La visita

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Víctor dejó la fiesta poco antes de las doce de la noche. No estaba cansado, ni demasiado borracho, pero algo le molestaba. Un dolor mudo, por dentro, en el lado izquierdo del tórax. Como médico sabía que no tenía por qué preocuparse; sólo quería volver a casa, acostarse. Pero lo más urgente era que no tenía batería en el teléfono, y aquella noche recibiría un mensaje importante. Ana, su esposa, no le preocupaba. Tras quince años juntos ella había aprendido a no esperarlo nunca.

    Al llegar a su casa, se quedó de pie frente a la puerta. Llovía. Llovía como llueve en los desiertos: con un ritmo y un pulso agresivo, como si las gotas entendieran que forman parte de una farsa. Víctor dejó que la farsa lo empapara antes de girar la llave. Al entrar, sobre la mesa de la sala, encontró un regalo. Tomó la caja envuelta en papel rojo y leyó: amitié sincère, querido. Víctor sonrió mientras se deshacía el nudo de la corbata. El mensaje que esperaba, la razón para dejar la fiesta temprano, era que Manú lo visitaba y quería ir por él al aeropuerto. Pero, como siempre, se le había adelantado. Se habían conocido en los días del posgrado en Francia, cuando ambos eran jóvenes y sus cuerpos y sus corazones aún eran capaces de acciones fuertes. La raíz de aquellos años aún germinaba en él y creía que podía seguir, como si fuera un hilo, todas las cosas importantes que habían sucedido en su vida, de vuelta hasta su primer encuentro. Manú era, no sólo su mejor amigo, sino, quizás, la única persona de la que se había enamorado. Todos los años con Ana no le habían servido sino para alimentar esa idea.

    Subió las escaleras. Quería verlo. Fue al cuarto que había habilitado para sus visitas, pero no había nadie allí. El pasillo olía a whisky. Entonces escuchó un ruido rítmico que venía del extremo contrario, del cuarto que compartía con su esposa. Tomó el revolver que guardaba en el escritorio del estudio y abrió la puerta, despacio. Dentro, a través del reflejo de un espejo, pudo verlos: Ágape y Eros deshaciéndose el uno sobre el otro, chillando, como animales, como cerdos. Víctor cargó la pistola. Preparó el disparo. Volvió a cerrar la puerta. Fue al cuarto contiguo.

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