Todos los jóvenes punks

0
473

Valeria puso las maletas bajo el marco de la puerta. Joel la observó desde la cocina mientras llenaba una taza con té verde. El estéreo atestiguaba en silencio.

Pidió perdón durante cinco minutos, el tiempo que duró la infusión. Valeria ignoró toda palabra hasta que Joel decidió cambiar de sintonía. Tiró el líquido aún caliente por el lavamanos y descubrió de la alacena una botella de Jim Beam.

—Mínimo acompáñame con una copa —dijo frente a ella.
Valeria comenzó a guardar sus discos en una mochila sin prestarle atención.
—¿Dónde quedaron mis punk o’ ramas? —preguntó con enfado.
—A lo mejor se fueron en tu última mudanza.
—Hace un año sólo me llevé las películas, todos mis discos recopilatorios se quedaron aquí, son algo que no tengo miedo perder, aunque no dejan de ser míos.
—Todos son malos —afirmó mientras rellenaba el vaso de whiskey—, aunque el número 8 estuvo bueno.
—No dejan de ser míos —respondió de manera tajante para no seguir con la discusión.
—Era el que traía la rola Bath of last resistance, de Nofx —dijo imitando la posición de un mono cuidando no derramar algo del vaso.
Valeria trató de reír pero la intención se apagó en un segundo.
—Tal vez esta sea la última estupidez que te oiga decir.
—No lo es, es verdad, hasta el track de Bad Religion me gustó, sabes que nunca me agradaron.
—Los odiaste cuando descubriste que eran unos “académicos adaptados” —Valeria lo miró de reojo.
Joel vestía unas pantuflas y una pantalonera que compró en la tienda de moda, pero que terminó usando de pijama por vergüenza.
—Ya puede ser tu banda favorita de nuevo, dame los discos, ya tengo que irme, no bebas mucho, mañana tienes revisión.
La bandeja del estéreo rechinó, nadie recordó la última vez que la usaron.
—En la caja del 8 hallé el 7, ah no, es un demo de los Margaritos, ¿cuánto crees que cueste ahora?
—Me vale, tengo que irme, esto pasó la última vez, dame los discos, sé que los tienes.
—Están por todos lados, tenías la costumbre de meterte al baño a cagar con ellos a leer los libritos y nunca los ponías en su lugar.
Valeria dejó de moverse, imaginó que nadie había notado esa manía suya.
—Siempre iba tras de ti buscando cuál era cuál.
—Lo mejor será irme ahora, luego paso por ellos, mientras puedes rastrear mis pasos mientras no estoy.
Joel odiaba la sutil crueldad en sus comentarios, pero lo dejó pasar mediante un trago. Ahora sonaba The Bouncing Souls. La mirada de Valeria se volvió a perder en el vacío.
—Culpo al dance punk —afirmó él.
—¿Qué tiene que ver? —dijo ella.
—La manera en la que cambió la escena, todo era sencillo y desafinado, rápido y apasionado, ahora todo está demasiado producido, como si la música estuviera hecha para ganar premios.
—Ya es tarde para tus rollos existencialistas, Joel, guarda este enojo para el aula.
—¿Recuerdas la carta que te escribí? —reviró dejando la botella sobre la mesa de vidrio.
—Estaba en una caja con los fanzines pero esa te la puedes quedar, por ahora no puedo dar espacio a las memorias.
El adiós tomó demasiado tiempo. Apenas iba a ser la medianoche y Valeria aún no abandonaba el departamento. Los punk o’ ramas estaban escondidos en el clóset junto a los zapatos. Ahora sonaban los Get Up Kids.
—No puedes obligarme a que me quede —añadió Valeria mientras vertía algo de whiskey en el vaso—, pásame unos hielos.
Pump up to the valuum —dijo Joel al aire—, con este disco decidí hablarte cuando teníamos dieciséis.
Valeria dejó escapar una sonrisa. El vecino tocó la pared debido al volumen alto.
—Lo hiciste porque lo compré el día que tú lo querías, habías ahorrado por semanas.
—Sólo pedías algo y te lo daban, yo tuve que buscar un trabajo y luego estudiar y ahora mi trabajo es hacer que otros estudien.
—Ya puedes comprar todos los discos que quieras, es más, te regalo los punk o’ ramas, recuérdame con ellos, la verdad que sí son algo malos, no hay curaduría real.
—¿Te escuchas? —cuestionó Joel al sentarse en el sillón—, esa palabra no existía hace unos años, puedes callarte por favor.
Joel rellenó el vaso de Valeria aunque no estuviera cerca de terminarse.
—No puedo creerlo de ti, siempre denigrándote al más bajo nivel. Sólo es mi opinión, quédate en lo que conocimos como punk, te veo en veinte años cuando estemos arriba y tú sigas rascando la mugre.
Los toquidos del vecino en la pared comenzaron a ser más frecuentes.
—¡Cállate! —gritaron ambos.
—Se acabó el whiskey —reclamó Valeria.
Joel caminó hacia el cuarto que ambos usaron como estudio y de su escritorio sacó una botella de ron a medio terminar.
—¡Trae todo lo que tengas, vamos a celebrar! —gritó Valeria desde la sala.
Junto al ron, Joel encontró una botella de tequila, decidió llevarla ante ella. Al quedar descubierto el cajón, halló uno de los primeros números de Punkroutine, el fanzine. También lo llevó.
—Me gusta el cuento de las personas que no saben cómo limpiarse la cola luego de cagar —dijo Valeria cuando eligió empezar por el tequila—, de esto justamente hablan las mujeres en el baño.
Juntos lo siguieron hojeando hasta que entre una de las páginas cayó una fotografía. Era Joel arriba del escenario enfrentándose a un contingente vegano. El gremio hardcore que proliferó durante parte de la década pasada. En las bocinas resonaba Hot Water Music.
—No pudieron alcanzarte —recordó Valeria entre risas.
—Corrieron tras de mí como toros en Pamplona. No debí cambiar por sushi de verdad el que cocinaron con soya.
—¿Te acuerdas cuando entre el hardcore surgió el cristianismo y todos eran straight edge? —preguntó ella con el vaso sobre los labios.
Ambos volvieron a reír mientras las maletas seguían al borde del pasillo. El vecino dejó de golpear la pared a las dos de la mañana.
—Un tiempo intenté ser vegana —confesó Valeria mientras vertía algo de Coca-cola sobre el ron—, pero en realidad no sé por qué lo hice, creo que nunca he sido feliz.
La música era fuerte, la distorsión envolvió la habitación. Había gritos y guitarrazos de distintas épocas saltando de un lado a otro a través de los tracks. Joel se atrevió a poner Refused. El vecino despertó.
—Baila, baila conmigo mi amor —pidió a Valeria.
Pero ella no hizo caso. El tequila lo confundió.
—El piso se mueve más rápido que mis pies —volvió decir.
Pero ella siguió ignorando.
—Nunca he sido feliz —dijo entre los gritos de los coros y los golpes del vecino.
Joel volvió a sentarse a su lado y comenzó a masajearle los pies, confundido.
—Ningún vegano es feliz.
—Ese no es el punto, nunca pones atención. Aquí ya no hay felicidad. No es la carne, ni la música, ni las drogas o el alcohol.
—Soy tú —exclamó Joel con cigarrillo roto pegado a los labios.
—No, ¡yo soy tú! —respondió Vale con un disco de Boom Boom Kid entre manos.
—Tío, joder, ese hombre se piró —habló él imitando un falso acento argentino.
El vecino se golpeó el dedo pequeño con la pata de la tarima mientras buscaba el interruptor de la luz.
—Déjame ser parte de esa locura —clamó Valeria para sí misma mientras la canción comenzaba.
—Si pudieras elegir un país en donde vivir, ¿cuál sería? —cuestionó Joel fumando un cigarro apagado.
—Ya lo he pensado, pero ¿en dónde era donde hay tres conchas en lugar de papel de baño?
Joel escupió el ron o whiskey hacia la mesa con los discos regados.
—Creo que era Canadá —respondió distraído mientras escuchaba unos pasos.
—Cierra la puerta, ahí viene de nuevo —dijo Valeria sin inmutarse.

