sale otro trabajo por ai. Me la regresas cuando acabes.

Me sentí algo triste, pero ni modo, a darle que así es esto. Regresé al establo a pasar el día viendo el cielo y las nubes, blancas blancas que estaban. A mí me gustan las nubes grises, me parecen más interesantes. La verdad estaba muy cabrón conseguir otro trabajo en el rancho, menos uno que tenga que ver con una pala. Acá todos tienen manos y sus propias palas, y con eso basta.

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Regresé al siguiente día un poco resignado a la chinga. Era día 9 y faltaba menos para la quincena. Llegué a las 7 de la mañana a la tienda. Con don Carencio había otros dos monos, muy sonrientes se veían. Me ofrecieron unos frijoles y rápido que me los comí. También me ofrecieron una Coca, pero les dije que esa hasta el medio día.

Tomé la herramienta y me jalé al solar. A lo mejor me había equivocado cuando conté, pero dos de los pozos ya no estaban. Me puse a escarbar de nuevo. Para las 12 de la tarde ya tenía 4 líneas listas. Cuarenta pozos escarbados, cuatro hileritas bien medidas. Fui a la tienda y ahora don Carencio estaba acompañado de otros cinco monos. Todos sonrieron cuando entré. 

—Ora sí, mi Coca.

—Como quieras, muchacho. ¿También un tabaco?

—Por favor.

Estaba a punto de prender el tabaco y una mosca se paró en él. Fue algo extraño, juro que casi me vi reflejado en todos los ojitos de la mosca. Le di una calada y solté el humo muy despacio. Todos me veían sonrientes y a mí me daba pena, no sabía por qué lo hacían. Así que regresé a trabajar al solar.

Acabé la línea 7 a eso de las 5 de la tarde. Y ahí le paré porque ya tenía mucha hambre. Me jalé a la tienda y ya había más gente con don Carencio. Todos callados pero con una sonrisota.

—Ya no trabajes, compa, el sol está bien perro —el mono que me dijo eso parecía buena gente—. Vente a comer. También hay sotol. Éntrale, con confianza.

Y con este calor a uno no le queda más que ser borracho. Comí, bebí y me sentí agradecido con todos ellos. En especial porque ya estaba por terminar el trabajo. El sotol se acabó como a las 9 de la noche, don Carencio nos corrió porque ya iba a cerrar. Regresé al establo con una provisión de cigarros, Coca cola, chiles curtidos y frijoles. No supe a qué hora me dormí, pero sí supe a qué hora desperté: a la mera hora del sol. Me pegaba todo en la cara y hasta parecía que se reflejaba en la pala oxidada. Como quiera ese día lo tenía libre y se me pegó la gana de estar todo el día viendo el cielo.

El día 11 estaba ya en la tienda a las 7 de la mañana. Ahora había unos 10 monos ahí con don Carencio, todos serios, todos sonrientes, bien mosqueados. Con humo en los pulmones y comida y Coca en las tripas, me jalé al solar. Habían desaparecido 4 líneas de las 7 que ya había escarbado. Qué pedo, no me lo podía creer, una cosa es que me equivocara con dos pozos, pero con cuarenta ya era mucho, ni que estuviera tan mal de la cabeza. 

Me dio pena preguntar en la tienda si ellos sabían qué fue lo que pasó, después de todo me convidaron de su alcohol y don Carencio me había prestado su herramienta y dado de comer, malas gentes no podían ser. Pala en mano y resignación en mente, comencé a escarbar de nuevo. Aguanta el hambre, me repetía a cada ratito, nomás así iba acabar ese día todas las líneas. Aguanta el hambre. La sombra del cadáver que estaba en medio del solar me motivaba a cavar más rápido. Más y más rápido. ¿Se imaginan cuando todo el solar esté lleno de pinabetes?, no sé qué es más preciado acá, la sombra, la Coca-cola, los cigarros, el sotol… Acabé la novena línea a las 5 y media, pero ya mis tripas se estaban devorando entre ellas. Nomás faltaba una, nomás una y ya estaba todo listo. Así que me fui a la tienda porque ya no aguantaba. Cuando me vieron entrar todos estaban serios, sonrisa oreja a oreja, y me pasaron la botella. Sotol curado de no sé qué. Con esos tragos hasta el hambre se olvida. 

