Dale play a la esperanza

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Javier es un hombre delgado y moreno, usa bigote y lleva el cabello rapado. Tiene 23 años. Viaja con Elisabeth. Salieron de Honduras hace 45 días. Llegaron a Torreón hace una semana. Se han quedado a dormir en la calle, cerca de la barda de Ferromex, del lado de Valle Dorado. Desde su llegada piden dinero en el boulevard Revolución y calzada Cuauhtémoc. En el comedor estudiantil del DIF de la avenida Hidalgo obtienen comida. También piden dinero a las personas que aguardan en la sala de espera de urgencias de la Cruz Roja, que se encuentra a media cuadra, entre el boulevard Revolución y el comedor del DIF, sobre la misma Cuauhtémoc. Cuentan que van 5 o 6 veces diarias a la sala de espera. “Siempre hay gente diferente en urgencias, y casi siempre nos ayudan con dinero ahí”, narra Javier.

—Necesitamos dinero para seguir moviéndonos y comer, que las malpasadas con la comida no importan tanto, pero si nos quedamos en un mismo lugar nos ponemos muy ansiosos. Y en esta ciudad ya tenemos tiempo —dice Elisabeth.

—Queremos llegar a Monterrey, ahí conocemos a unos broders que nos van a conseguir trabajo —Javier se rasca la cabeza y mira hacia el cielo, como si recordara algo—. Allá vamos a juntar dinero y luego nos iremos a la frontera, no sabemos si a Acuña o Piedras Negras. A ver qué es lo que nos recomiendan allá. En Tamaulipas es a donde no queremos llegar. Hay que evitar el paso por ahí.

Elisabeth es una mujer seria. Es robusta y su piel es oscura. Tiene 24 años pero aparenta al menos 5 años más. Javier es su primo. Ellos no salieron solos de Honduras, viajaban con Alexander de Jesús, novio de Elisabeth, y con Carla, amiga de Javier.

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—Cruzamos la frontera del sur de México sin problemas, rápido, y nos subimos a La Bestia en Arriaga —Elisabeth duda un momento en seguir hablando, pero continúa—. Llegamos a Veracruz con Alexander y con Carla, pero ahí nos separamos. Nosotros queríamos hacer todo el viaje juntos… Pero ya no se pudo.

—¿Ellos están bien? —pregunto.

Me atreví a preguntar porque Elisabeth hizo una mueca que no supe cómo interpretar cuando habló de sus compañeros de viaje. 

—No sabemos —responde Javier.

—¿Por qué se separaron? —mi pregunta altera a Elisabeth.

—Porque el maje de Alexander se estaba enganchando con Carla —responde con visible enojo.

—Yo le dije a Beti que siguiéramos adelante —agrega Javier, queriendo desviar el tema—. Que ese huevón no importaba. Tampoco la huevona de Carla. 

—Y esos manes no importan. Lo que me da en la cara es que se llevaron todo el dinero de las chambas que habíamos ahorrado cuando salimos de Honduras. Ahorramos casi medio año todo lo que podíamos. No le importó nada, ni nuestro amor, ni nuestro esfuerzo por juntar dinero… Nada.

Elisabeth se arremanga la sudadera. Comenzó a sospechar lo de Alexander y Carla desde que vio cómo se saludaron cuando Javier los presentó. Y una noche, en Veracruz, ella vio cómo Carla se le recargó en el hombro a Alexander. 

—Yo no soy mujer de celos, pero esos dos se la pasaban platicando mucho desde que salimos de Honduras, y a eso no le daba mucha importancia, pero en Arriaga se fueron juntos a conseguir agua y ahí fue cuando empecé a sentirme incómoda con esos dos… 

Cuando vio a Carla recargada en el hombro de Alexander, ella le reclamó: “Ya alejáte de mi hombre, buscona”, y su enojo creció más cuando Alexander defendió a Carla.

—“Vos estás confundiendo las cosas, no está pasando nada entre Carla y yo” —Elisabeth imita en tono burlón lo que le dijo Alexander—. Pero cómo iba a estar confundida si los conchudos desaparecieron juntos después. 

La noche del reclamo Javier y Elisabeth durmieron cerca de las vías del tren, Alexander durmió lejos de ellos, Carla durmió lejos de ellos y de Alexander. En esa parte, en Veracruz, había varios grupos pequeños de migrantes durmiendo cerca de las vías. 

Al día siguiente, cuando despertaron, Carla y Alexander ya no estaban. Él no sólo dejó a Elisabeth por Carla, también robó a los primos. Se llevó su mochila con todo el dinero y parte de la comida que llevaban, pues Alexander, al ser más corpulento que Javier, y de  confianza de todos, tenía la tarea de guardar el dinero.

—Los buscamos dos días ahí en Veracruz. Otros broders que también se iban a subir al tren nos ayudaron a buscarlos —Javier hace una pausa y aprieta sus mandíbulas—, pero no los encontramos. Entonces mejor nos subimos al tren. A seguir con el viaje. Lo que a mí me duele es que me gustan mucho los Belmont, y me quedaba media caja en la mochila que se llevaron esos huevones.

Desde que salieron de Honduras, los primos la han pasado mal. Han sufrido sed, hambre, dos asaltos, un robo y una traición. 

—Yo le digo a Elisabeth que no hay que dejar que nos gane la tristeza —Javier intenta sonreír, pero su mueca es amarga.

Elisabeth se limpia una lágrima que amenazaba con quebrarla:

—Hay una canción del bueno de Guillermo Anderson que dice: Que no te quiten la sonrisa y no te roben la felicidad, vive el presente… Y cuando la recuerdo me siento mucho mejor.

A pesar de las desventuras del camino, cuentan que en su país las cosas eran peores:

—A mí ya me habían amenazado. Si dejaba de darle dinero a la ganga, me dijeron que me iban a quebrar. Ya me habían amenazado una vez, y no pasó nada, pero la segunda, tiraron balazos en mi casa y quebraron los vidrios de la sala.

Javier vuelve a apretar las mandíbulas. 

—Al hermanito de Alexander le dieron un balazo en la pierna. A mí me nalgueaban, me decían que era una cualquiera, que no valía nada. Me escupían. No podía salir a gusto a la calle, ni a la esquina. Siempre tenía miedo.

—¿Por qué siguen adelante? —Pregunto.

Javier responde sin dudar.

—Prefiero morirme en México, intentando cruzar, que quedarme a esperar a que me maten en Honduras.

Elisabeth asiente.

—Yo también.

*Dale Play a la esperanza es una canción interpretada por el hondureño Guillermo Anderson.

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