La voz del mesero fue por delante de su delgada figura entallada en una camisa blanca, chaleco, pantalón y corbata negros. Su porte y brazo arqueado en un triángulo perfecto, sosteniendo la charola en equilibrio ideal, ojalá la hubiera visto el dueño del local para tomarle foto y ponerla en un póster publicitario.

“Aquí tiene, señorita.

Nomás aguas, que está caliente”.

La mano envuelta en un trapo descendió a la mesa y dejó el plato humeante en el centro de la misma. Los dos dedos de la mano izquierda pegados a la sien de Salma se separaron mientras su mirada quedaba fija en la comida fresca. El mesero se fue antes que pudiera darle las gracias, por lo que Salma tuvo más tiempo para contemplar el plato y tratar de ponerle orden a sus pensamientos en el proceso. Los totopos que aquel restaurante llamaba chilaquiles se veían particularmente apetecibles esa ocasión: daban la impresión de ser una isla en un mar de salsa verde, con la cima nevada con una mezcla de queso derretido, crema y pollo desmenuzado que dejaba escapar vapor como un volcán activo. La salsa verde también bañaba esta cima, hallando hendiduras y desniveles para crear diminutos riachuelos que derramaban tentación por todo el cuadro. El ambiente olía a chile jalapeño. A un lado del manjar descansaban una taza de café y un vaso de jugo de naranja, ambos vacíos a la mitad.

Salma desentrañó los cubiertos de su envoltorio de servilleta, tomó unos dos o tres totopos acompañados de queso y crema con el tenedor y los llevó a su boca. Tan simple acción fue suficiente para provocar una nueva punzada en sus sienes, las cuales Salma volvió a masajear con dos dígitos. Así llevaba desde que despertó, unas dos horas antes ( ya era medio día). La cabeza no estaba en condiciones de acordarse de la última vez que la cruda se la dejó tan cara. Tampoco había que exagerar: Salma bebía desde los quince más o menos, pero aún desde tan morra agarró el rollo de por dónde iba el asunto, qué hacer y cómo hacerle con el chupe. 

Salma retomó el cubierto y guió dos bocados más dentro de su organismo. La salsa era de ese picor que comúnmente se nombra como “pica rico” y combinada con el queso y la crema comenzó a revitalizar la existencia de Salma, aunque fuera por el esfuerzo que representaba para su cuerpo digerir tal combinación. Aún así, Salma sólo alcanzó a dar tres mordiscos al plato antes que el estómago amenazara con alebrestarse y regresar tan digno platillo a la mesa.

Ella tomó dos lentas bocanadas de aire, a las que siguió un lento sorbo al jugo de naranja. Exhaló como si quisiera aliviarse de un gran peso y se sobó la mano derecha, la cual desde que despertó molestaba como si se hubiera caído sobre ella.

Nada estuvo planeado. Las grandes cosas rara vez lo están a la perfección. Saliendito de la universidad, su amiga Mónica le llegó con el chisme: se armó el despapaye en la villa de uno de los más riquillos del campus y sus compas Raúl, Omar y Ana Luisa estaban invitados, ¿qué diferencia hacía si se colaban ellas? 

Un trago de café resbaló por su garganta, acompañado poco después de una nueva probada al plato de chilaquiles. 

¿Qué diferencia hacía unas coladas más? ¿Qué diferencia hacía?

Salma se masajeó las sienes nuevamente, esta vez con más intención que reflejo. 

¿Qué diferencia hacía?

Qué buena pregunta. Y mejor si ella pudiera contestarla. 

Lo que más recordaba es que la villa estaba poquito más allá de Atizapán. Salma y sus camaradas llegaron de trepados con otras personas invitadas a la pachanga. De lo demás, de pronto se acordaba y lo olvidaba otra vez. Una nueva punzada castigó a Salma por querer escarbar dentro de su propia mente. Un trago al jugo de naranja y dos bocados de chilaquiles fueron el precio a pagar por su ofensa. 

‘Uta madre’, pensó cerrando los ojos. ‘Inche madre, Salma, ¿qué traías en la cabeza que se te hizo buena idea hacer la pendeja?’ Otra probada a los chilaquiles. 

Había hecho el ridículo. Lo sabía desde que despertó, sin saber siquiera cómo regresó a casa desde tan lejos. Lo que más la desesperaba es que estaba a punto de recordar exactamente la escala de su desfiguro, pero las sienes no claudicaban en ser una barda demasiado alta para brincar. Salma entendía a su vez que la suya era una búsqueda peligrosa: siéndose honesta, la parte más orgullosa (y por tanto, avergonzable) de ella le gritaba por encima de las sienes que se detuviera, que ya la dejara así para poder hacerse la sorda después. La misma lucha contra la vergüenza fue la que le hizo dejar el celular en la casa, antes que recibir las llamadas de burla de sus amigos sin tener con qué defenderse. Las leñadas eran duras en su grupo de amigos y por eso mismo eran inseparables desde la prepa. Se tenía que estar siempre a las vivas entre ellos. Cuántas veces no se la agarraron a ella en bajada por lo que batallaba para hablarle al Andy.

