Déjeme le explico

0
211

El escenario es el interior envejecido y mal pintado de la sala de interrogatorios – “sala de cuestionamiento No. 1” de dos; la segunda sala lleva años siendo almacén –, ubicada en la parte trasera de la estación de policía. Desde el techo, la luz tintineante de un foco blanco; desde la rendija en mosaico en la parte alta de una pared, la oscuridad de la noche y el lejano cotilleo de los camiones madrugueros.

En el centro del escenario se distingue una mesa de metal lúgubre y herrumbrada, con una silla plegable de Coca-Cola de cada lado.

En una de las sillas está un señor entallado a duras penas en un traje gris, de ojos cansados y rostro indiferente en un cráneo calvo. Su maletín decolorado y añejo de abogado asignado continúa envejeciendo al lado de su silla, sus manos están sobre la mesa, acorralando un bloc de notas.

En la otra silla, con los brazos cruzados y la mirada recta, reside una muchacha, segura de que tiene toda la noche para llenar la libreta del gordo. Nada destaca en su presencia joven – como de 23 años – y acomodada, tal vez clasemediera. Nada, salvo que en su sudadera y pantalón de mezclilla permanecen las manchas de sangre, graves y portentosas.

“Déjeme le explico” irrumpe orgullosa pero educadamente la voz de ella, como retomando una conversación perdida, “y verá cómo no estoy loca. Nomás escuche y anótele, verá cómo me entiende…

“De un rato para acá, comencé a sentir curiosidad por matar a alguien. No se ponga así con esa cara, déjeme le explico. ¿Nunca ha escuchado de un asesinato, o leído de él en uno de esos periodiquillos morbosos de nota roja, y le han dado ganas de saber más? Pues haga de cuenta que así fue conmigo.

“Sólo que más fuerte.

“No sabría decir cuándo pensé por primera vez esto: si con las novelas de misterio que leí desde morrilla, o si fue cuando las pelis de guerra que a mi papá cómo lo alienaban regresando del trabajo (y que yo disfrutaba, en parte porque estaban buenas, y en parte porque no había otra tele en la casa. Digo porque ya vi su cara juzgándome, diciéndome “machorra”); o tal vez fue cuando entré a medicina o cuando empezaron a ser noticia las atrocidades que pasan a granel en este tajo de agua negra de país.

“El caso es que me nació la duda, y la duda se hizo necesidad, y de ahí la decisión. Especialmente cuando ya llevaba unos meses de la carrera recorridos. Viera las maravillas que uno aprende del cuerpo humano: verdaderamente que las personas son dioses, dioses que mueren. Pienso que por eso lo mío es muy lógico. Si ya somos dioses que crean, y destruimos tanto alrededor nuestro, ¿por qué no también a nosotros mismos? No, claro que que no pensé en buscar una ayuda clínica con todo esto, no estoy idiota, ¿qué quiere? ¿Que pagara una sesión o fuera con uno de los profes de la facu y empezara: “oiga, pues fíjese que tengo ganas de tronarme a alguien”? Hubiera sido una pendejada. ¡Pues es una pendejada! ¿Cómo más le digo? Sí, claro que sé la diferencia entre el bien y el mal, sí sí, matar está del lado de “mal”, ese no es el tema. No, no quiero alegar demencia, ¿pues no estamos aquí para decir la neta? Pues la neta es que maté a alguien. Pero bueno, déjeme continuar…

“En el momento en que me decidí a matar, empecé a dibujar las posibilidades. Primero pensé en agarrar a un vago cuando estuviera tumbado de tanto tonayán, sirve que lo sacaba de la situación tan ojete al que hemos orillado gente así. Descarté esa idea muy pronto. Las posibilidades de que me ligaran al asesinato eran casi nulas, sí, pero también la magia del hecho, no sé si me explico: lo que haría que valiera la pena. Sí, sé lo que estoy declarando, cómo friega, pues ya veremos qué pasa en la corte ¿no? Capaz que nomás me condenan por tener dos cromosomas X, no que ustedes con un X y un Y. En fin…

“Supe entonces que si iba a matar, iba a ser alguien conocido, alguien a quien le tuviera al menos medio kilo de cariño. Mejor ¿no? Sirve que me metía a algún gimnasio para agarrar fuerza (de ahí mi cuerpo, no creo que no vi sus ojitos), planeaba bien el método y escogía buena víctima. Sí, dije víctima ¿okey? ¿Cómo quiere que le diga? ¿“infortunado/infortunada” o alguna madre así? Oyó bien. Usé los dos géneros porque no me cerraba a la idea de que la muerta fuera otra mujer. Pero en todo caso…

“Dicho y hecho, le entré al gym y comencé a listar las formas en que podría matar cuando la persona llegara. Las primeras opciones tenían que ver con algo que afectara mortalmente los pulmones, con eso de que quiero entrarle a neumología. También eso lo dejé rápido. Mejor estar cerca cuando llegara el momento. Lo bueno es que como soy del ejido, el depa donde vivía era nomás para mí, entonces por privacidad no tenía que preocuparme.

