¿A poco no es cierto que, salvo muy honrosas excepciones, a la gran mayoría de los políticos mexicanos se le cuestiona por ineficiencia, corrupción e incapacidad? Pero, lejos de tener el valor cívico de reconocerlo, tienen el desplante cínico de endosarles sus errores y deficiencias a los demás, viendo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Abundan quienes protagonizan capítulos reprobables cuando hablan de transparencia, al tiempo que la evaden, o se pronuncian en contra de la corrupción, cuando han incurrido en ella directa o indirectamente.

Para el periodista Darío Ramírez, el cinismo es ‘ácido que corroe la política y recorre las arterias de la vida pública nacional’; para la Real Academia Española es “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. Así por ejemplo, el actual gobierno federal acusa a sus antecesores de tener sus empresas preferidas, adjudicándoles contratos sin licitación, pero en la 4T, 10 empresas acumularon ganancias por más de 16 mil millones de pesos en 2019, con 11 mil 139 contratos gubernamentales.

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Esto representa el 10% del total de los asignados por este gobierno, y de todos ellos, el 95% fue en forma directa, es decir, sin licitar. Indigna que no son pocos los políticos que han abusado de la desvergüenza para mentir, apostándole a la capacidad de olvido de la mayoría ciudadana, por lo que se debe recurrir a lo poco que queda de la memoria colectiva para que la amnesia no termine por sepultar la esperanza de divorciar al cinismo de la política.

La práctica del cinismo en la administración pública deshumaniza el sistema político y lleva a la pérdida de confianza hacia las instituciones de gobierno, como ha ocurrido en nuestro país, donde se debe cambiar el oscuro panorama de la cínica actitud del engaño y la simulación por el luminoso horizonte de la cívica honestidad que debe ser practicada por autoridades y sociedad, por lo que, de no romper ese nocivo paradigma, México seguirá siendo víctima de la ausencia de civismo y del exceso de cinismo en la clase política. ¿A poco no…?

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