¿A poco no…? La Nueva escuela mexicana: ni nueva ni mexicana

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¿A poco no indigna que el engendro que sustituye a la reforma educativa de 2013, luego de que ya se dio la aprobación de las leyes secundarias de la contrarreforma, aleje aún más a México de la vanguardia en la enseñanza y lo condene a seguir siendo un país de eternos reprobados? Ese bodrio devuelve a los sindicatos el control de la carrera de los docentes, como lo hizo Luis Echeverría en 1973, que antepuso sus alianzas políticas a la necesidad de mejora del sistema educativo.

La denominada Nueva Escuela Mexicana ni es nueva ni es mexicana, porque recicla elementos de las dos anteriores reformas, de 2011 y 2017, y las presenta como propias, con la única diferencia de que cambia la palabra ‘calidad’ por  ‘excelencia’ educativa, además de que copia modelos de otros países, por lo que no se puede ni se debe presumir como ‘mexicana’. Peor aún: lejos de vislumbrar un avance, lo que se prevé es un retroceso, luego de que se eliminó la evaluación magisterial que conllevaba la salida de las aulas de los profesores reprobados.

Además, el SNTE y la CNTE, es decir, el sindicato y la coordinadora magisterial seguirán ‘mangonenando’ a las autoridades; vendiendo, rentando y heredando plazas; anteponiendo intereses político-partidistas y la cantidad de beneficios propios a la calidad o, acorde al nuevo concepto gubernamental, la excelencia educativa que, se supone, era el objetivo original de esos cambios, pero quedaron como la máxima del gatopardismo: cambiar para seguir igual.

Lectura recomendada: ¿A poco no…? El invaluable valor de la educación.

La nueva legislación degrada al Instituto Nacional de Evaluación de la Educación al nivel de Comisión, despojándolo de la autonomía que le daba credibilidad e independencia y ahora será una oficina dependiente del titular de la SEP, por lo que será juez y parte en la evaluación de la propia secretaría y de los profesores, quienes podrán seguir siendo incapaces e ineficientes, sin que, por ello, tengan que dejar el salón de clases para capacitarse y actualizarse.

Así, la Nueva Escuela Mexicana viene a ser -¡oh  paradoja!- proyecto político con implicaciones pedagógicas y no, como debería ser, un proyecto pedagógico con implicaciones políticas. Subordinar  lo educativo a lo político no es casual; es secuela del peñismo, tan repudiado -al menos de dientes para afuera- por AMLO, al politizar gran parte del sistema educativo y supeditarlo al gremio magisterial a cambio de apoyo electoral.

Por todo lo anterior, el activismo comprometido de la comunidad participativa será determinante para transformar el oscuro y desolador panorama de la educación reprobada por el luminoso y promisorio horizonte de la excelencia en el sistema de enseñanza, que va en sentido contrario de la Nueva Escuela Mexicana, que ni es nueva ni es mexicana. ¿A poco no…?

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