“Así que por esa época, entre las clases y las tardes en el depa pensando qué y cómo hacerle, empecé a ir a los bares de cerca y a las fiestas de la facu. Nunca he sido de muchos amigos, más bien poquísimos, así que pensé que lo que me cayera estaría bueno. Por un rato, qué equivocada estuve. No crea, sí conocí a buena cantidad de banda, con eso nunca he batallado, y eran llevaderos, pero no… no me convencían, ¿me entiende? No me hacían clic como amigos, a veces ni más de una noche. ¡No, no me los cogí a todos! Viejo malpensado, ¿pues qué tiene que ver con el tema? ¿Que cree que nomás estamos para eso o qué? Total, todo eso cambió cuando lo conocí a él. Sí, el muerto, ¿pues para qué perder el tiempo con nombres si es por él nomás que estamos en todo esto?

“Fue en una de las pedas de la facu. Él no estudiaba ahí, (ya ni estudiaba, de hecho), pero se llevaba con los de último semestre, y ellos lo colaron. Nos topamos de pura chiripa cuando fuimos a la cocina por más cheve. En cinco minutos, me tuvo interesadísima. No, no fue nomás por guapo. Una sabe separar la cizaña del trigo, y apenas le conocí la voz y escuché sus palabras convertirse en ideas, supe que esta cosecha era distinta.

“Ya no nos movimos de la cocina en toda la noche, aunque curiosamente conocimos muy poco el uno del otro. Todo el tiempo lo dedicamos en discutir ideas, como si fuéramos la próxima generación de genios, como si todavía los hubiera. Al final de la peda, yo sólo supe que era músico, y él que yo estaba en la facu.

“Pero no le hacía. Ya estaba decidido. Él sería mi experimento. Ahora nomás a afilar el hacha en lo que el árbol crecía. Sí sí, sé lo que dije. ¡Que sí! Sé que está mal ¡Que no! No quiero que diga que estoy loca, ¡no lo estoy! ¿Que no ve? ¿Qué de lo que le he dicho es ilógico o no tiene razón de ser? Nomás deje acabo y va a ver cómo está de acuerdo conmigo.

“Nos seguimos viendo después de esa noche, primero en otras fiestas, luego ya nomás nosotros dos. La rutina clásica: cuéntame tú, te cuento yo. Así supe que no era músico en solitario. Tenía una banda: Los muertos de Nietzsche. Medio pedero el nombre la verdad (me explicó algo sobre un filósofo alemán y la muerte de Dios o algo así, pero nunca he sido buena para esas cosas); supongo que así son los artistas, ¿no? Tal vez por eso su tacto era notorio, y algo tan agradable. Sabía un chorro de lo que le interesaba, pero no era de esos idiotas que nomás esperan el turno para decir sus pendejadas. Escuchaba, aprendía, sabía ser maduro. Y sabía ser amigo ¿sabe? Sin ninguna salvajada. ¿A qué se refiere? No… ¡No! Al vato no “se le mojaba la canoa”, ¡no sea ridículo! Sólo digo que no era un cachondo primitivo, ¿y qué si le hubieran gustado los vatos? En serio…

“Y bueno, nos fuimos conociendo. Y fuimos aprendiendo. Y comenzamos a compartirnos más cosas (no en ese sentido, que ya lo vi, malpensado), más trozos de vida. Él comenzó a esperarme afuera de la facu, yo empecé a ir a los toquines y tiempo después a los ensayos de la banda. Creo que no lo he dicho, pero en realidad era muy buen músico. A veces había que ponerse abusado porque el vato luego se elevaba, pero aun así disfrutaba mucho de la función.

“Más que los ensayos, seguro. No es que la banda fuera ojete conmigo (al contrario, me trataron demasiado bien). La cosa era entre ellos, pues aunque eran compotas, las personalidades nomás no. Allá ellos, pensé entonces. No, no pensé en cargarles el muerto a alguno de la banda. Soy asesina, lic, pero no culera.

“Así pasaron unos mesesillos, entre nuestras salidas, mis asuntos y ponerme lista para cuando tuviera que darle cuello. Mi elegido seguía despertando intereses. Me enseñó poesía, autores, filosofía e incluso su pintura (ah, sí, también era pintor), y yo le hablé de mi rancho, mi gente, mis películas, mi música. Hasta le enseñé un poco de neumología, poniendo en riesgo toda la operación, si cambiaba de opinión y decidía ir por eso al final. No, en ningún momento pensé en echarme “pa’tras”. Sí, escríbalo, ¿pues de qué lado está? ¿Del juicio o de la justicia? Pues póngase de acuerdo, que tengo que terminarle de contar.

“Pasó otro ratillo. Nuestra relación cada vez era más importante. Sé que no va a creerme, pero que él se quedara a vivir en mi depa fue totalmente accidental. Su arte era para lo que vivía, pero aún con eso, a veces ese oficio no paga chido, y al chavo lo echaron de su depa por quién sabe cuánto de adeudo. Empezó a preguntar, no sólo a mí, por un lugar que lo acogiera en lo que plantaba los pies, y después de pensarla tantito, decidí aprovechar la oportunidad.

