Sábado de cuentos: La evolución Política

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La cortina en la sala ya no servía, tampoco la palanca del inodoro ni la perilla del agua caliente en la regadera. La cocina tenía un tinte café verdoso incómodo encima de la estufa y el refrigerador chirriaba al abrirse, cosa que, para sorpresa, no hacía la puerta del patio. Su cuarto, dos por dos metros de absolutamente nada más que un colchón en el suelo y un póster de la película francesa L’aveu pegado en la pared, se iluminó con el brillo natural de las siete catorce de la mañana, con él un hombre sale de pronto de la oscuridad, con los ojos rojos de tanta mariguana y con las uñas amarillas de tanto tabaco y con la panza hinchada de tanta cerveza y tanta comida.
No hubo refugio para el malestar más que unas pastillas empotradas en el espejo del baño, cuatro fueron las suficientes para conmover la necesidad de alivio y al mismo tiempo la curiosidad de saber si con cuatro basta para considerarlo exceso y morir intoxicado. Arrastró los zapatos de sastre hacia la sala que lo recibió todavía con más brillo. El hombre se vistió los ojos con la manga de su saco elegante y luego gritó un vete a la verga sol, y un no vengas con tus mamadas ahorita. La locura retumbó en las paredes como si quisieran caerse.
—¿No es culpa del sol sabes? —dijo otro hombre que de pronto se había posado en el marco de la cocina—, es culpa tuya —insistió—, de tus decisiones —en la cabeza cruda le sonaron las vísceras quemándole por dentro, quemándole de odio, de amargura, de decepción y de tristeza, pero el primer hombre, el que llevaba una corbata negra, de seda y desajustada, sólo le dio una mirada sombría y terca y luego se encaminó al sillón de la sala. El libro de El Gesticulador de Usigli estaba arrumbado en los límites del asiento, junto con una lámpara que solía ser verde.
—Toda esta, mierda, aquí, toda esta, qué será, ¿infortunia?, tú te la ganaste, por hijo de tu pinche madre, dijo aquel que del marco de la cocina viajó tranquilo a unos metros del sillón.
El hombre del saco lo ignoraba mientras buscaba algo, metió la mano a las orillas de los sillones y con alegría encontró un porro medio usado de mariguana, continuó la búsqueda por las grietas hasta que se halló su encendedor de plata, con él encendió y fumó, esparciendo el humo por el techo
—¿Esa era tu palabra favorita para referirte a los pobres no?¿”Vamos a arreglar toda esta infortunia en las calles”? Es infortunio, pendejo, pero nadie, nadie te quiso corregir nunca —le incitó, apuntándole con el índice— ¡Pues no, cabrón!, nadie me corrigió nunca porque yo era el puto rey del mundo —se exaltó finalmente, y por ello le vibró el dolor de cabeza al ofendido y frunció los párpados por el dolor
—¡Ja!, no mames, el rey del mundo, fuiste presidente por seis meses hijo de tu madre y fuiste un baboso, un asesino y un chingo de corrupto. Ahora mírate, hombre, vestido de traje y pedo y crudo, pretendiendo todavía tener el dineral que tenías.
—¿Que tenía? Todavía lo tengo.
El otro ya no contestó, él iba vestido de zapatillas tenis, de un pantalón de mezclilla y de una playera combinada blanquinegra con el logo de los cuervos de Baltimore. Tenía cabello a diferencia del de traje pero llevaba una cachucha de los nets de Brooklyn. En el dedo anular llevaba su anillo de casado y lo acariciaba con el dedo pulgar, como presumiéndoselo al del sillón. Así siguió, girando y girando el oro enroscado en su dedo, pronto el ruido del roce con el metal se adhirió a las paredes y caminó luego por el techo hasta acariciarle los lóbulos de la oreja al ex presidente, éste cerró los ojos para recordar el gesto de cariño de su esposa.
¡Ya! Lárgate, vete de aquí pendejo, ¡vete de aquí! —el político se puso de pie y caminó hacia la pared de enfrente donde estaba su contrincante—, ¡vete de aquí, hijo de puta! —un puñetazo se incrustó en la nada del vacío de su mente.
Las cortinas se revolvieron con el aire tibio de la mañana y el rayo incesante del sol peregrinó del sillón a la alfombra y de la alfombra a la sangre del ex presidente que goteaba de sus dedos —¡Vete de aquí!—, le insistió a la sátira de su vida y le insistió también a la pared que otra vez tuvo que apuñalar con los nudillos  —Vete de aquí— dijo, una quinta vez, más bajo y sin aliento. Se arrodilló vencido por sí mismo y la cordura doblegó una vez más sus últimos resquicios de voluntad.
—¿Sabes que no me puedo ir, señor presidente?¿sabes que estoy aquí por ti? —Ríe, muy fuerte y testarudo y corriente—, estoy porque no existo, hijo de puta, y estoy porque aunque tú sí deberías existir, no existes, pendejísimo —ríe, otra vez, apuntándolo, y con la nariz al techo, ríe hasta que sus sonoras lanzas de miseria se le atoran en las circunvoluciones al político y le martillan el cráneo, que provoca un sismo hasta el vientre, hasta la entrepierna, y hasta las plantas de los pies. Está destruido, y por eso se tapa el rostro con las palmas y pronto provoca que las lágrimas le arruguen las puntas de los dedos.
—Qué quieres, perra madre, qué quieres de mí, hice lo que pude para ser como tú, quise ganarme lo suficiente, para irnos, Martina, Arturo y Josefita. Ay, Josefita, mijita, te defraudé ¿no es así?, me rendí y… ¡Quise ser como tú, cabrón! Realmente quise, era cosa de juntar lo suficiente y de, de, de vivir felices, lejos de aquí, de esta gente podrida —su imaginación no hace más que observarle con lástima, le analiza, le blasfema con los ojos, le rechaza. Entonces, con sus tenis relucientes, se mueve a la cocina y entra en ella con quietud, abre la tapa del horno y estira la mano hasta hallarse la botella de cuatro litros con mezcal. Ten, le dice, ten, ahógate en esto. Y entonces el ex político toma la botella y se la empina. Bebe hasta que las venas se le hacen de vidrio y la sangre mezcal, por eso el corazón empezó a palpitar mezcal y el cerebro nadaba en mezcal cefalorraquídeo. El cabello le empezó a sudar mezcal y cuando fue al baño orinó mezcal, y sangre, entonces escupió y era mezcal, y sangre. A las cinco de la tarde su locura olió a cantina y las ocho horas que presenciamos, las últimas de su vida, le sirvieron para terminar desparramado en la sala, casi desvanecido. Apenas, como si tuviera cataratas, alcanzó a verse a sí mismo, vestido de un padre común, escribiendo en la pared con toda la sangre que había invertido para su muerte. Justo antes de fallecer, el ex presidente que se refugió en Francisco I. Madero antes de que lo matara por conveniencia su propio partido, escribió en carmesí: Perdóname, México, perdónenme todos.

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