Dos soñadores

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Eran las tres de la mañana y yo llevaba un vestido azul que había comprado en un bazar árabe, estábamos en medio de julio. La noche resultó ser fría y fuera de lo habitual para este pueblo árido.

Sacaron la hierba mágica por excelencia que ayuda a relajarte y olvidar el dolor ajeno y propio. Vi un muchacho de risos largos y mirada curiosa bajar las escaleras del apartamento lleno de drogadictos y alcohólicos que hablaban de temas fuera de su capacidad emocional e intelectual. Lo seguí. Una de mis mejores habilidades era tomar fotos, reír, meterme en problemas y meterme con personas que se hacían las complicadas.

David no era complicado, pero su vida sí.

Pensando que no lo volvería a ver, cuando caminó hacia mi, lo tomé de la cara y lo besé.

Pasé lo que quedó de la madrugada con su cuerpo encima del mío, en un cuartito que parecía bodega. Salí del apartamento con las sandalias de alguien y caminé a pedir un taxi. Él subió a otro y antes de cerrar la puerta del auto amarillo, tratamos de memorizar nuestra cara antes de subirnos: “En ese viaje está alguien que nunca volveré a ver”, bon voyage, amigo. O eso creí.

Para mi mala suerte nos seguimos viendo y le dimos rienda suelta a un amor de verano que los dos sabíamos que no tenía futuro. Cuando lo conocí, era buena para guardarme cosas, sonreía todo el tiempo: era un alma libre que tiraba feliz los dedos al cielo; pero también agarraba cariño muy rápido, hasta la fecha no sé si ese sea mi mayor cualidad o mi peor defecto.

Pasaron las semanas, él cruzó el océano y se llevó la mitad de mi corazón y de mis virtudes. El último día que lo vi, me regaló un libro y dos postales. Ahí duraron un año, esperando por él. Las veía, me acordaba y era feliz, a veces triste. Aquel extraño se convirtió en una definición de hombre que llevaba buscando en muchas caras.

Era soñador, a mí no me importa si son altos, bajos, pelones, de tez blanca o morena; ojos verdes o cafés, a mí me gustan los soñadores. Los dos soñábamos. Un mar nos dividía pero esa particularidad nos unía.

Y así me unió a alguien más el año que se fue.

Pasó un año, y como prometió regreso, sus risos ya no estaban. El niño soñador se convirtió en algo que me es difícil describir. La verdad es que yo también era diferente, mi cabello era corto y ya no sonreía como antes. Mi alma estaba atada a cosas poco soñadoras y dejé de guardarme las cosas. Nos unimos de nuevo y chocamos como dos ferrocarriles que llevan cargas muy pesadas. Esta vez no nos separó el océano, nos separó la falta de empatía y el cambio. Las postales ya no estaban ahí, y tampoco la Rebeca para las que iban dirigidas.

Y estuvo bien. Decidí escribirle una postal, con la foto de un desierto con casa, que decía:

“David, te quiero. Al final no es muy temprano, o en mi caso muy tarde para ser la persona que quieres ser. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgulloso y si no, espero que tengas la fuerza para empezar de nuevo. Ten tus postales y tu libro. Espero con firmeza no volver a vernos.”

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