“Fue así que empezamos a vivir juntos. Tengo que confesar que, aunque tan distintos, fue agradable tener a alguien más en la casa, en especial durante las noches más solas. No, no cogimos. Pues porque no quisimos, ¿qué más quiere que le diga? ¡Que no! ¡Que el vato no era joto, chingadamadre! ¿Pues qué se trae usted o qué? ¿Quiere que mejor nomás le cuente chismes en lugar de lo que pasó? ¿Pues de qué otra manera quiere que tome sus comentarios? De veras, pensar que usted será mi abogado. Aunque bueno, ni aunque hubiera mucho que defender para empezar.

“Dos semanas pasaron a gusto, aunque nuestros modos eran totalmente opuestos. Por ejemplo, a él le encantaba trabajar de noche, y yo prefiero el día cuando puedo. Pero más que eso, pasó que cada uno descubrió cosas de la forma de ser del otro que no hubiera podido de otra forma. Ahí descubrí de dónde venía tanto arte. Desde que nos conocimos, supuse que tenía sus malas rachas, pero fue viviendo juntos que supe hasta qué punto estaba aproblemado el chavo. Se pasaba horas de horas dando pincelazos o probando notas de la guitarra, y lo único que lograba muchas de las veces era desesperarse. Siempre había algo que corregir, siempre. Y eso le molestaba como no tiene una idea. Pero el enojo no duraba tanto. Lo que duraban eran esos días que le daba el bajón y no tocaba sus cosas, apenas salía de su cuarto. “Ya hubo muchos más grandes que nosotros, ¿a qué alturas tenemos que llegar entonces para que nos reconozcan?” decía durante esos días. Claro que tratamos de ayudarlo, sus compas de la banda y yo. Pero parecía que la molestia que sentía nos la echaba a nosotros. Aparte, sus amigos lo trataban más con costumbre que otra cosa. Se veían cansados, en ese sentido.

“Tal vez por eso no debió sorprenderme lo que pasó anoche. No sé qué le hayan dicho los polis, así que iré desde el principio. Llegué alrededor de las 9:30 a la casa por unos proyectos en la uni, que me tardaron más de lo dicho. Lo encontré en nuestra sala, luchando por no echar una lágrima. Él mismo me dijo por qué, antes que yo pudiera hablar manquefuera: su banda había tenido una reunión informal y decidieron echarlo por un tubo. La banda que él fundó. Me acerqué a él y le di un abrazo. Los otros dirán lo que gusten, pero llegué a quererlo, era un gran amigo. Ahí sí tiró una lágrima o dos, aunque todavía se aguantó. Yo también lagrimeé un poco, me tocó el corazón. Supe entonces que ya tenía que matarlo. Ya había tenido muchas oportunidades, en especial cuando estaba dormido, pero siempre desistí. Faltaba algo, no sabía qué, pero algo. Ahí ya no faltaba nada: el momento era perfecto, tan trágico, tan bonito. ¿Qué otro instante mejor que ese para terminar las cosas, cortando su tristeza de esa forma tan irónica, tan poética incluso? Decisión tomada, todo fue cual agua. Le dije que iría a la cocina por unos tés para calmarnos, fui, y cuando tuve listas las tazas, escondí el cuchillo (al final me fui por lo simple) y regresé a la sala. Él, aunque todavía se esforzaba por no llorar, me sonrió.

“Lo apuñalé cuando iba apenas por el primer sorbo.

“Varias veces.

“Murió rápido, si eso le sirve.

“Nomás me dijo una cosa:

“¿Por qué?

“Sus ojos llorosos se secaron. Las palabras flotaron en la sala. Me sentí culpable, y luego feliz, y luego todo. No puedo describirle cada instante, cada sensación, cada respiro que di ahí, frente al muerto. Se queda una pasmada, y eso era todo lo que quería. Me emborraché tanto del momento que me esperé casi dos horas antes de hablarle a la policía. Fue por eso que llamé tarde, no por rendirme en buscar una forma de cuidarme el cuello, como seguro le dijeron los mugres polis.

“Y henos aquí.

“Como escuchó, una historia y razones completamente coherentes. Entonces, ¿qué sigue?… ¿Qué? ¿¡Cómo que esto claramente es un caso de “desequilibrio mental”!? ¿Está sordo, está pendejo? ¿Entonces qué madres anotó en la libreta? ¡Le acabo de contar una idea totalmente lógica! ¿Qué más quiere de mí? ¡Me vale un carajo lo que le podamos sacar de varo a una ayuda psiquiátrica! ¿Qué más quiere, que por mí le paguen la tenencia del carro o qué? ¡Déjeme le explico y se terminará de convencer que no estoy zafada! ¡Déjeme le explico o contrato otro pinche abogado! ¡Déjeme le explico…!”

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here