Noviembre tuvo un monstruo

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El otro día, por motivos casi obligatorios, tuve una sesión con el psicólogo. Le hablé de mi romántico temor por la muerte y por la preocupación de ver a todos mis amigos casarse antes de cumplir 35.

Es normal, repetía con tono académico. Entonces, le volví a reclamar una respuesta. No es el único de mis temores, la otra noche vi una película de David Lynch y me aterró demasiado la incertidumbre que me nació. Pensaba en buscar respuestas a dudas o trivialidades que antes no me quitaban el hambre ni el sueño.

Es normal, repetía en tono condescendiente. Luego, hablamos del Hombre Elefante, qué otra película le pudiera gustar a un psicólogo. Yo le respondí: el mío es miedo de verdad, fue con una escena de Inland Empire, es más, fueron los primeros cinco minutos.

Es normal, terminó de nuevo antes de mandarme al diablo.

Ya no me gustan las drogas, deduje en el camino a casa. Si usarlas no incluyera el eterno bajón, pues ahí seguiría pero no tengo tiempo de reanimarme con pastillas que ni siquiera quiero probar desde un inicio. La mota me da alergia. ¿Con qué tipo de doctor puedo indagar sobre las sustancias de mi preferencia?

Todo comenzó cuando conocí a Penélope Gaucín. Era un ciclo de cine de Win Wenders. Comenzó con Paris, Texas y terminó con Mi Amigo Americano. Había decidido invitarla después de las Alas del Deseo pero nunca más volví a verla. Recuerdo que era hermosa, bueno, usaba botas grandes y era de piernas cortas. Blanca y callada como Audrey Hepburn.

Los dos íbamos a solas a ver las películas. Me enamoré cuando dijo que odiaba a los Sex Pistols y que el punk británico era la mierda más grande que el mundo se había comido. A mí me gusta The Damned pero fue la seguridad de sus palabras lo que logró encantarme.

Miento. A lo mejor me enamoré de ella cuando la escuché hablar de Zach Hill y no de Death Grips como si fueran una sola persona.

Mierda. Creo también haberla escuchado platicar sobre The Locust y luego llevar la conversación hacia un fumadero de piedra allá en una zona fresa de Torreón. Dijo: hacen fiestas. Son fiestas de sexo y focos. Escuché gran parte de la plática porque estaba justo detrás de ella y pues también proyecta una gran voz. Orgías con Brandy y crack, recalcó. Es algo muy chistoso.

Cuando me recetaron ansiolíticos sólo podía ligar con niñas menores que yo. Por eso me aburrí y busqué un pasaje directo hacia el infierno. Penélope Gaucín no sólo promete eso, ella conduce el pinche tren. Si al menos supiera dónde hallarla.

Compré el disco que me faltaba de NOFX, Pump up the valuum, y creí haberla visto subir por la escalera eléctrica. No supe cómo llamar su atención por lo que empecé a seguirla. Ella se dio cuenta de inmediato. Platicamos diez minutos sobre películas y luego me pidió prestado el disco. Me hizo quitarle el plástico y todo.

En nuestro tercer encuentro me obligó a fumar mota. No dejé de estornudar. Tenía los ojos rojos no sólo por los efectos sino por las consecuencias de vivir en Torreón. Lo tuve bien claro, aquí no puedes ser gótico por el calor ni tampoco puedes evitar el miedo de desarrollar algún tipo de cáncer. Lo mío, por el momento, era la insoportable sinusitis. Y a Penélope le causaba mucha gracia verme tripear y al mismo tiempo llorar. Nunca me regresó el disco, pero me quedé con el plástico.

Estábamos en una de las fiestas y ella ordenó: roba todo lo que puedas y trata de no drogarte mucho porque luego no robas bien. Mientras, ella estaría esperando en el auto con un pie en el acelerador.

No me daba miedo realizar cualquiera de estos actos, mi generación es demasiado aburrida. Por eso había traído una bolsa negra de basura escondida en el pantalón.

Primero me fui con una viejita llena de joyas y cosas brillantes en las manos. No vestía más que eso. Nada de ropa o vestidos. Sólo su mierda cara. Sanaba el momento pensando en Penélope Gaucín y en lo que me gustaba romper las reglas. Que se chingue la policía.

Con la ancianita del status indiscutible tuve. Robé demasiado que fuimos obligados a vender la merca en Durango y Saltillo. Los joyeros de aquí son chismosos. Siempre tratan de estar en deuda con alguien más. Con el dinero, compramos discos y vinilos porque a Penélope ya le gustaba ser una coleccionista y no una ladrona.

Habían pasado tres años después del atraco. Penélope se recargó en mis piernas mientras armaba un churro de mota. A lo lejos sonaba Misfits. Estábamos en el balcón de nuestro departamento y llovía de una manera tan tierna que ni la mota nos distrajo del agua que vacilaba el cielo. La música terminó y nos encueramos dentro de la cama. Puse la mano entre sus piernas.

A veces era demasiado aburrido sentir que no existíamos. Las calles se alejaron de nosotros como si hubieran sido parte del pasado. Penélope Gaucín veía la banqueta con ganas de salir a robar y cometer una diversidad de hurtos menores. Volver a vivir. La cotidianeidad nos mató. A ella más que a mí.

Una tarde, le dije: Voy a salir por cosas para preparar una salsa. Ella respondió desde su asiento que sí pero no me volteó a ver. Sólo movió una mano entre el aire y se alegró de verme partir. Era una salsa para su cumpleaños.

Caminé más de media hora. La tienda estaba del otro lado pero seguí derecho pensando que encontraría chiles con mejor calidad. Pasé la oficina del psicólogo. Le enseñé el dedo de en medio mientras lo vi asomarse por la ventana. Él respondió igual. Seguí de largo por otras tiendas. Ninguna mantenía los chiles con la calidad que a Penélope le gustaba. Crucé la casa de mis padres aunque ya no existían. Entré a la tienda de discos y ordené el Pump up the valuum, otra vez. Salí y luego fui hasta el otro lado de la calle. La salsa ya no era parte del plan. Seguí avanzando con una idea casi inexistente de volver. Seguro Penélope sería muy feliz sin mí. Era su cumpleaños y estaba punto de regresarle la libertad otra vez.

Me sentía bien. Tener a Penélope cerca me curó de la depresión pero ella terminó por acapararla toda. La música ya sonaba distinto a antes de haberla conocido. Nuestra separación era el nuevo track. Seguí adelante sin mirar atrás.
Es normal, me dije a mí mismo en tono irreconocible.

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