La beligerancia del amor… y también del teatro. Sobre Matamos lo que amamos de Jacobo Tafoya

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El escritor, dice Roland Barthes, también es un crítico, pues el acto de escritura en sí mismo ya es una apuesta subversiva. Esto es, quizás, el principal desafío del creador escénico Jacobo Tafoya en su obra Matamos lo que amamos, pieza teatral que se presentó recientemente en Plan B Estudio Teatro, en la ciudad de Torreón.

Desde hace casi un lustro Tafoya se abrió camino en las artes escénicas, y entre sus obsesiones destaca la indagación de lo que, a todas luces, constituye la afección humana más inefable: el amor. Las relaciones de pareja, la construcción social y simbólica del afecto, así como lo que da vida y muerte al mismo tiempo, son algunos de los temas que se articulan en los tres aguafuertes escénicos que dan vida a la obra.

Los cuadros, protagonizados por Victoria Vallejo y Gilberto Alanís en el primero, Mauricio Cisneros y Laura Urbina en el segundo, y César Zárate y Abigaíl Muñoz en el tercero, emulan la ruindad y la violencia del amor desde una brevedad que encapsula preguntas tales como: ¿dónde empieza y dónde termina el amor?, ¿cuál es la relación entre el amor filial y el de sangre?, ¿qué contradicciones e imaginarios subyacen a los ideales que atraviesan toda relación de pareja?

La hazaña de Tafoya no puede dejarnos indiferentes: su texto se introduce en la fuerza, casi siempre violenta y destructiva, que inviste y concreta al amor. “Matamos lo que amamos”, dice Rosario Castellanos, “lo demás no ha estado vivo nunca” es, tal vez, la gran paradoja que hace posible la conservación de la especie; es la oscura aporía que nos inclina al caos y al derroche de nuestras más irracionales pasiones.

¿No dijo Freud que el eros atraviesa todas las capas del sistema social, que el eros es el instinto que nos llama a fundirnos con el otro y, por lo tanto, a aniquilarnos, a renunciar a nosotros mismos? ¿Acaso no, como lo dijo Georges Bataille, el eros es ese lugar que nunca termina por saciarnos y en el cual depositamos nuestro deseo, pero también nuestra pulsión de muerte? Llevar el amor al límite es, paradójicamente, vivir. Es así como nos interpela el dramaturgo lagunero a partir de un interesante ejercicio intertextual con algunas zonas de la obra de la autora de Mujer que sabe latín, así como de Sor Juana Inés de la Cruz.

No obstante, el montaje, que se concibe arriesgado y crítico en el plano formal, por momentos termina opacado por la ausencia de profundidad psicológica en algunas de las interpretaciones, por la presencia de gesticulaciones nerviosas, por el lánguido desplazamiento corporal, por la levedad en la introspección y proyección actoral. Estas son algunas de las zonas que, sin duda, con un paciente y compenetrado trabajo de dirección e involucramiento generoso al interior de los miembros de la compañía Casa Vacía, darían lugar a una sinergia que proyectaría aún más la obra.

Lo anterior me hace reflexionar en lo importante que es debatir sobre el quehacer escénico en la región. Es una deuda que como sociedad tenemos frente a todas y todos los artistas que han hecho suyo el espacio público, como parte de un acto político de activación del tejido social y de interpelación de nuestra violenta realidad.

Decía el crítico uruguayo Ángel Rama que históricamente el creador latinoamericano difícilmente puede vivir de su trabajo y “cuando esto llega a ocurrir, generalmente es luego de cumplida toda una carrera”. Sus palabras bien podrían ilustrar por qué vivimos en una ciudad que constantemente atestigua el hecho de que sus artistas migren y, si regresan, no puedan proyectar, ni consagrar su carrera, si no es porque continúan procurando la red que construyeron en los polos culturales más importantes del país, como la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Xalapa o Puebla. Y es que para que se dé una verdadera profesionalización artística, y sobre todo teatral en Torreón, resulta indispensable una valoración del público, que a su vez se traduzca en retribución económica, así como en una formación artística rigurosa. Esto evitaría que las y los actores, directores y dramaturgos tengan que subsistir desempeñándose laboralmente en otros ámbitos, o que no sean lo suficientemente apreciados en su propia tierra. Sin embargo, el hecho de poder vivir del arte no significa que el creador no tenga que estar alerta a lo que sucede en los centros culturales. De lo contrario, como señalaba Ángel Rama, correríamos el riesgo de seguir siendo provincianos.

Con lo anterior sugiero deslizar sobre la mesa una interrogante que tiene que ver con el grado de compromiso que como sociedad hemos asumido para que las y los creadores laguneros verdaderamente se especialicen y vivan de su trabajo; hecho que atraviesa gobierno y sociedad. Por otra parte, valdría la pena preguntarnos si el teatro es mero divertimento, o también instancia de interpelación punzante de la realidad y, por ende,  un quehacer que demanda paciencia y sistematicidad.

Sin duda, la dramaturgia de Tafoya es un valioso aporte para la actual escena teatral lagunera; esperemos que sus textos se traduzcan en montajes aún más compenetrados y afines a la complejidad que escudriñan.

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