Cómplices del mar

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Afuera, el mar se tendía sobre sí mismo como una arruga nueva sobre el rostro herrumbroso de un anciano. Se respiraba a ratos fragmentos de silencio. La luna se extendía, ancha, despatarrando su aliento de luz. La playa estaba, pues, a merced de cualquier beso.

Adentró, Pedro tamborileaba el ansia. Despeñaba su miedo como para desasirse del miedo de los otros.

Si la tristeza y la ventana lloviznada por la brisa no fueran un pretexto para amarla. Si su sexo de presagio y el mar soberbio no fueran un pretexto…

Tomó el arma, destellante e ingenua, nueva.

Cuánta estulticia derramada en el lomo quebradizo de la vida. Cuánta bala desfilando desnuda ante la mirada erotizada de los necesitados de muerte.

Los vieron en el muelle. Arnulfo, el tuerto, los había divisado: “Sólo a ella miré, pero era ella y es lo que importa… el hombre estaba de espaldas a mí… no pude reconocerlo”.

Pedro intentó golpear la puerta de la habitación de su cuñado, compartir el odio y la muerte que vomitaba su baba fría por la boca del revólver. Pensó un momento: su cuñado lo detendría, defendería a su hermana, lo dejaría solo frente al engaño porque no eran los mismos odios.

Salió de cabaña de un solo impulso, pero el aire tibio y la arena a sus pies lo hicieron más lento, dándole tiempo al odio para que se hamacara en su pecho, subiera lánguidamente a su cerebro y luego, con rapidez, le bajara hasta el sexo.

El mar le acosaba los pies desnudos, le clavaba sus diminutos dientes de sal y regresaba, divertido, sobre su carcajada de espuma.

Si por lo menos el ojo feroz del tuerto Arnulfo mintiera…

La luna cansada se sumergía en el agua. A lo lejos, las casas del puerto susurraban si canción de grillos. Pedro avanzaba, el odio también. El mar le daba una tregua y lo volvía a acosar, le arrojaba a la nariz su ventisca de mujer poblada de amor. Sentía su amor granulado por el proyectil pagano del destino.

El canto harapiento de dos ratas interrumpió el ritmo del mar y las cavilaciones de Pedro. Sintió entonces sus pies inermes.

Sintió la voz del miedo que lo animaba a temer, a volver, a arrastrar los pies y no llegar nunca y a olvidar la media palabra, la media mirada del tuerto Arnulfo y seguir así, untándole a su mujer, todos los días, siempre, su amor domesticado, pero seguro.

Ya la luna era un sol timorato y una estrella trasnochada y todavía pendía del cielo. Las olas amodorradas se acercaban silenciosas. Imaginó a su cuñado tirado en el catre de la cabaña: bronceado, macizo, desnudo. Su su cuñado le saliera al paso para decirle:

— ¡No los mates! ¡Regresa, hombre! No vale la pena, tienes tu barca y tu red y el mar, que es de todos.

Ya su odio era cansancio y el revólver una lengua seca y sin alma.

A lo lejos, dos siluetas pastando un mar amable. Pedro avanzando, lento, para no llegar, para no ver, para no morirse de miedo. Ella, la barbilla sobre las rodillas.

Jaló un poco de odio hacia los puños y lo cambió por media sonrisa al reconocer a su cuñado junto a su mujer. Algo iba a gritar para festejar su estupidez, la media mentira arrojada por el tuerto Arnulfo a su cerebro, cuando los labios de la mujer se untaron en el pecho del hombre y ambos se guarecieron a la sombre del deseo, sin ver al mar, sin ver a Pedro.

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