El cantante de los muertos: los ritmos de la vida y la muerte, por Antonio Ramos Revilla

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Salvador Rodas, padre del niño Pablo Rodas tiene – dentro de la vida áspera y sobreviviente de Monterrey, Nuevo León -, un trabajo estable y normal al frente de una tienda de ropa deportiva en la calle de Arteaga, en el centro de la Sultana del Norte. Pero apenas alguien le avisa de un muerto a Salvador, al instante deja esa vida normal, toma una guitarra y un traje de mariachi blanco, y se convierte en aquello que ha hecho famosos – y marginados – a los Rodas: un cantante de muertos, juglar para despedir a los fallecidos con tristes corridos.

Con esta premisa da comienzo la primera novela de Antonio Ramos Revilla, regiomontano nacido el 26 de mayo de 1977 y licenciado en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Antes de El cantante de muertos – publicada por Almadía en 2011 -, Revillas destacó en el relato corto, con su primer libro de cuentos Todos los días atrás (Agronáutica, 2005) ganador del Premio Nuevo León de Literatura en 2003, y su siguiente compilación Dejaré esta calle (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006) ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri en 2005.

En las páginas de la novela, la tradición de los Rodas es llevada con celo y orgullo por Salvador, la cabeza de la familia; pero Pablo no siente si no miedo y desprecio por el oficio de su padre – “un oficio de rancho, cuando nosotros ya éramos de la ciudad” declara en una ocasión (p. 24) -. Miedo a la marginación que sufre su familia por la cantada a los muertos, pero sobre todo miedo a la muerte misma, una de las tres grandes tragedias de la experiencia humana, junto con el sexo y el hambre. 

Miedo a la muerte que lleva al niño Rodas a una búsqueda desesperada por la vida. Pero la muerte le persigue, pues como él mismo declara:

“Sin embargo, era imposible huir de mis miedos. Aunque no quisiera, poco a poco los veía muertos a todos: a la chica del mostrador de la tienda, al boletero del camión, al niño que sacaba el brazo por la ventanilla de un auto. Me preguntaba cómo sería la muerte del voceador de periódicos, de la niña que acababa de cruzar la avenida y de las costureras que trabajaban con papá, pero cuando pensaba en la muerte de mis padres se me resecaba la boca. También me preguntaba cómo sería mi propia muerte, si me daría cuenta de ella, si al menos tendría tiempo para despedirme de mi abuela Sol, o de alguien, y luego me preguntaba si me recordarían al año de muerto.” (pp. 17 – 18)

Lectura recomendada: Trópico: la selva moral de Rafael Bernal.

Esta repulsión a la muerte podrá más que el niño Rodas, y en medio de un ambiente de sol abrazante, calles secas, pueblos sobrevivientes, pandillerismo y desigualdad social que compone el Monterrey de la novela, Pablo decidirá terminar con la tradición con su familia, y a la vez se verá obsesionado por conocer el origen de la cantada a los muertos, que en el caso de la familia Rodas, es un hombre: Antonio Heredia.

La narración del libro tiene un carácter doble: por un lado es sencilla y coloquial en su descripción de la vida regiomontana desde los ojos del niño Pablo; y por otro lado es compleja, pues retrata la vida de tres generaciones, su paso por el tiempo y su actitud ante el oficio del cantante de muertos. Los personajes parecen fantasmas más que personas, desde la abuela Sol – que gusta de las historias sórdidas y la famosa revista Alarma!, hoy extinta – hasta el misterioso Heredia, pasando por Salvador y Camarena, mejor amigo de Pablo. Fantasmas que acosan, viven en y de sus recuerdos, sea un vestido de novia, revistas viejas o la guitarra color guinda con la que se despide a los fallecidos. Todos pensando en la muerte, y esperándola. El paso del tiempo lleva a Pablo a su adultez, donde la muerte no lo ha abandonado, sólo le ha llevado a diferentes conclusiones:

“Cada que veo un muerto pienso en qué canción le debería cantar en su funeral, cuál es la canción que define su vida. La mayoría de las veces escucho una cumbia o un vallenato escandaloso, porque si algo tiene la muerte es su vulgaridad, y hay gente vulgar. Pocos son los que me animan a pensar en un área o alguna composición en la que un artista haya dejado su vida. La muerte de la mayoría de las personas suena a la estridencia de guacharacas y timbales, el sordo retumbar de algún hip-hop o el sonsonete vulgar de un corrido.

“Pocos son los muertos que merecen con su partida canciones dignas. Por lo general la gente no piensa en la canción de habrían de enterrarlos y si en vida se la ganan. Piensan sólo en las lágrimas que dejaran y se sienten orgullosos de eso.” (pp. 117 – 118)

En este esperar y pensar la muerte, su unión con la música se da a varios niveles en El cantante de muertos. Los corridos son moneda común en sus páginas, desde “El chubasco” hasta “Tragos de amargo licor”, y por supuesto “Te vas ángel mío”, de Cornelio Reyna y Benjamín Sánchez Mota – cuya letra constituye el epígrafe a la obra -. Los personajes se sienten realizados por la música, o se expresan con nostalgia de una época donde la música formaba parte esencial hasta para despedir a los seres queridos. Cuando aún existían los cantantes de muertos. En algún momento, un personaje va a un funeral de una niña desconocida sólo por el rumor que iría un cantante de muertos, y recuerda al último cantante de su pueblo:

“Si viera los socorridos que son. Allá se nos acabaron. Se nos fueron al otro lado o los mataron, ya lo sabe, por eso de la mala vibra. Por eso bajamos hasta acá, para ver si los encontrábamos. No sabe los pueblos que hemos pasado, todos resecos por el calor, ya lo ve, la temporada es dura.

[…]

“Y si viera qué bonitas canciones. Si viera cómo le gustaba a Salomón [un fallecido de su pueblo] la música y la fiesta y la juerga. Pero este muchacho se fue. Ahora anda de jornalero en Wichita. Un nieto mío lo vio, que trabajaba en una cervecera. Le preguntó que si seguía en la cantada y le respondió que había vendido su violín al pollero.” (p. 99)

Esta unión con la música se expresa incluso en la estructura del libro, pues sus capítulos son las partes de una canción – la primera estrofa, la segunda, el coro y la tercera -. Música que acompaña a la vida y espanta el enorme silencio de la muerte. Los Rodas tienen mucho silencio que callar, silencio cargado de miedo y de culpa por errores que acechan el origen de su familia, y que comienzan y acaban por la guitarra color guinda con calcomanía de gallo en manos de Salvador, y que Pablo necesitará descubrir para obtener lo más parecido a la aceptación de la última tragedia humana: la propia muerte. 

El calor de la áspera vida en el desierto y el inquietante aliento frío de la muerte se desparraman en El cantante de muertos, ambos humillados por el peso de la pérdida. Sobre el tema, Ramos Revillas dijo en entrevista con Siempre!

“Perdemos la libertad, la fuerza, los amigos, la familia…, al final, quedamos solos, perdidos, sí, nos quedan algunos consuelos: la literatura, la nostalgia, las canciones. Esta idea me viene desde que leí las memorias de Neruda: cómo, aunque había vivido tanto, al final estaba solo, consumido sólo por los recuerdos y con una dictadura en marcha.”

En la tortuosa espera o en el proceso de lidiar con esta pérdida, las 176 páginas de El cantante de muertos proponen a su vez un sano entretenimiento y una digerible reflexión sobre la soledad, la compañía, la música, el silencio, y los ritmos de la vida y la muerte. 

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