Sábado de cuentos: La gran pelea del Rey Plateado

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La idea para este cuento fue concebida la misma noche

que se anunció la muerte del luchador Silver King.

Así pues, este cuento queda dedicado a sus amigos y familia.

que el tiempo restaure la felicidad que les arrebató esta gran pérdida

En esta época en la que tal vez hay demasiadas distracciones y aspectos a considerar, la presente historia no dejó gran huella para muchos en el reino digital, pero se grabó a fuego en las mentes de todas las almas de aquella pequeña ciudad donde ocurrió, y en miles de corazones más en todo México. Sucedió de esta manera:

El centro histórico de la joven ciudad andaba en borlote como nunca en décadas. La cuadra alrededor del Auditorio Municipal era un río caudaloso e infranqueable. Algunos aprovechaban la conmoción para atiborrarse de antojitos, gastar el salario (o los préstamos) en juguetitos, máscaras y demás tiliches, y en arrancar los carteles promocionales como recuerdo. El aviso era fuerte y claro: el Rey Plateado lucharía máscara contra máscara con su gran rival, el Demonio Negro.

Dentro del auditorio, el ambiente era un espejo del exterior. Las personas se derramaban por los pasillos hacia sus asientos, guiados por la luz de los trabajadores del lugar. El reloj dio las 19:30 horas. La voz del presentador abrió la noche con estridencia, para ser ahogada por los gritos del público. Entró la primera pelea, luego la segunda y la tercera. Los asistentes, arremolinados en los viejos asientos de madera, se descompusieron en risotadas, aplausos e insultos al calor de las cervezas y conforme los jóvenes astros y los viejos soles de la lucha nacional entraban y salían del cuadrilátero, siempre esperando que el encuentro fuera corto para quitar obstáculos a la pelea prometida.

Aproximadamente dos horas después, el presentador anunció lo que el público pedía, embravecido por el ansia y el alcohol. El primero en entrar fue el Demonio Negro. Bajó con prepotencia por la rampa, soberbio ante los insultos del público. Los espectadores solían tener esa reacción con los enmascarados afiliados al bando rudo, pero aquella noche, la cosa era personal. Era la tercera vez que Demonio Negro retaba al Rey a una pelea individual, y más aún, aquella vez el Rey fue retado máscara contra máscara por su antiguo compañero.

Pues antes de tomar la máscara negra con cuernos rojos, Demonio Negro fue el compinche técnico del Rey Plateado, conocido como el Príncipe de Oro. Durante años fueron el dúo imparable de la lucha libre, el terror de los malvados, el martillo de los injustos en el ring. Su caída al bando de los rudos fue tan súbita como encolerizante, al cambiar de bandera durante un duelo contra la pareja ruda de Espectro Azul y El Dóberman, con lo que el Rey quedó tres a uno. La traición aún punzaba en el corazón del público, e insultaba con la certeza de una venganza próxima.

Entonces, los insultos se transformaron en sublimes aplausos. El Rey Plateado entraba en aquella escena abarrotada. Su paso era lento, con la seguridad del campeón, mientras el público enloquecía por su mera presencia. A la par de los vítores, se desplegaron los usuales comentarios de la multitud. Eso era costumbre en las luchas del Rey: había tan poco de su origen que dejaba demasiado a la imaginación. Había quienes aseguraban que el Rey era un soldado caído en la guerra contra las drogas, resucitado para defender el bien en el cuadrilátero; otros decían que por su pose, capa y corona que portaba siempre al entrar al ring, tal vez era el hijo de un antiguo linaje, llegado a México de alguna de las monarquías de tiempos antaños; algunos más sostenían sinceramente que aquello no era un hombre, sino uno de los mensajeros del Señor en persona, destinado a enseñar las virtudes en el cuadrilátero y hacer el bien donde bien se pudiera…

Sea como fuere, siempre había una última interrogante, la que mantenía todas las demás, ¿qué había detrás de la máscara? Las mujeres fantaseaban, los hombres envidiaban las posibilidades, ¿Cómo era el rostro tras la plata? ¿Tenía barba, mirada dura, rostro cuadrado, semblante seductor? ¿Qué faz acariciaba el fondo de esa funda?

Rey Plateado y Demonio Negro se miraron en medio del ring, apenas el primero tocó la lona. Ahí estaban, dos titanes, listos para crear un mundo, el universo de la lucha libre.

Poco después, la pelea inició.

Demonio Negro trató de tomar la ventaja con un dropkick, que el Rey esquivó. El enmascarado plateado respondió de inmediato con unos golpes al pecho del Demonio y un tirabuzón. El Ángel Caído – como también se apodaba a Demonio Negro – logró escapar de tal combinación, en parte por un piquete de ojos que el árbitro no infraccionó por algún motivo, lo que le llevó su salva de insultos de parte del auditorio completo.

La lucha pronto descendió a los alrededores del cuadrilátero, donde Demonio perdió la mínima sutileza por esconder sus trampas en búsqueda de la victoria. Rey Plateado mantuvo a pesar de esto su magnanimidad, y regresó al cuadrilátero con Demonio tomado de la máscara.

El encuentro pareció que terminaría pronto en su favor, pero el conteo al Ángel Caído sólo llegó a dos.

Luego, sucedió lo inimaginado. Demonio logró escabullirse tras el Rey, le torció un brazo y comenzó a desanudar la funda plateada de su cabeza.