Acabamos ya de madrugada con el alcohol. No supe ni cómo llegué al establo. Pero al día siguiente, el sol me estaba pegando en la cara de nuevo, quería obligarme a despertar, pero yo le di la espalda hasta que el hambre me venció. Me dolía la cabeza. Encontré una lata de frijoles que seguramente me habían dado en la noche y me la tragué como resumidero. Con hambre no hay manjar más delicioso que los frijoles. Ese día no hubo nubes. Nomás ese azul que todo envuelve y hasta marea. Nomás 10 pozos más al siguiente día y ya.

El 13 llegué a las 11 de la mañana a la tienda de don Carencio, total, ya no me faltaba casi nada. Ya había unos 20 monos en el lugar, estaba a reventar ese cuartucho. Y sí, todos sonreían al verme. Sonrisas de mudos. Mi ración de tabaco, Coca y frijoles ya estaba lista. La tomé sin decir palabra alguna. Caminé con mucha calma hacia el solar y cuál fue mi sorpresa al ver que nomás había 3 pinches líneas de pozos. Jalé de nuevo a la tienda a preguntar o reclamar o algo. Los sonrientes seguían igual, don Carencio se desparramaba en la silla, las moscas seguían siendo moscas. Miré a todos, uno por uno, y nadie dijo nada. Yo tampoco dije nada, pero ya estaba emputadísimo. Tiré un manotazo y maté a una mosca en el aire. Jalé de regreso al solar a seguir escarbando. ¿Cómo era posible que se taparan los pozos solitos?, ¿cómo reclamarle algo a esas buenas gentes?

Me puse en chinga a escarbar todo de nuevo. Uno, dos, tres, cuatro… diecinueve, veinte, veintiuno… Treinta. Treinta palazos y ya estaba un pozo. El tiempo no se sentía lento, ahora todo parecía ir en cámara rápida. A las 6 de la tarde acabé las diez hileras de pozos. En la tienda alcanzaba a ver a toda la multitud sonriente, hasta alcanzaba a ver a las moscas. 

Parecía haber una fiesta silenciosa con don Carencio. Ese día me dio una caja completa de tabaco y 2 latas de frijoles, me dijo que eso no lo pondría en la cuenta.

—El próximo día que vengas ya va a ser quincena. Acá topas al Bayona a medio día.

Y terminando de decirme eso, jalé para el establo. Iba tan cansado que sentía los hombros pesados, como cuando cargaba un chingo de tabiques en la obra, la camisa toda repegada la sentía como si fuera de plomo y la pala la sentía como si fuera una cruz. Dormí temprano, desperté temprano, y me puse a planear cómo sería mi vida cuando ya cruzara. ¿Las nubes se verán igual en el otro lado?, ya quería largarme. Qué es eso de encontrar los pozos tapados. Qué es eso de que todos me sonrían y se junten ahí, como si nomás fueran a verme trabajar y a sonreír. Un día más, nomás. Uno.

Llegó la quincena y fui en busca de mi pago, de Bayona, de mi salida del maldito rancho. Más de 30 monos estaban en la tienda, y en el solar se veía alguien trabajando. Me confundí un poco cuando vi a ese alguien, y conforme iba arrimándome, topé lo que estaba haciendo:

—¡¿Por qué tapas los pozos, cabrón?!

—Es lo que me encargó el Bayona.

—¡A mí me encargó escarbar!

—¡Así que tú los haces, hijo de la chingada!, ¡con razón no termino de taparlos!

La sangre me hervía, no la pensé y me le dejé ir. Tuvimos un duelo de palazos. Los de la tienda sólo nos veían sonriendo. ¡Sing!, ¡sing!, las palas se topaban y poco faltó para que salieran chispas. En mi mente oía cómo zumbaban todas esas sonrisas; me imaginé a esos cabrones volando en círculos, como las pinches moscas; sentía cómo se reían de mí, cómo se divertían con el otro burlado, cómo menospreciaban nuestro trabajo. Hijos de la chingada. Por eso me hicieron ir un día sí y otro no. Por eso tan sonrientes. 

