Templos vacíos

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Ángela, la maestra de Yoga, te dice que no te identifiques con tus pensamientos, inhala, exhala, plancha, chaturanga, siente tu cuerpo, conéctate con esas emociones ahí escondidas. Es tu primer mes en la Yoga, tu noveno en casa Tíbet meditando, estás dispuesta a volverte una persona espiritual y llena de plenitud, alcanzar la armonía y tocar esa alegría que diario se te escapa de tu alcance. Inhala, exhala, te vuelve a decir Ángela, te fuiste por un momento en tus pensamientos, tienes que regresar al aquí y al ahora, te ves las piernas mientras te doblas para hacer un saludo al sol, sientes que te ves fatal con los yogapans,  y vuelves a recordar que no te tienes que identificar con tu imagen, eres algo más, te esfuerzas por sentir tus emociones, inhala, perro hacia abajo, al fin puedes hacer conciencia de una emoción, la tristeza.

Recuerdas a Maru, tu amiga que tanto te presumió la meditación y la yoga, te dijo que ella y su esposo Juan Carlos se sienten súper felices todos los días cuando la practican en la mañana, son amables con la gente y se sienten relajados. Es a lo que tú vas a llegar, solo que ahí está la tristeza impidiéndotelo, ahora ves tus pies, tratas de sentir cada vez más fuerte la tristeza, se va volviendo en una angustia progresiva, tu pie derecho empieza a desaparecer, queda solo los huesos, te tomas un respiro para entender qué te está pasando en esa clase de yoga, seguro estás alucinando, tocas tu pie y solo tocas el esqueleto, volteas a tu alrededor y todas tus compañeras están haciendo las poses más extremas y nadie nota tu pedazo de pie desaparecido. Sigues con tu clase, Ángela te dice que le pierdas el miedo a las emociones, te ve con ternura cuando tienes el gesto desencajado. La angustia progresa y tu mano izquierda también empieza a desaparecer. Se acaba la clase, nadie nota tu pie y tu mano desaparecidos, pero no queda más que el hueso. Te recuerdas que al rato vas a ver a tu amiga Maru en Casa Tíbet, seguro ella te explica qué es lo que está pasando.

Llegas, te quitas las sandalias, ves que el hueso ya se te ve hasta la rodilla derecha, y tu codo izquierdo también, tu angustia progresivamente se está volviendo pánico, se suponía que iba a pasar todo lo contrario como en las fotos de Instagram, donde todos salen con sus malas colgados, que es como un rosario budista, siendo veganos solo para las redes, siendo felices, delgados, bronceados y con un brazo completamente tatuado.

Estás segura que la meditación va hacer que te relajes y que regresen tus extremidades completas junto con la armonía y la paz. Te sientas a esperar a que lleguen los demás, Lupita empieza a guiar la meditación, el cuenco tibetano se escucha. Cierras los ojos. Inhala, exhala, dice Lupita, siente tu cuerpo, ¿cómo te sientes el día de hoy? Vuelves al pánico, piensas que ya estás por desaparecer completamente, nunca imaginaste que fueras a morir por meditar, te resignas, evitas pensar, estás harta de ese miedo al vacío, y principalmente a la muerte. Le preguntas a tu espíritu,  ¿qué demonios le sucede para que te haga esto?, sientes cómo algo sale de tu cuerpo, indignado, cansado de ser rechazado, abres el ojo que te queda restante en el cráneo expuesto, ves tu reflejo en una sombra que te ve fijamente,  ̶ me has encontrado  ̶ te dijo molesto.  ̶ no tengo valor alguno, estoy vacio,   ̶ .

Una lágrima cae de tu ojo ya con cráneo expuesto. “Mierda” piensas, nunca imaginaste que llegarías a ser consciente que siempre rechazaste a tu espíritu, tus más íntimos anhelos, tus pasiones más escondidas y que llevaron a vaciar tu espíritu. Tu costilla derecha ya está expuesta, solo te queda una sola cosa por hacer, con el último latido de tu corazón le entregas todo tu amor a ese espíritu libre, tu corazón se detiene, la costilla izquierda ya está expuesta junto con todo tu esqueleto. Supiste en ese momento que debiste de empezar por entregarle todo tu amor, nunca lo debiste de haber rechazado. Ya era demasiado tarde. En el aula de meditación caen tus huesos en el cojín donde estabas sentada. Al final de la meditación, Lupita recoge los huesos y los echa en un baúl, lleno de esqueletos. El baúl tiene un letrero que dice “Templos vacíos”.

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