Un metalero amateur convertido en parásito burocrático se obsesiona con un tatuaje en el tobillo de la pierna que va a serle amputada; un carnicero de Kazajistán se aferra desesperadamente a una superstición para asegurarle al equipo de futbol de su ciudad un pase a la Champions League; un juez municipal se encuentra una corona de muerto en la puerta de su casa al regresar del trabajo…

Estas tres historias son el inicio del absurdo contenido en las páginas de la compilación Días de whisky malo (UANL, 2016), un “six pack” narrativo del regiomontano Daniel Salinas Basave, publicada originalmente en 2014 y ganadora del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen ese mismo año en la categoría de cuento.

Las seis historias que componen Días de whisky malo son seis expresiones distintas de un mismo concepto. Aunque no de forma tan explícita como en otra compilación de Salinas Basave, Dispárenme como a Blancornelas — reseñada ya en este espacio —, cuyo hilo conductor era el periodismo, los protagonistas de Días de whisky malo pelean a su manera contra el mismo mal: el absurdo. Dicha temática no es para nada algo novedoso en la literatura moderna (autores como Fiódor  Dostoyevski y en algún sentido Franz Kafka ya empezaron a tratarlo en el siglo XIX), pero los personajes del libro de Salinas Basave son un ejemplo muy bien construido de un aspecto que los más idealistas tienden a ignorar del “absurdo existencial”: que el mismo no es una “parte inherente” del ser humano, sino el resultado, la percepción de una realidad social determinada, de unas condiciones concretas de la existencia humana.

Los mundos que habitan los personajes de Días de whisky malo son sumamente estrechos. Tres de los protagonistas son burócratas en distintos niveles de comodidad y seguridad (un parásito que repta a los vendedores ambulantes de Ecatepec, Estado de México, un juez municipal de un barrio de Tijuana y el director del Instituto Cultural de Tecate, Baja California, respectivamente), otro es un carnicero de una pequeña ciudad kazaja, uno más es trabajador de aserradero y perpetuo aspirante a estrella de rock en un pequeño poblado de Estados Unidos y otros dos son desempleados en Italia. Sus historias van desde la lucha desesperada por la supervivencia hasta la labor abstracta que es estar detrás de un escritorio, y sus relaciones personales (donde las hay) están tan determinadas por esas mismas condiciones de vida que la auténtica comunión con el otro parece imposible. Es en este ambiente de aislamiento social que las obsesiones personales y la soledad (real y/o imaginada) llenan el espacio y dan origen a la noción del absurdo.

Días de whisky malo es, pues, una buena representación de varias realidades sociales a la vez particulares y similares entre sí. Vemos la estrechez de miras que acontece en la pequeña burguesía — la cual se caracteriz por la lucha individual por existir y prosperar, además de monopolizar el trabajo intelectual o “calificado”, lo cual en ocasiones lleva a confundir la miseria personal con la miseria del mundo —, como es el caso del protagonista del relato “Saurio Sangrante”, donde un tatuaje malhecho por un viejo amigo en la juventud se vuelve más importante que salvar una pierna gangrenada por la diabetes. Vemos a un carnicero de Kazajistán aferrarse a una superstición sobre el acto de regar la sangre de un cordero en la cancha de futbol para darle la victoria a su equipo, y de paso (muy de paso), la hipocresía del activismo pequeño burgués, pues a su llegada a Glasgow, Escocia — donde se realizará el juego decisivo —, el protagonista y sus compañeros son enfrentados por grupos por derechos de los animales, su autobús agredido por quienes dicen ser los defensores de la humanidad, pero que en ocasiones ponen a un animal por encima de una persona. Contemplamos a la tragedia humana que orilla a la criminalidad reducida a una firma de Acadio Borregastre, juez municipal del relato “Corona de muerto”, quien está tan desconectado de la realidad que sólo atina a hacerse consciente a medias de su labor como represor de la burguesía, diciendo (en segunda persona):

“Pronto te diste cuenta que en barandilla hay jerarquías y clases sociales. Que tú eres el juez municipal auxiliar, sí, pero lo que pienses u opines vale madre. Nadie te paga por usar el criterio. Lo único que se te pide es cumplir con el requisito de la firma. De cualquier manera hubo un tiempo en que te sentiste orgulloso de tu chamba. Vaya, pasar de ser desempleado a juez es un salto que no cualquiera da en esta época tan mordelona.” (p. 102)

Con la misma frialdad el relato da cuenta de la profunda corrupción y los verdaderos intereses de las autoridades para las que trabaja Borregastre, ejemplificados en el personaje eternamente constipado del subcomandante delegacional Nieves Rayas, quien le dice a Borregastre a quiénes sí y a quiénes no procesar y que “suele ensañarse con los más jodidos. Cuando su moqueo se torna incontrolable y sus ojos parecen cristales estrellados, el subcomandante se da gusto torturando pobres tecatos. Eso sí, cuando por casualidad el infractor es un junior o cualquier personaje susceptible de traer algo en la cartera, Nieves Rayas se pone en plan conciliador y negociante” (p. 107)

