El ver crecer a los hijos es una alegría y al mismo tiempo se convierte en nostalgia al ir dejando su infancia y adolescencia atrás; así lo vivieron nuestros padres cuando tuvieron que dejarnos ir, para seguir nuestros sueños. En esa partida, nunca imaginamos que el tiempo cobraría factura sobre ellos también. Así, llega un momento donde los vemos llegar a una nueva etapa.

No fuimos preparados para verlos en este momento de su vida, donde las experiencias y la edad se han acumulado. Esa, dónde los hijos llegan a la casa solo de visita y los recuerdos de una vida decoran las paredes. Para sus hijos, es una fortuna tenerlos con vida, pero al mismo tiempo se dan cuenta que las canas ahora cubren su apariencia, han cambiado su temperamento y su reacciones son diferentes.

El tiempo ha disminuido fuerza física, pero sus emociones han quedado más al descubierto, sus aficiones  han cambiado y el placer reside en estar con la familia y en su propio hogar.

El invierno llegó a su vida, y no por ello han dejado de ser productivos, ni olvidaron su energía en un cajón, simplemente las rutinas se modificaron. 

Los padres, en la tercera edad, son ejemplos de vida y resistencia, han pasado tormentas donde nos sacaron adelante, corrieron junto a nuestros sueños, dándonos un empujón para alcanzarlos.

La primavera de ellos muestra quizá fotografías en blanco y negro, increíble ver su vigor, su fuerza y sus sonrisas. Sus sueños flotaban en nuevos tiempos que nos remontan a películas situadas en otra época que no llegamos a palpar con nuestros sentidos. En esta etapa, fue donde quizá, nuestros padres se conocieron para formar una historia, donde nosotros seriamos protagonistas algún día.

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El verano fue una época de luchas, de desvelos y responsabilidades, ahí nos vieron nacer y crecer, en su verano aprendimos de ellos, sentimos su forma de enfrentar la vida y en los huesos llevamos los recuerdos que se formaron bajo un mismo techo. Aquí nuestros padres nos infundieron respeto o miedo, nos dieron lecciones de vida que después repetimos o quizá buscamos evadir. Nuestros padres fueron refugio y consuelo, o bien pusimos a prueba nuestra resistencia ante situaciones no deseables.

Durante el otoño, la paz en sus vidas comenzó a ser constante, hemos crecido y podremos tener ahora la razón frente a ellos, eso nos convierte en hijos poderosos o talentosos; la paciencia y el amor de ellos va en aumento. Poco a poco van despidiendo a sus hijos, nuevos integrantes llegan a su familia. La palabra nieto toma un lugar muy especial en sus corazones. Algunos amigos de ellos se mudan a la eternidad en un viaje quizá, prematuro.

Pero es el invierno de nuestros padres,  el que nos hace detenernos, llegamos a casa deseando ver a unos papas que conocimos en el verano, buscamos  esa fuerza y ese vigor que nos animen en tiempo de crisis. La respuesta nos la da el espejo, quién nos revela que esa fuerza ahora nos pertenecen a nosotros, pues en ellos ahora solo aflora la ternura, amor y paciencia. ¿A dónde se fueron mis padres? ¿En que momento dejé de ser vulnerable para convertirme en protector de ellos? La vida me ha sorprendido. 

Dejaron de tener pétalos vistosos y llamativos para convertirse en flores como las begonias o los geranios, donde sus pétalos pequeños crecen cerca de su tallo, así, su belleza se centra no en una sola flor como la rosa, sino en muchas experiencias juntas que dan vida a un ramillete de vida de años acumulados.

Durante su invierno se van despidiendo poco a poco de sus amigos, pues a sus padres hace tiempo les dijeron adiós. Las platicas se centran en salud y no en moda, se habla de nietos y no de eventos sociales.  Facilitarse la vida es más importante que tener la razón.

El invierno en nuestros padres puede venir acompañado de situaciones que no esperamos ni queremos. Las necesidades no son expresadas abiertamente, pero su corazón espera con ansia las llamadas, la paciencia, el cariño y la empatía.

¿Quién nos prepara para envejecer en un mundo centrado en tratar de detener la juventud a toda costa? Y mejor dicho aún ¿Quién nos prepara para dejar de lado la fuerza que vimos en papá y mamá para tomar entre nuestras manos su fragilidad?

Los años siguen su curso, y la estación en la que nos encontramos nos mantiene en una zona confortable. El invierno como la primavera son inevitables, se entrelazan sutilmente, por eso niños y ancianos tienen una conexión especial y es el verano lo opuesto al invierno lo que nos recuerda lo difícil que es confrontarlos; pero si sentimos y aceptamos cada estación que nos rodea, lograremos un campo armonioso que nos permitirá caminar en medio del invierno de quien un día camino en medio de nuestra primavera con el mismo amor y aceptación. 

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