El ruido de unos zapatos comenzó a indagar en la conversación desde el pasillo. Era otro de los vecinos.
—¿Valeria se va de nuevo? —preguntó con la puerta abierta.
—Claro —respondió Joel llenando el vaso sin fijarse en la botella.
—¡Qué te vaya bien, saludos!
—¡Saludos, saludos! —respondieron ambos desde el fondo.
Y el hombre siguió su curso. El reloj daba las tres de la mañana. Vale cogió otro número de Punkroutine y se dirigió a poner las nalgas sobre el escusado.
—No tardaré mucho.
Clamó en un tono similar a “buenas noches” Además de la música, nació entre ellos el silencio.
Joel no logró escuchar las pisadas, el vecino pateó las maletas y entró por la puerta sin zapatos. Con la mirada furiosa registró cada habitación hasta que halló al inquilino con los pies sobre una mesa, la cual le pertenecía.
—He decidido que voy a matarlos —afirmó con lúgubre seriedad.
La amenaza fue acompañada con dos segundos de silencio y el ruido de la charola de discos cambiar en el estéreo.
—Valeria está en el baño, no tarda, puedes sentarte conmigo —resolvió Joel a la par que cerraba los ojos en sintonía con algo de Standstill.
El hombre caminó arrastrando dos viejos calcetines y se abalanzó sobre él colocando ambas manos sobre su cuello, en inerte estado de alerta.
La canción siguió por cinco minutos.
Valeria dictaminó cómo limpiarse y colocó el fanzine debajo del lavamanos, ahí encontró otra botella de ron y sonrió, luego abrió la puerta.
—Está bien, Joel, tú ganas, he decidido quedarme.

 

Fotografía de Página Siete de Vanguardia.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here