Los desvaríos de aceptar el absurdo se resume en dos pensamientos de Conrad Barnett, protagonista del relato que titula el libro. Perdido entre su alcoholismo, sus intentos fallidos de mantener una banda de rock, su trabajo en el aserradero del poblado de Bighorn Woods (donde todo, desde la cantina del pueblo hasta el motel y el lugar de trabajo de Barnett son propiedad de una sola persona, un tal Teddy Buchnann) y una vida amorosa y sexual a la vez frenética y monótona, Conrad declara que “de todas las miserias posibles, la única insoportable es el anonimato” (p. 148), y que “uno es capaz de sucumbir ante una sobredosis de indignidad con tal de conseguir un pedacito de fama” (p. 151). Su dilema existencial no es otra cosa que un grito contra las paredes tan pequeñas de su mundo tan estrecho, un grito de protesta y desesperación que comúnmente aqueja a la pequeña burguesía (más aún a la de las pequeñas ciudades), un grito de quien sufre las contradicciones sociales sin estar consciente de ellas y que — en su misma estrechez de miras — achaca sus malestares al “absurdo” de la condición humana. En esas condiciones, claro es que el anonimato puede sentirse como “la única insoportable de todas las miserias posibles”, y Salinas Basave retrata fielmente esa realidad y los efectos que tiene la misma sobre los protagonistas, aún cuando no sean conscientes más que de su miseria interior.

En este “six pack” narrativo cruzado por el retrato de dicha condición, el cuento “dilemas de zurdos y fachos” es el más político de la colección. Político en tanto que su centro es la confrontación de ideologías y no tanto un simple elemento del trasfondo de la historia, como en “infortunios de un ovejero kazajo”, en el que el narrador recuerda algo de la historia  de Kazajistán como parte del estado obrero deformado soviético, y que aptamente retrata la traición de los estalinistas, quienes apenas terminaron de ahogar al estado obrero, “empezaron a convertirse en los nuevos ricos” de la república que “se pretendía independiente y democrática” (p. 67). Los “dilemas” del relato se presentan como una serie de pequeños capítulos (separados por números romanos) que alternan entre los dos protagonistas: Gaulterio y Arno, ambos desempleados en Italia, con lo que también es estilísticamente el cuento más destacado de la colección, pues los demás se componen de una (muy buena) narrativa puramente lineal.

Los dos protagonistas son polos opuestos. Gaulterio es un fascista ferviente y Arno es un izquierdista radical de lenguaje marxistoide (hace constantes referencias al poder de la clase obrera y el fin del capitalismo, pero los mezcla con figuras que van desde el también liberal radical Che Guevara hasta el traidor Stalin y otras tendencias como el zapatismo en México). Conforme la narración salta y regresa de un personaje a otro, se nos presenta a ambos protagonistas (y por tanto, a las ideologías que representan) como espejos el uno del otro, para lo que incluso se reutilizan oraciones en los párrafos correspondientes, sólo cambiando el personaje y la orientación política, abogando por la conocida máxima “los extremos se tocan”. La única diferencia práctica entre Gaulterio y Arno se vuelve el equipo de futbol al que cada uno apoya, pues Gaulterio es porra del Lazio de Roma (tradicionalmente el equipo del fascismo) y Arno del Livorno (cuya porra está tradicionalmente ligada al Partido Comunista Italiano). Desde una perspectiva liberal, es cierto que hay aspectos superficiales que pueden pasar por similitudes entre el fascismo y el socialismo. Pero la comparación no pasa de la superficialidad, pues la diferencia cualitativa está en la dirección a la que apunta cada ideología. El socialismo apunta hacia delante, hacia el progreso y la liberación de la humanidad de sus contradicciones y la miseria e injusticia que estas provocan; el fascismo, por el contrario, tira hacia atrás, hacia la maximización de dicha miseria e injusticia, a sostener un sistema económico y social que hace mucho caducó su necesidad histórica. Desde la misma perspectiva liberal, el cuento mantiene la distancia de apoyar alguna de las dos ideologías, y termina más bien con un chascarrillo, una pequeña broma que desarma una creciente explosión, pero como dijo Georgui Plejánov en su estudio El arte y la vida social: “el valor de una obra de arte se determina principalmente por el valor específico de su contenido” (Editorial Calomino, pp. 48 – 49).

En el caso de Días de whisky malo, el contenido es el testimonio de momentos absurdos de vidas estrechas. Como Barnett mismo dice, rememorando una de sus tantas caídas como músico.

“Aquellos tiempos fueron tiempos tristes; días de whisky malo, cogidas melancólicas e impulsos suicidas. Durante algunos años yo había sido algo parecido a una estrella de rock de los pobres, tal vez la más modesta e insignificante de las estrellas, pero al menos era alguien en un arrabal de donnadies, una cara y un nombre familiar, el frontsman [cursivas en el original] de la única banda que existía en ese pueblo y en muchas millas a la redonda. De un día para otro había recuperado mi condición de insignificante absoluto, un pobre tipo que serruchaba troncos cargando a cuestas monumentales resacas heredadas por el peor whisky que paladar humano haya podido probar.” (p. 146)

Es esta sensación del sinsentido, esta pérdida de la realidad y del contacto humano, y su compleja representación, lo que caracteriza y da el valor a Días de whisky malo, un “six pack” narrativo que no sólo muestra el absurdo, sino sus causas, y sobre todo, consecuencias.

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