Hombre muerto a la mitad de una fiesta

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No tenía intención de asistir a la fiesta. La invitación llevaba meses en la página de mi correo y no iba a responder. Luego, me topé a Penélope Gaucín en la calle y me dijo que iría después de la medianoche. Me sedujo con palabras que no recuerdo y remató con un “ahí nos vemos” o un “te espero ver”. A lo mejor ninguna de las frases fueron dichas pero no importó, tuve que asistir.

El primer error fue haber olvidado el medicamento en casa. En una hora perdí la fluidez en las conversaciones. A la segunda, una tormenta de sudor brotó de mi cabeza. Penélope aún no aparecía. Traté de hacer nuevos amigos, pero no lo intenté demasiado por lo que me remití al anonimato del sillón. A la tercera decidí contrarrestar la abstinencia.

Combatí el síndrome con whiskey y unos toques. Pude hilar ideas y recordar datos con facilidad. Hacer amigos nunca había sido tan sencillo. Me levanté del asiento y di unas vueltas entre los grupos que se formaron a lo largo de la casa. De repente volteaba hacia la puerta para ver si Penélope la abría, pero después de un tiempo, dejé de hacerlo.

La música comenzó a hartarme. Iba a cambiarla antes de irme y dejar una selección partida que endulzara mi partida. Justo en el momento de tomar el reproductor, una chica gritó asustada y arrojó su bebida al tapete. La dueña hizo lo mismo y se paró a su lado. Varias personas se congregaron cerca del sillón. No pude ver lo que pasaba.

Cuando no tomo la medicina y me pongo nervioso pueden pasar dos cosas: una es que un pánico inmenso se adueñe de todas mis articulaciones y la otra es que comience a reírme sin parar por tiempo indefinido. Aún estaba lejos de las dos. Penélope seguía sin dar señales de su llegada.

Escuché parte de la conversación. La persona que se había sentado a lado mío, una con la que no pude comenzar una plática, estaba muerta. Falleció sin motivos, sólo tenía las manos frías y nadie le encontró pulso. No hubo nada que hacer. En una de las habitaciones estaban inhalando coca. Luego de pensarlo, fui pero no hallé a nadie. De regreso, una sonriente desconocida me ofreció oler un trapo. Regresé a la sala en sintonía con el viento.

Uno de los invitados dijo ser doctor. Nadie pensó en llamar a la policía o la ambulancia. Estaban asustados por las imaginarias consecuencias. Al menos la mitad de nosotros leímos El Apando. Era dos de octubre. Penélope seguía en mi mente.

Al fin pude cambiar la música. Death Grips. Hasta el día de hoy no supe si fue una buena decisión. La una de la mañana se asomaba por la ventana. Otra chica con la que hablé dijo ser capricornio, me aparté de ella de inmediato.

Otro séquito de curiosos inspeccionó la cabeza del muerto. Presunciones y alegatos comenzaron a regurgitar. Alguien se ofreció a llevar el cuerpo hasta el lugar abandonado más cercano. Nadie lo conocía. Era demasiado irreal para estar sucediendo. Un muerto en el sillón de una fiesta y nadie parecía haberlo visto antes. A veces imagino que cuando no uso drogas el universo me castiga. A mí y a todos los demás.

Después de varias canciones de Death Grips puse el Bug de Dinosaur Jr. Un hombre, al otro lado del cuarto, comenzó a mover las piernas. Fue un éxito haber venido, me dije en la mente. Penélope se salvó de esta escena. Dentro de un marco legal, nadie podría dejar la casa. Lo más probable es que haya muerto envenenado, no sé, tal vez le quebraron el cuello con una técnica ninja. Y yo había estado a su lado. Nunca más iba a dejar la medicina en casa.

Hasta el momento, el síndrome se hallaba a kilómetros de distancia. Apenas llegaría a casa para sedarme por dos días. El ritmo de la serotonina es un mito. Yo tengo el control. El muerto se echó un pedo. Todos gritaron.

Abrieron la puerta. Estaba seguro que sería Penélope pero fue sólo otro despistado que llegó tarde. No debió subir las escaleras. El infierno lo recibió junto conmigo y un poco de Dinosaur Jr. Le serví una copa. Fue la última relación que hice en la noche.

Alguien trató de contactar a las autoridades. El compás del orden estaba por ser destruido. Lo acusé con el grupo de sospechosos. Si Penélope estaba por llegar, una patrulla en la entrada la espantaría. No pude darme el lujo de resolver un crimen antes de seducir a la chica Gaucín. En el baño encontré Aderall.

Me apropié del reino de la selección musical. ¿Cuál habría sido la última canción que escuchó el muerto? Quién sabe. Mientras guiaban la serie de investigaciones hice sonar a Jesus and Mary Chain y tomé un vaso de agua.

Por la ventana descubrí las calles sin Penélope. La trampa a la que fui sometido para venir hacia la escena de un crimen sin resolver. A pesar de la tragedia, la fiesta continuó en secreto. Nadie dejó de beber. A la persona que descubrí marcando el número de emergencia fue encerrada bajo llave en el armario. Por debajo de la puerta le deslicé una nota: “no culpes al jugador”.

La tensión de la sala se había calmado un poco. Las sustancias ilegales se habían disipado a través de un grupo selecto de narices. La mujer del trapo dormía en la tina del baño, pero no estaba muerta. Las horas corrieron y el síndrome de abstinencia ya había mostrado los primeros signos de bienvenida. El tiempo es nuestro peor enemigo. Ni siquiera me di cuenta que la música cesó.

Corrí al sillón antes del amanecer, todos veían por la ventana en silencio o conversaban sin ritmo. La última vez que me brinqué los lapsos de medicación me volví una persona solitaria. No iba a dejar que nadie me aguantara o tuviera que cargar con la desgracia de haberme conocido. La llegada de Penélope se convirtió en una triste ilusión.

Caminé callado cerca del estéreo. Elegí Blue Monday, la versión de Orgy. A los que la sobriedad había arropado las últimas horas, voltearon a verme mientras me puse a saltar cerca de ellos. Se asustaron. Una chica gritó insultos y trató de meterme el pie pero lo evadí. Tenía que irme y nadie me iba a dejar hacerlo. No pude idear un mejor plan de escape.

Me senté sobre las piernas del muerto. Busqué sus manos y las crucé sobre mis hombros. Pensé que sería más pesado. Me levanté con el cadáver en la espalda. La canción iba a la mitad. Intenté saltar con él pero no podía concentrar en las piernas la energía necesaria. La chica del pie se desmayó. La dueña de la casa comenzó a insultarme también. Abre la puerta, ordené. No tardó en hacerme caso. Corrí por el pasillo y sentía el mentón de la muerte sobre mi nuca. No era la primera vez que experimentaba aquella sensación.

Antes de bajar las escaleras me topé con Penélope quien subía con una mochila llena de licor robado. Estuve trabajando, afirmó. Pero pude traerme esto, continuó diciendo. Tengo que irme, respondí. Ya es demasiado tarde para mí. Penélope no hizo preguntas sobre el cuerpo de mi espalda. ¿Vendrás pronto? Cuestionó al alejarme. Penny, el tiempo es un círculo plano, canté mientras la distancia nos unía bajo una clave indescifrable.

 

 

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