El otro mono tuvo la mala suerte de que se le atorara una pata en un pozo a medio tapar y se cayó. Ya lo tenía con la pala en la garganta cuando el tendero gritó:

—¡Ya estuvo, cabrones, párenle!, par de pendejos.

No le hubiera hecho caso si no hubiera tirado un balazo. Le quité la pala de encima al otro cabrón y de un brinco ya estaba en pie. Agarró su herramienta y se fue corriendo. Se robó la pala del pinche Carencio. Yo me quedé parado como idiota, no supe ni qué hacer. Y en eso vi que también estaba ahí el Bayona y que venía caminando hacia nosotros con toda la calma del mundo.

—Págueme —le dije.

—¿Qué quieres que te pague si no trabajaste ni la mitad?

Pinche Bayona no me quiso pagar las asoleadas. Y, como lo creía buena gente, le pedí al tendero que intercediera por mí:

—Usté vio que yo sí jalo, qué pues, ese cabrón que se fue es el que rellenaba los pozos. Dígale a Bayona que me pague. Écheme la mano, don Carencio, por favor…

—¡Cómo que don Carencio, por qué chingados me dices así, cabrón! ¡Yo me llamo Jesús!

Me tiró un balazo a las patas. Di un saltote y todos se rieron. Le decían Carencio porque no tenía ni madres en la tienda.

—Calmado, don Jesús —dijo el Bayona—, no vaya a cometer una imprudencia y mate usté al muchacho… No ve que está muy flaco y por eso no acabó de hacer los pozos.

—¡Te voy a matar, hijo de la chingada, de mí nadie se burla, pinche Bayona! 

Yo no hallaba ni qué hacer, estaba muy encabronado. El coraje es coraje y la burla es burla, y de mí se han burlado todos estos monos que viven en el rancho. 

—¿Apoco vas a dejar que te amenace así este muchacho, Bayona? 

Creo que don Carencio seguía muy ofendido por su apodo, pues cuando acabó de decir eso, me apuntó con su pistola. Corrí todo espantado. Nomás escuchaba risas y chiflidos.

Llegué al establo y prendí un cigarro, me lo acabé y a dormir. Soñé que destripaba al pinche Carencio y que nomás no podía terminar, esa panza era muy grande; también que agarraba a palazos al Bayona y que se seguía riendo de mí por más chingadazos que le surtía. 

Me desperté llorando de coraje, decidí largarme ese mismo día del rancho aunque no trajera dinero. Ya para qué le buscaba, era mejor irme. Y en eso cayeron unos rancheros y me llevaron a la comisaría. Habían encontrado muerto al Bayona, le habían destrozado la cara con una pala. 

Cuando encontraron el cuerpo, el pinche Carencio me demandó porque ya nadie le iba a pagar los refrescos ni los tabacos ni los frijoles. Me acusó de que yo era el asesino, y aunque no me encontraron nada, según el tendero yo le robé la pala con la que le sumieron la cara a aquel pobre, y que además le traía coraje al Bayona porque no me quiso dar trabajo cuando llegué al rancho. El colmo fue que unos ejidatarios me demandaron también, por daños a la propiedad pública. Resulta que el pinche solar ni siquiera era del Bayona, era del municipio. 

Y pues estoy aquí, encerrado desde hace un mes. Aquí adentro el tiempo parece que pasa más rápido, no me doy cuenta cuando pasa el día, las 12 duran hasta la 1 y la 1 hasta las 2, no como allá afuera, que parece que las 12 son eternas. Estoy mejor aquí, eso sí. Al menos acá adentro hay sombra, me dan de comer diario y no hay nadie que me sonría por nada, más bien todos me ven como con lástima y algo de desprecio. Lo único malo es que extraño a las nubes. Hasta a las blancas. A veces también a las moscas.

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