El Andy. El Andy.

Su rostro aparece en la mente de Salma y ella se aferra a él. El recuerdo llega poco a poco: la barra del minibar de la casa, el sabor a coca con bastante bacardí, el rostro y cuerpo de él frente a ella. 

Su expresión está envuelta en nebulosa y luz cálida de baja intensidad mientras la memoria recrea la conversación:

Estás muy guapo.

Siempre lo he creído

Ja, gracias.

En verdad, estás guapísimo.

Quien fuera genia

para pedirte en un deseo.

Gracias, Salma, gracias.

Dime nena si quieres,

guapo.

Salma bufó, cerró los ojos y se frotó el rostro sin que el dolor de cabeza fuera el enemigo.

“No mames”.

Se escuchó el murmuro desde la mesa de Salma. Lo que quedaba de la taza de café se tuvo que ir y una nueva taza que pedirse antes de que pudiera sentir la vergüenza comenzar a procesarse. Lo primero que pensó después de eso fue la manera en que se la iba a acabar la banda cuando los viera. Se concentró mejor en seguir desmembrando la isla a medias en su plato. El recuerdo y las voces distantes de las otras mesas fueron suficiente para sentir el rostro hervirle de tan rojo. Ella no era así. Aunque bueno, nadie ERA exactamente así con tan tremenda peda.

Unos bocados más se fueron. En las bocinas ambientales del restaurante se escuchaba “con la misma moneda”, lo que no ayudaba un carajo a los nervios de Salma. 

Las punzadas en las sienes y la sensación de asco comenzaron a disminuir. El café, los chilaquiles y un nuevo vaso de jugo de naranja por fin hacían su efecto. De la isla que hubo en el centro del plato ya sólo quedaba un miserable islote con una puntita nevada nomás todavía y dos arbolitos de pollo medio derrumbándose. 

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Salma se deshizo del islote y los brebajes sin que la mejoría le permitiera recordar algo más de la noche pasada. Se reclinó en la banca larga y acolchonada y por un momento contempló los recipientes vacíos como se mira algo que ya no podrá ser, que ya nunca será igual. Las amplias ventanas junto a la puerta del local tomaron un color ligeramente anaranjado cuando todo el rato habían transmitido gris. Salma supuso que el mar de nubes que cubría a la Ciudad de México desde que despertó estaba en vías de secarse y dejar solo lagunas para oponerse al paso del sol. Eso no era común en aquella época del año y Salma por una vez pensó que la plaza del barrio sería un buen lugar para aprovechar el cambio de los vientos, por lo que pagó y salió del restaurante. 

Los ojos le volvieron a arder un poco con el cambio de luz. Cuando se acostumbró, la imagen de la plaza de Santa María la Ribera se puso enhiesta en toda su cotidiana, sutil, añeja, casi inexistente gloria, con el Quisco Morisco coronando su centro como un último recuerdo de una época lejana. Salma pasó la vista por las copas verdes amarillentas de los árboles. Aunque había en cantidad decente para el tamaño de la plaza y su conservación era buena, claro que no eran suficiente para combatir toda la contaminación de la Ciudad de México – perdón, la Big Mexico City -, por lo que el aroma que ofrecían al ambiente era disminuido, nostálgico.

A pesar del hecho, Salma aspiró lentamente mientras cruzaba la calle. Por un rato se dedicó a vagar por los distintos senderos de la plaza, a veces regresando a medio camino sólo para aprovechar más tiempo la caminata. Salma dirigió la mirada a los cielos. Un azul apagado traspasaba por los huecos entre las hojas y los rayos del sol caían con particular brillo para la capital. Brisas otoñales transportaban el aroma de la plaza y le ayudaban a vivir un poco más. Salma sonrió por primera vez en el día. La vuelta por la plaza no estaba nada mal, igual y agarraba la costumbre de salir así los domingos en adelante.

Eso, si las ganas de salir con sus amigos no podían más que ella. Verdaderamente que eran sombra el uno del otro, ya habían ido a su depa más veces que su propia familia desde que pudo zafarse de casa de sus papás. No habían tenido una pelea seria en los años que llevaban. El Raúl luego era medio intensito, especialmente con ella, pero bueno, así era desde que se unió a la banda, el último en unirse.

Perdida en los recuerdos que sí tenía, Salma decidió medio por ocio, medio por accidente, ir al Quiosco Morisco. La madera al final de las escaleras crujió tantito por más que sus pasos no fueron agresivos. Salma echó tras su oreja derecha unos mechones de su cabello marrón para ver mejor los diseños de los pilares, techo y cúpula del quiosco. Los patrones en las losas se le presentaron como una respuesta clara pero infumable y consiguieron que regresara un ligero mareo.

