Depredador

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Cursaba la universidad y a manera de broma llegó en explicación gráfica con nombre de historieta “Cerebro reptiliano”. Figuré una iguana escurridiza saltándome en la punta, una lagartija que juega en mi cabeza.

Es el “Cerebro básico”, también así se le conoce, es el que reacciona a la vida instintiva y de supervivencia, actuar cuando el organismo así lo demanda.

Se trata de la grandeza de los impulsos, de la maniobra como un reflejo, como una respuesta poderosa, resistente, como dueño de sí mismo enajenado, absoluto que incluye conductas que se asemejan a los rituales del animal-reptil como el anidarse o aparearse.

Dicen que son las especies con el menor desarrollo del cerebro. Aunque fueron 500 millones de años de evolución, cuando apenas alojado en la parte más antigua que es el tronco o tallo cerebral. De ahí el acompañamiento hombre-animal, un proceso tan combativo, como peligroso que es hasta hoy un aprendizaje del comportamiento binario: huir-pelear, comer-atacar, aceptación-rechazo.

“Fundido en una sola estructura, nuestro sistema nervioso central alberga tres cerebros. Por orden de aparición en la historia evolutiva, esos cerebros son: primero el reptiliano (reptiles), a continuación el límbico (mamíferos primitivos, está asociado a la capacidad de sentir y desear) y por último el neocórtex (mamíferos evolucionados o superiores, manejan un proceso de mayor entendimiento)”.

El hombre primitivo o el primitivo humano tienen del primer cerebro que apetece, gusta, olfatea, que es territorial. Un guardián para conservar su vida (preservar la especie), donde el proceso sentimental queda poco, o bien, a ningún espacio; el control es automático, sólo útil en cosas puntuales.

En consecuencia, no está en capacidad de pensar, ni de sentir; su función es la de hacer. La única forma de tiempo que manifiesta es la del momento, el tiempo inmediato, un puro presente. Porque la temporalidad no almacena, desahoga, es salvaje, por lo tanto, no se miden las consecuencias ni se tiene compasión.

¡Turba! Cada una de las “limitaciones o taras” responden a cometer muy probablemente atrocidades desde los insultos, reacciones de superioridad y dominio, hasta conductas patológicas.

La paradoja impera por ser el enemigo de la razón. Es por obviedad irracional pero es tan prescindible y elemental porque en él se procesan las experiencias primarias. Aquí pasea el misterio del inconsciente, un agudo suceso alojado en un tiempo en apariencia ignorado, asoma en forma tímida o voraz. Un tanto de suerte ¡flota, irrumpe! con miedos y fobias en una mente reactiva.

El paleoencéfalo “cerebro reptil”, no es “malo”, es necesario. Más en un mundo externo en movimiento, en el que se busca protegerse, le debemos la respiración, el ritmo cardíaco, la presión sanguínea e incluso colabora en la continua expansión-contracción de nuestros músculos. Además, la acción y lucha de los sentidos en un sistema de alerta ante amenazas externas e internas. Es un rayo que llega con toda su rapidez. El riesgo es, permanecer ahí, en el extremo infeccioso de estar herido para herir.

Recordar: “En la psicopatía se juega el papel de depredador y en la paranoia el de presa”.

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