Con el orgullo marchito y pisoteado, Aurelio derramó la primera lágrima sincera, penetrante y emotiva. Su vida por fin se esfumaba. Siempre sigilosa, la muerte lograba llevarse a esa persona ruin y nauseabunda, por fin, Aurelio, el célebre y vituperado Aurelio, en medio de la mierda que siempre lo cobijó, se desvaneció en la frialdad del olvido y en la contundencia de la muerte.

Extraviado y cansado, él nunca supo para qué había nacido ni por qué vivió tanto tiempo. Cada día que transcurría era un golpe más para él. Sus emociones estaban tan duras e infranqueables que su fría y opaca mirada tenía el poder de provocarle frigidez a cualquier mujer y aniquilaba todo atisbo de vigor en un semental.

­Aurelio veía pasar las noches en un cuarto que presumía unas paredes enmohecidas, como pintadas de un verde baboso que escurría su espesor hasta caer en su frente, y él, inmutado, veía el transcurrir de las horas recargado en esa pared que usaba como regazo para soportar la procaz situación en la que yacía su voluntad para vivir.

Siempre fue un misterio su misión y su razón de existencia. Algunos decían que era el embajador de Belcebú en la tierra pero que éste era más encantador y amable. Otros mencionaban que era un esquizofrénico que sodomizaba ratas en sus delirios y otros, la gran minoría, los que creían conocerlo un poco más, afirmaban que era un equilibrista, una persona que absorbía todo mal a su alrededor, que era balaceado diariamente por infames ofensas y escupitajos atiborrados de desdén y asco que poco a poco se acumulaban en sus entrañas. De modo paulatino y como si fuera una maldición medieval, su organismo comenzaba a pudrirse  hasta terminar en una explosión aderezada de vómito y sangre y vísceras y cualquier fluido mal oliente que florecía en su cuerpo.

− Transformaré a mi país.

Le decía Aurelio a su madre después de recibir su título como abogado.

 -Hijo, no seas baboso, vas a trabajar para el sindicato de taxistas en el que fue miembro honorario tu difunto padre. Ahora sí me sacarás de este chacal en el que vivimos y te dejarás de hacer pendejo con eso de tus estudios.

-No, mamá, si nací en este país de mierda fue para cambiarlo, para lograr algo mejor, para que los plolicías dejen de bajarme mis pocos pesos por andar orinando en la calle o besándome a una mujerzuela afuera de la casa. Madre, lograré que la moralidad deje de ensombrecer y maquillar nuestro verdadero comportamiento. Vas a ver, jefita, te vas a sentir bien orgullosa de mí y te dejarás de arrepentir de aquella maratónica labor de parto que te aventaste cuando nací, hasta te dejará de doler tu útero de la felicidad que te causaré.

Eso dijo Aurelio en medio de todos sus compañeros que se encontraban en el evento de graduación. Su madre, apenada y humillada, sólo tocaba suavemente su vientre y agachaba la mirada para pasar desapercibida, pero la realidad fue que la mayoría de los egresados ya habían escuchado aquella deslumbrante descripción de Aurelio, quien, por cierto, por todos era tachado de metalero, es decir,  lunático, satánico y antisocial.

Así  comenzó una lucha aguerrida y sufrida por destruir aquel concepto que exterminaba cualquier indicio de progreso en Aurelio; emprendió, se manifestó, golpeó, humilló y fue humillado. Así fue que Aurelio comenzó a labrar un áspero y desnivelado camino que lo llevó directo hacia la muerte.

Su primera manifestación y, después de haber acarreado a un grupo de hippies globalifóbicos, fue en pro del desnudo colectivo y la fornicación masiva. Para esto, los manifestantes se conglomeraron en la Diana Cazadora, escultura que por años ha mostrado sus pechos a miles de capitalinos y turistas de la Ciudad de México. Ese lugar era el idóneo porque pensaban que le brindaba mayor congruencia al movimiento. Evidentemente, después de una hora de manifestación, Aurelio ya había perdido su virginidad con una hippie que presumía no haberse bañado en un mes y que tenía más bello corporal que un orangután. Los manifestantes gritaban y saltaban y gemían su propuesta ante la mirada estupefacta de miles de transeúntes y automovilistas que pasaban por ahí. La orgía era impresionante, de pronto la capital se había trasladado sólo por unas horas a Sodoma y las autoridades no querían detener la vorágine de fluidos y orgasmos porque estaban grabando al estilo new porn para vender el material a los políticos y a la alta sociedad de la capital, quienes siempre han disfrutado del voyerismo y del placer ajeno para hacerlo propio.

La noticia llegó hasta Los Pinos y ante tan abominable acontecimiento, los medios oficiales se movilizaron con prontitud hacia el nido de amor y lujuria que Aurelio había construido, logrando así, su sueño más sincero y su recompensa fatal.

La fama acarició su mejilla. Los idealistas y los grupos anarquistas aplaudían con fervor lo que en una tarde logró aquel cínico personaje. Su vida se volvió un caos, quitando a esa minoría que lo admiraba, toda la población lo veía con repudio y asco y resentimiento. No podían creer que una persona tan excéntrica y tan desagradable y tan corriente hubiese logrado la orgía más grande en la historia de la humanidad. La realidad sobrepasó la ficción, aquel encuentro multitudinario lleno de sexo y lengüetazos y caricias y gemidos que había narrado Patrick Süskind en El Perfume, no se acercaba en lo más mínimo a lo que Aurelio logró.

 -¡Inmoral! ¡Asqueroso! ¡Imbécil! ¡Rata! ¡Hippie!

La gente le gritaba con desprecio a aquel hombre que había destruido las apariencias y las actitudes pretenciosas al menos por una tarde.

La vida y las personas y el mundo lo recluyeron en una celda que no estaba en una cárcel. En un cuarto sin luz, sin baño, sin cama, sin vida. Sus últimos años transcurrieron entre hongos, humedad, mugre y soledad, mucha soledad.  Su comida, durante tres años, eran las sobras de los prisioneros que disfrutaban de la libertad dentro de la misma prisión. Su madre también lo olvidó. Nadie quiso saber nada de él y nadie se enteró cuando sus ojos se cerraron y su respiración se interrumpió y su cuerpo cayó inerte en el charco de orina que justo antes él había dejado.

Aurelio, aunque nunca se dio cuenta, pasó a la inmortalidad, no sólo por haber promovido la orgía más importante en la historia de México y del mundo, sino porque murió a los veintisiete años, edad en la que los grandes decidieron abandonar este mundo raído y asfixiado por la hipocresía.

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