El cielo relampagueaba, el árbol del patio se movía de un lado a otro y pegaba contra la pequeña ventana de mi cuarto.

Espero que no llueva.

Aquí nunca se sabe si lloverá agua o tierra. El clima era el mismo cuando conocí a Fabián. Era alto, de complexión delgada y conversación sencilla. Me observó por horas antes de hablarme. Salimos de la casa de un amigo en común donde varias personas se habían reunido a beber. Salimos a caminar un rato para bajar mi evidente estado de ebriedad. Ya de regreso, el viento nos empujó, levanté mi cabeza: ¿agua o tierra?

Me tomó de la mano y corrimos, pero ya era muy tarde para seguir corriendo, estábamos empapados de pies a cabeza; nos detuvimos, me colocó frente a él, torció el labio, me jaló del brazo y en medio de alguna calle encharcada de Torreón, me besó.

La brisa fresca que dejó la lluvia entraba por la ventana de mi cuarto y movía las cortinas. Dormimos desnudos en la cama con nuestro cabello empapado. Pasaba sus dedos por mi espalda, arriba, abajo, en círculos. Las noches lluviosas se convirtieron en nuestra rutina.

Para una mujer, abrirse con respecto a su sexualidad, puede ser algo mal visto. Creo que es aún más complicado aceptar que mis necesidades son justas, fue un proceso que tienes que ir aceptando a medida que te haces más mujer.

No soy material para compañera, soy de carácter fuerte y opiniones difíciles. Soy igual a papá, una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior, sólo que la ventaja de él fue que él nació hombre y yo mujer. No puedo cambiar lo que soy, y no puedo cambiar lo que ellos esperan de mí, así que es mejor no involucrarse.

Después de Fabián, llegó Julián, luego Pablo y Enrique, de tonos distintos, pero con el mismo objetivo de siempre, llenar vacíos físicos y emocionales. La depresión, como el dolor físico, se igualan. Los días se convierten en el mismo día, los actos en el mismo acto y las personas en un sólo personaje inútil. El mundo pierde su variedad y los amantes también.

Recordando todo esto se amontonó la desdicha en mi cuarto chiquito. Junto con la ropa, fotos, libros y cosas materiales de las que uno no se puede desprender. Quería salir de ahí, pero llovía, y no había dejado de llover desde hace meses.

El teléfono sonó. Tenía ya dos años sin ver su nombre en la pantalla de mi celular. ¿Es quien creo que es? Contesté.

– Hola.
– Hola.
– ¿Te equivocaste de teléfono?
-No, ¿cómo vas?

Con el corazón roto, dos dosis de medicamento controlado encima, y depresión crónica diagnosticada. Le mentí.

– Bien, ¿tú?
– Bien. La lluvia me dijo que te hablara. La verdad es que necesito compañía, ¿tú también?
Cuesta trabajo admitir que se necesita compañía.
Sí.

El cielo se cae, las calles se inundan, él prende un cigarro. Pasa sus dedos por mi cintura, hasta mi cuello.

– Eres muy bonita.
Tomo su mano, y la pongo en mi seno.

-De aquí, sí.

Y la muevo a mi nuca.
-De aquí, no tanto.
– ¿Quieres me vaya?

Me acomodé dentro de las sábanas. Lo vi a los ojos, sonreí. Como en ellos, estoy en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga. Le acomodeé tiernamente el pelo detrás de su oreja.

-Quédate un rato, hasta que se calme el clima.
– ¿Cuándo será eso?
– No sé.
– ¿Te volveré a ver?
-Tal vez cuando llueva.

Afuera, las ramas seguían pegando contra mi ventana y, al igual que mi corazón, estaban en el tejado a un suspiro de derrumbarse.

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