Por instinto Salma desvió la mirada y eso la llevó a constatar la población del quiosco. No mucho: un par de familias domingueras, unos viejitos y algunos chavos. En este reconocimiento, dos figuras casuales pescaron su interés. Como los dos chavos estaban pegados a un pilar contrario a ella, Salma casi ni los notó al principio, pero solo casi. Procurando no parecer una acosadora o una metiche, Salma se centró en la pareja. 

Él estaba con la espalda perfectamente alineada con el pilar, lo mismo su pie derecho, la pierna arqueada en un triángulo casi cuadrilátero; ella estaba perfectamente alineada con él, su cuerpo sobres del momento. Los brazos de ambos recorrían sus cuerpos como boas buscando asfixiar a su presa. El beso sudaba pasión a todas luces, pero los gestos, las posturas y la escena en su conjunto conmovieron a Salma al punto que casi sintió envidia por el par de pubertos. 

Fue la casi envidia lo que detonó la memoria.

La escena se oscurece. Quién sabe qué hora es, pero le duele el pecho, entonces tal vez fue después de lo del Andy. Hay árboles, pero todo está iluminado, así que debe ser la terraza de la villa. A lo lejos, la tierra bruta en las orillas de Atizapán, separada solo por una malla ciclónica con una puerta mal cerrada. Cree recordar que los pies también le duelen, así que debe haber estado bailando. Siempre baila cada que quiere desahogar la tristeza.

Voltea de aquí para allá en la terraza, donde alguien (quién sabe) dijo que vio a sus amigos irse. Apenas los distingue pegados a un pilar de la palapa donde está la parrilla: son el Omar y la Moni.

Ella les grita:

¿Qué onda, weshes?

¿Qué se train?

¿Por qué tan…? 

 

Ella no terminó de preguntar.

No la escucharon de todas formas.

Los brazos de ambos son boas buscando asifxiar mejor el uno al otro en el beso. El acto suda pasión, pero los gestos, las posturas y la escena en conjunto expresan una ternura que deja a Salma pasmada en su tambaleo. Sonríe. Se traían ganas, todos lo sabían. 

Sobres pus, pinchis culos.

La sonrisa en el rostro de Salma fue la más amplia del día. Al fin, al menos algo que podía usar de munición a la hora de la guerra. Un ancla con la que resistir. Regresó del todo al presente. Una brisa tibia le bailó las ropas y rodeó su cuerpo. Igual ya para la casa.

Saltó del Quiosco Morisco y enfiló por el sendero correspondiente hasta la esquina de la Salvador Díaz Mirón y la Jaime Torres Bodet. Se estuvo un poco en el borde de la banqueta, viendo el paisaje. Parecía recién salido de los cincuentas, con la súper farmacia “Susy” en contraesquina, la cantina-salón “París” de frente por el flanco derecho y la estética “D’Marco” por el izquierdo. Las épocas de los edificios chocaban entre sí como un mar bravo contra los peñascos. 

Salma se dirigió al lado de la estética y subió al segundo piso de los tres que D’Marco llevaba en sus espaldas. El cerrojo de la puerta de su departamento tronó como una piedra contra el suelo al dar entrada libre a Salma. Ella tuvo que detenerse un momento para acostumbrarse a la baja de luz que se colaba por las dos ventanas que daban a la Torres Bodet. El departamento de Salma estaba perfectamente alineado con lo que es la idea de “departamento” en la capital: es decir que era una vivienda compacta, oscura y diseñada para alojar a lo mucha una familia pequeña, y a una sola persona para máxima holgadez. Es verdad, era más pequeño que el condominio de sus jefes, pero en parte esa fue la razón para salirse de ahí, y por otro lado, ya con encontrar algo así por el precio que pagaba era más que suficiente.

Claro estaba que el interior del departamento era un desmadre, con cajas de pizza arremolinadas al lado del bote de basura, los libros y papeles de la uni regados por la mesita de la sala (o lo que equivalía a una sala) y el suelo, y la ropa sucia amontonada en el sillón de piel falsa comenzando a descarapelarse. Los rayos de sol que traían las ventanas iluminaban la escena como en una de esas películas de detectives.

El estómago de Salma se sintió pesado. La digestión del plato de chilaquiles la empujaban a echarse en la cama y acabar de una vez el domingo. El ligero dolor que aún sentía en su mano, brazos y músculos la llevaron a aceptar la tentación. Un bañito y a dormir fue el plan.

El plan fue interrumpido por un sonido que nació en su recámara: una vibración sobre una superficie lisa. 

Salma se dirigió al buró al lado de su cama, tan desentendida que parecía hecha jirones. No alcanzó a contestar, sólo a desconectarlo y mirar la pantalla. 

