El contrabando de Casimira

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-Hemos iniciado nuestro descenso- indicaron en el altavoz dentro del avión. Valentina sonriente se preparaba para el aterrizaje al tiempo que metió a Casimira, una tierna perrita Yorkshire, a  su caja  especial.

-Has sido una muy buena perrita- le dijo mientras hacían un breve contacto visual. Había sido un largo viaje. Habían superado la primera prueba.

Al llegar, Casimira inspeccionó su nuevo hogar, ahora no había espacio para salir al jardín, ni siquiera una puerta especial para ella, ahora tendría que esperar a que Valentina o Tony la acompañaran a husmear los nuevos rincones para dejar huella de su paso por el lugar.

-¿Cómo  le vamos a hacer? Cuándo la saquemos podrán darse cuenta que tenemos mascota- dijo Valentina preocupada por violar las reglas de apartamentos donde Tony vivía.

-Por lo pronto, no salgas con ella cerca de la oficina, ya veremos qué pasa- comentó Tony con tono despreocupado.

Valentina salía diariamente con Casimira caminando rumbo a un parque cercano, tratando de no ser objeto de atención para nadie. Ella tenía la fortuna de tener una mascota que no era adicta a ladrar, ni hacía escandalo alguno; aún así la cautela formaba parte de la clandestinidad.

– La semana que entra vendrán a hacer revisión de seguridad a la casa por parte de los condominios, sería conveniente que salgas de la casa con Casimira- dijo Tony al tiempo que se preparaba un café.

Sumergida en su nueva vida, Valentina olvidó por completo la visita que ella consideraba inoportuna. Esa mañana escuchó los golpes a la puerta. Al poner su ojo tras la mirilla, descubrió tres personas prestas para entrar a su hogar. -¿Qué hago? – pensó mientras sus movimientos no iban a ninguna parte, se observó a sí misma en ropa de dormir y corrió para ponerse ropa adecuada, olvidando a Casimira. Una vez adentro, los visitantes trabajaron por espacio de diez minutos. Casimira temblaba arriba de la mesa del comedor, cuando fue encontrada por Valentina.. -¡Casimira!- exclamó ella en su interior, cerrando los ojos con una expresión de haber sido testigo de un desastre con consecuencias inimaginables.

-¿Te han dicho algo sobre Casimira?- preguntó Tony al llegar a casa.

-No, nada- respondió Valentina.

-Pues habrá que esperar si nos comentan algo – dijo Tony sin expresión alguna.

Con respiración entrecortada y con cosquilleo por todo su cuerpo, Valentina se fue a dormir esa noche.

-Al parecer no han tomado en cuenta a Casimira.  Cuando vinieron a arreglar el lavamanos, tampoco me han dicho nada- comentó Valentina con una respiración sin alteración.

-No creo que nos digan nada,  al fin de cuentas, Casimira no hace escandalo alguno- cerró Tony la conversación. El problema había sido resuelto, pasarían sus últimos seis meses en ese lugar sin preocupación por tener a Casimira en el silencio de sus propios actos.

Casimira esperaba sentada frente a la puerta dando aviso de su intención de salir urgentemente hacia un paraje escondido entre los arbustos. Al abrir la puerta Valentina se percató de un sobre marcado con el número de su apartamento.

– Seguramente será un aviso general como muchos otros-  pensó ella.

-“Estimado Residente:  Nos hemos percatado de la presencia de…”- bajó la mirada,  con su corazón acelerado, esperó la llegada de Tony.

-¡Nos han descubierto! – dijo ella con los ojos entrecerrados.

Él tomó la carta, la leyó despacio– ¿tienes el justificante?- Valentina asintió. La única forma era demostrar medicamente que alguno de los inquilinos requería emocionalmente de un perro.

Por la mañana, regresó Tony de las oficinas de los apartamentos con un rostro serio y sin luz alguna.

-No podemos hacer nada, el inquilino soy yo, tu carta no nos sirve de nada.

Valentina sintió los pies helados, abrió los ojos más de lo usual. Fueron pocos los segundos de desconcierto, cuando Tony echó la risa fuera de su cuerpo.

-Está arreglado- sonrió.

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