El público casi tuvo un infarto masivo. Los gritos bordearon la histeria. No podían, no querían creer que estuvieran contemplando el final. El Rey, el de las mil victorias, el Regente del Corazón Mexicano, el Monarca del Cuadrilátero, aquel que había rechazado todos quienes quisieron su identidad con sólidos conteos a tres, ahora estaba ahí, tratando de liberarse de la llave de su excompañero, su antiguo amigo, quien no claudicaba en desamarrar los cordones de su esencia, de su estatus como soberano de la lucha libre. Los compadres insultaban, las comadres gritaban, los güercos querían subirse al ring a ofrecer sus frágiles cuerpos al servicio del rescate de su héroe.

Pero una vez más, los aplausos ahogaron las mentadas de madre. El Rey Plateado, con un ejercicio de contorsionismo, logró tomar con su mano libre la nuca del Demonio, a quien mandó a la lona frente suyo.

La totalidad del Auditorio Municipal saltó de sus asientos, presa del instinto de la emoción.

El Monarca se erigió en el centro de aquella euforia, invencido, inconquistado. La hidra de voces se unificó en la proclama: “¡Rey! ¡Rey! ¡Rey!”

Como rejuvenecido por los vítores, el Rey Plateado descendió sobre su rival. Le asestó golpes en el pecho y rostro, lo azotó una y otra vez contra las cuerdas, le aplicó una llave de Cangrejo y después lo cargó en su espalda y le aplicó la Reinera, uno de los movimientos insignia del enmascarado. Los asistentes ya rara vez tocaban sus asientos. Las sonrisas y loas predominaban.

De pronto, el Rey comenzó a escalar una de las esquinas del cuadrilátero, aprovechando que Demonio seguía recuperándose de tan tremenda tunda. Se estuvo enhiesto en la unión de las cuerdas, y puso los brazos en cruz.

El público estalló: era el momento, tenía que ser: era “La Divina”, la caída original del Rey, en que daba una voltereta hacia delante para que sus pies azotaran en el pecho del adversario. Debido a su dificultad, rara vez era perpetrado por el Monarca, pero cuando lo hacía, se consideraba el fin de la pelea, una victoria más para el enmascarado.

Demonio seguía recuperándose. El público volvió a levantar su proclama, como animando un verdugo a contemplar su trabajo: “¡Rey! ¡Rey! ¡Rey!” Los clamores surtieron efecto. El Rey Plateado sonrió, tomó aire y se abalanzó sobre su oponente.

La Divina salió a la perfección, con ambas plantas de los pies del monarca golpeando de lleno el pecho del Demonio.

Pero un pequeñísimo error fue el que desató la tragedia: en su prisa por recuperarse y ganar la pelea, el Rey no reaseguró su máscara, y la misma salió volando durante la voltereta.

El interior del auditorio enmudeció con milimétrica sincronía. Su rostro, el rostro del Rey era rechoncho, casi circular, y de facciones tímidas, finas, casi andróginas, que transmitirían inocencia en cualquier otro cuerpo, con una cabellera negra corta y un tono de piel ligeramente más claro al resto del cuerpo para completar la imagen. Parecía que hubieran puesto la cara de un niño o un adolescente en el cuerpo de un adulto. Debido al silencio, el Rey no pudo evitar mirar a su alrededor mientras buscaba su máscara, de forma que todas las gradas pudieron verlo. Casi pudo escucharse cómo se rompían los pensamientos y fantasías de los asistentes. No había barba, ni una mirada dura, ni un rostro viril, apuesto y cuadrado.

Sólo aquel rostro.

Su rostro.

Con una infancia que, parecía, nunca se dejó atrás.

Pasaron unos tortuosos segundos. El Rey Plateado localizó por fin la máscara perdida, como una fiera la levantó y aprisionó su rostro en ella, a lo que levantó nuevamente la vista del público, buscando alguna restauración de su imagen, su reputación. Para este punto, Demonio Negro también ya se había recuperado de La Divina, pero Rey Plateado de inmediato lo cargó y envió de nueva cuenta a la lona, donde el técnico ganó por conteo limpio, cosa que recibió poca, muy poca resistencia del Ángel Caído, como si quisiera que todo acabara de una vez. Dicha sensación se volvió más notoria cuando el Rey – saltándose el protocolo usual – inmediatamente desenmascaró al Diablo Negro, y se dedicó a recorrer el cuadrilátero, enseñando con desesperación el trofeo.

“Y el ganador de esta emocionante lucha máscara contra máscara es el único, el Monarca del Cuadrilátero, el de las mil victorias, ¡el Reey Plateaadoo!” dijo el presentador, quien se apresuró a entrar al ring y sostener la mano del campeón, uniéndose a la prisa por terminar la noche.

Los brazos del Rey cayeron al ver que, a pesar de la victoria y de desenmascarar a su viejo oponente, en el público sólo encontró rostros incrédulos y aplausos por costumbre, más que por emoción.

Esa fue la última pelea del Rey Plateado, la gran pelea del Rey Plateado. Unos días después, el luchador anunció su renuncia del cuadrilátero. Nunca se supo más de él, ni siquiera cómo se llamaba, quién era, de dónde venía.

Y al día de hoy, el trono que creó en la lucha libre mexicana no ha sido ocupado por nadie.

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