Era Mónica.

Era la cuadragésima llamada que le hacía. El número se amontonaba bajo la hora y la fecha, de la que Salma se hizo consciente por primera vez en el día: 7 de noviembre. 

Los nervios se le echaron para atrás, el estómago experimentó un retortijón en protesta por la súbita alarma. Salma se aclaró la garganta mientras desbloqueaba el celular y marcaba a Mónica. Se calmó pensando que quería saber que estaba bien, que llegó a salvo a casa.

Riiiiiiiiiiiiing.

Riiiiiiiiiiiiing.

Riiiiiiii-

“¡Salma! ¡Chingado! ¿Dónde andabas?”

“Perdón, perdón, perdón, Moni,

fui a desayunar y dejé el celular

en la casa.

Ey, ¿cómo te fue con -?”

“Ahorita no, Salma.

¿Con quién fuiste a desayunar?

¿Fuiste sola?

No se fue el Ra contigo?”

“Achis, no,

no se fue conmigo”.

“¿Segura, Salma?

¿Segura, segura?”

“¡Segura, Moni!

¿Pa’ qué te miento ahorita?

¿Pues qué te traes?

Andas muy -”

“¡Pues que no encontramos al Ra! Eso traigo”.

“¿Co-cómo que no lo encuentran?”

“¡Pues que nomás no!

No llegó a su casa ayer, sus jefes no saben nada, no contesta el celular.

Nosotros no recordamos ni madres, pero como alguien cree recordar

haberlos visto juntos,

entonces pensamos que se habían ido los dos”.

“¡A-achinga! ¿Según quién?

Si desde que nos separamos no lo volví a ver en -”.

El Raúl y ella. El Raúl y ella.

El recuerdo aparece en la mente de Salma y ella se aferra a él, primero por instinto, luego porque ya no pudo soltarlo.

Hace frío. El viento de la noche y la arboleda baila alrededor de Salma. Los pasos de Raúl se oyen a su lado. Es tarde, pero el sol aún no está cerca. A lo lejos, la música de la fiesta es un murmullo. Algo recuerda del Raúl hablando de ver el cielo estrellado, lo que se pudiera a las afueras de la ciudad. A ella también le gusta mirar las estrellas cuando se puede. En ese sentido, son muy parecidos.

Llegan a un paraje exactamente igual a los demás. Platican de algo por un rato, quién sabe de qué. Ella mira el cielo. Siente el brazo de él queriendo rodearle los hombros. Intenta besarla. Ella se aparta.

No, así no.

Por favor, Salma.

Me gustas mucho.

Pus tu a mí no, sácate.

Ándale, Salma, ¡ándale!

¡Qu’ te saques!

El brazo se convierte en una llave. Dan tumbos por el pasto rasposo y la tierra fría. Los movimientos de ambos son erráticos, bruscos y a la vez fluidos. La molestia, el enojo, la incomodidad y la frustración  se arremolinan en la mente de Salma, y al calor del momento toma lo primero que siente en la tierra y lo azota en la frente de Raúl. A duras penas Salma se levanta, mientras que él se queda yerto frente a ella, tirado sin más. Los ojos dispersos de Salma se centran en Raúl.

¡Pinchi Ra! ¡Te pasas!

¿No que muy muy?

 

Raúl responde sólo con su silencio. El enojo etílico de Salma le hace gritar:

Sobres, pinchi chistosito.

El mismo enojo apenas le deja a Salma llegar tambaleándose a la villa. Del camino su mano deja ir la piedra casi sin notarlo.

Llega a la villa, pero casi de inmediato piensa ‘a la chingada’ y sale de la casa sin buscar a sus amigos. Quién sabe cómo llega al Oxxo/gasolinera cerca de la villa y para al primer taxi que se deja.

Vámonos, por favor. Ya, a la chingada.

La respiración de Salma se volvió un bufido conforme su mente regresó al presente. Corrientes frías le viajaron por el cuerpo y la cabeza se sintió a la vez ligera como si estuviera drogada, y pesada como si hubiera corrido un maratón. El dolor en su mano de pronto comenzó como una cicatriz recién hecha. En el teléfono, la voz de Mónica se escuchó:

“¡Salma!

¿Qué traes?

¿Te acordaste de algo?”

El teléfono descendió junto con el brazo de ella, que cayó más que descender ordenadamente, casi sin notarlo. En el trayecto, se escuchó con menos intensidad.

“¡Salma!”

Salma miró a su cuarto, luego al techo, luego a la nada, luego a todo. La boca se mostró abierta, derrotada en silencio durante unos segundos antes de dejar ir:

“No mames”. 

El estómago dio un retortijón.

Y el plato de chilaquiles terminó como una pasta rugosa a medio digerir en el suelo del departamento.

 

 

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