Crónicas de un televidente: los canales de México y su capital

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Para quienes han pasado de vivir en una ciudad pequeña a una metrópolis – de la que nuestro mejor ejemplo es la Ciudad de México – o al menos visitarla por una semana, muchas son las palabras que pueden entrar al resumir la experiencia: desorden, mescolanza, gigantez, conflictividad, increíble, estrés, sobrepoblación, soledad, acelerado, impulsivo, diversidad, cultura, extremos, mundanidad.

Estos sentimientos  contradictorios han sido caldo de cultivo para cronistas a través de la historia, entre los que se incluyen el poeta Salvador Novo, Carlos Monsiváis y Luis Maldonado, nombrado “cronista de la Ciudad de México” en octubre de 2018.

A estas filas es a las que se une la obra Crónicas de un Televidente (2016), de Héctor Villarreal, quien toma el caos de la Ciudad de México, y hace lo que la crónica aspira como género: dejar que un lugar se cuente a sí mismo con sus propias palabras.

La ciudad en la que se centra el libro (aunque no es la única) vio nacer a Villarreal en 1975. Comunicólogo, politólogo y maestro en la Universidad Autónoma Metropolitana, es autor de Imaginarios musicales de la globalización: de la world music al psychodelic trance (2006) y El historiador y otros cuentos campiranos (2010), y sus artículos han aparecido en medios como Replicante, Milenio Semanal, Letras Libres, así como la edición española de Foreign Policy, en Madrid.

Crónicas de un Televidente, publicado Producciones Salario del Miedo y prologado por Roberta Garza, en parte, una recopilación de trabajos publicados anteriormente, junto con un par de trabajos inéditos. La obra, dividida en cuatro secciones: Chilangópolis, Creencias y supercherías, Raspando suela y sacando brillo a la hebilla y La corrupción somos todos, se dedica desde la primera página a tratar de diseccionar los vaivenes de la capital del país, que en ocasiones es ver en un espejo oscuro para el resto de la república. Todo es válido para las crónicas de Villarreal, desde la relación entre Xochimilco y la música de El Komander hasta el crecimiento del culto a la Santa Muerte en la zona metropolitana, que incluso ha encontrado fieles en la policía local.

El folklor y la extrañeza brotan de las páginas de Crónicas de un televidente con un estilo coloquial, aprovechándose por entero de las expresiones comunes de la capital para dar un relato informal, casi como una plática directa con el autor, lejos del lenguaje más premeditado que permite la escritura. Este estilo queda claro desde el primer párrafo de La ciudad de la esperanza – la primera crónica del libro -, un relato en tres partes en el que Villarreal declara como obertura:

Glorietas y camellones reducidos a lo mínimo, banquetas y plazas ocupadas por kioscos desmontables para venta de mercancía ilegal, puentes peatonales que casi nadie utiliza, automovilistas que excepcionalmente ceden el paso a los peatones, camioncitos de reparto de leche habilitados como el principal medio de transporte público, autobuses y trolebuses en contrasentido, vehículos de más de tres ejes que que transitan por calles céntricas a cualquier hora, millares de topes y baches, multitud de gigantescos anuncios publicitarios, postes y bardas atascados de propaganda de políticos que gustan de exhibir sus rostros, patrullas y policías por todos lados, y, sobre todo, un “tráfico” infernal. (p. 22)

Lectura recomendada: Los viernes de Lautaro: El lejano desierto de Jesús Gardea.

A pesar del lenguaje informal, las crónicas no carecen de datos duros, y en varios ejemplos, están escritas más con el aire de reportaje que de crónica, carente de personajes principales, y con una narrativa académica, más que periodística. Crónicas de un televidente es, más que un libro de frases filosóficas y pensamientos trascendentales, un retrato constante de una población, sus problemas, sus diversiones, sus contradicciones, desde los campeones de frontón de San Juan Ixtayopan hasta los lugares que frecuenta la población latina para disfrutar la noche de Madrid, España.

Aunque a veces el estilo narrativo es distante, relajado, eso no significa que las crónicas no tengan un argumento, y sobre todo, una preferencia. En la introducción del libro, Villarreal reconoce que la crónica es un género que da rienda suelta a la subjetividad del cronista, pero alega que “nada de las próximas páginas fue escrito para concientizar, informar, denunciar, o cualquier cosa edificante, sino como una forma de entretenimiento personal, como ver televisión”(p. 19), argumento que apoya Roberta Garza al declarar en el prólogo que “Afortunadamente, sus textos carecen tanto del optimismo forzado del escribidor [sic] oficioso como del moco y la lágrima del comprometido, retratándonos en su lugar lo visto y vivido desde la respetuosa imparcialidad del viajero o del explorador”.

Los clamores de neutralidad son útiles para quienes buscan evadir responsabilidad por sus intereses y opiniones, pero en la realidad, “neutralidad” significa ponerse calladamente del lado del vencedor, del poderoso.

La corrupción somos todos. El título en sí mismo – posiblemente una referencia al artículo de Jorge Camil publicado en La Jornada en el año 2008, que a su vez parodia al lema de campaña de José López Portillo -, da una idea del pensamiento de Villarreal, con una especie de condena moralista hacia toda la población por el estado actual del orden burgués mexicano, no muy alejado del grito del sacerdote que clama que todas las aflicciones de la humanidad vienen de su pecado original contra dios. Une vez entrado en el capítulo, el lector encuentra un recuento halagador de Martí Batres (un político burgués), actual presidente del Senado por el populista burgués Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), a quien sólo lanza la tímida crítica de que no explica cómo se realizarán sus propuestas de campaña, con qué dinero y cuánto.

En contraste con esto, Villarreal relata unas páginas antes los lujos que ostentaba (y aún ostenta) Elba Esther Gordillo, producto de su dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), mismos que ciertamente son un insulto para los maestros sindicalizados, pero que el autor utiliza para dejar escapar un dejo de antisindicalismo, difuminando la línea entre las bases sindicales y su dirigencia traidora, llegando en algún momento a nombrar a las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) como una de las causas del gordillismo (p. 114).

La tendencia del autor puede verse (y confirmarse) también en la crónica Stalintlán: peor que la realidad, en el que relata la historia de la unidad habitacional Francisco Villa, ubicada en El Molino, al sur de la capital, erigido por paracaidistas por del Frente Popular Francisco Villa (FPFV). Villarreal retrata primero las condiciones de pobreza y clientelismo político antes de referirse a Alejandro López Villanueva – uno de los líderes fundadores del movimiento -, quien ha declarado en repetidas ocasiones que el objetivo del Frente es “instaurar el socialismo” (p. 126), que se refuerza en la narrativa por las clases de marxismo-leninismo que presuntamente se realizan para los inquilinos de la unidad y los rostros de Marx, Engels, Lenin y otras figuras comunistas, mezcladas con Emiliano Zapata, los Flores Magón y, por supuesto, Villa (pp. 122 y 125), lo que resulta en la común asociación de socialismo con pobreza y decadencia. En realidad, aún una investigación superficial de marxismo es suficiente para oponerlo irreductiblemente al FPFV, un grupo de presión pequeñoburgués de afiliación perredista que nunca ha siquiera cruzado la mirada con un partido obrero, mucho menos uno socialista. Pero Villarreal les toma la palabra, y de eso tenemos Stalintlán: peor que la realidad.

Con lo anterior visto, los comentarios políticos de Crónicas de un televidente alternan entre el liberalismo de izquierda y la desilusión política. La conclusión de la crónica Undergound y overground latino en Madrid es un buen resumen de esta actitud:

Los latinos de Madrid, como los de Los Ángeles, no parecen querer “otra globalización”, sino más de la misma. Así como los mexicanos aplauden los triunfos de los Lakers, los ecuatorianos celebran como propios los goles del Real Madrid – símbolo y producto por antonomasia de la globalización – y no los del equipo del barrio obrero, el Rayo Vallecano. Vaya que no hay conciencia de clase, como dirían los marxistas. Todos queremos teléfonos móviles con aplicaciones que nunca vamos a ocupar, ropa de Zara y un equipo triunfador que (supuestamente) nos represente. (p. 97)

Con esta prueba de las tendencias de su autor ¿pierde validez el libro Crónicas de un televidente? Desde el punto político, y dependiendo de las opiniones del lector, puede ser. Pero las crónicas de Villarreal son mejores como un vistazo a las convulsiones que le son cotidianas a la capital del país que como una propuesta o guía política. Son unos instantes contradictorios de un lugar que puede experimentarse con muchas palabras.

Y algunas de esas palabras están en Crónicas de un televidente de Héctor Villarreal.

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