En México, nos quieren convencer, se viven nuevos tiempos. Como si eso fuera posible, como si en verdad hubieran tiempos, viejos y nuevos. Esta autoproclamada omnipotencia topa hoy con la complejidad misma que supone la indeseable realidad del único tiempo que hay, el ahora. Una que, además, toma formas cada vez más ininteligibles, acelerando su paso en un país que alimenta con injusticias y horrores la distorsión de la misma. 

Presos siempre de las circunstancias, ajenas y propias, decirse transformador de tiempos requiere, sin duda, una profunda arrogancia y a su vez evidencia la formación de un enfoque incompleto. 

La denuncia imputa a toda la clase política mexicana, en el gobierno o no. Incompletos siempre, construyen visiones limitadas ante una realidad que urge por mucho más. Y es que al sentirse dueños de los tiempos con comodidad legitiman su voluntad de determinar, arbitrariamente, qué sí es problema y qué no; qué sí debe atenderse y qué se puede quedar como está. 

Estas caprichosas y autoimpuestas prioridades constituyen entonces el plan de acción de cada gobernante. Ante esto, sería ingenuo pensar que en la construcción de ellos no intervienen actores y factores que acotan y circunscriben los mismos a intereses particulares. Lo que deriva en proyectos de gobierno obligatoriamente cortos e insuficientes para atender la multiplicidad de injusticias, que al tiempo en que se invisibilizan se reproducen de manera exponencial.

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Las injusticias, en sí mismas, son causa y consecuencia, se suceden de modo gradual y a manera de bola de nieve crecen y crecen, hasta formar un ente cada vez menos reconocible y por lo tanto más temible. Se atienden de manera particular pero se deben entender desde la generalidad de su ocurrencia. 

Ante las obnubiladas visiones de una clase política que intentan limitar nuestro enfoque de la realidad, nos queda, solo a nosotros, caer en cuenta. Y es difícil porque se utilizan medios masivos para la propagación de estas, opinadores de un lado y de otro abonan a la polarización y al combate, intentando dirigir así el rumbo de la indignación colectiva para aprovecharla como fundamento de lo que hacen y como descargo de lo que no.

Hoy, como nunca, la diversidad de fuentes de información y la insistencia comunicativa del gobierno supone no solo un mayor rigor al determinar nuestras fuentes, sino la exigencia de no perder de vista el panorama completo. México se enfrenta a uno bastante complicado. Lo que resulta desolador es ver opiniones cooptadas por estas voluntades perversas. Con facilidad legitiman, a conveniencia, injusticias y reclamos, cuidando siempre que estos atiendan a la visión, pobre e inacabada, que les dijeron había que defender para poder pertenecer. 

Hace falta empatía, la indignación debe provenir de ahí, no de ideologías, ni agendas, ni banderas, ni nada. Las injusticias que vive México lastiman porque amenazan y trastocan la propia naturaleza humana. Están ocurriendo en todo momento, imperceptibles, normalizadas, autorizadas. En realidad, es cada vez más difícil ver el panorama completo. A veces asusta pensar en las dimensiones reales que ha tomado el problema.

Aún y cuando se han señalado culpas evidentes en quienes nos “dirigen”, el principal enemigo es y seguirá siendo la indiferencia. Las injusticias del pasado son las injusticias de hoy y las de hoy serán las de mañana si no se hace nada. No aplican términos de temporalidad, lastiman por la inmanencia de sus efectos corrosivos en la construcción de sociedad. Las injusticias no resueltas por antecesores no son propias del pasado, sino responsabilidad del ahora.

Nunca había sido tan fácil enterarse de tragedias, crímenes y crisis como en nuestro tiempo. Un reto grande a la indiferencia, pero hasta ahora, al parecer, superado.

Habría primero que reconocerlo, la proximidad con la tragedia es tomada en cuenta como elemento para definir el grado de indignación que nos causa. Nos irrita lo próximo porque sentimos más viva la amenaza. La facilidad con la que hoy podemos enterarnos al momento de lo que ocurre en cualquier lugar, también ha hecho más fácil y recurrente la insensible tarea de despersonalizar  injusticias y canalizar la indignación a fugaces palabras que terminan reduciéndola a un post más. Hace falta más, evidentemente.

Sería contradictorio señalar soluciones absolutas, no las hay, ni es la finalidad. La heterogeneidad de los efectos provenientes de una injusticia hace que su solución deba elaborarse, a su vez, a partir de una multiplicidad de ángulos y, consecuentemente, respuestas. Nunca hay una sola forma de combatirlas, aquí radica también el valor de que hacer una cosa, por “pequeña” que sea, abona a esa interminable lucha.

En este país en el que con la misma facilidad nos colocarnos como víctimas u opresores, resulta ocioso e intrascendente emprender luchas intestinas. Somos responsables de nuestros tiempos y como tal es necesario actuar en consecuencia. De la misma manera en que nos pertenece el presente, les pertenece a los demás. Simplemente seamos conscientes de eso. El enemigo no está en el otro. El deterioro y la miseria no distinguen, lanzan un ultimátum que nos constriñe a todos a no permitirnos llegar a una fecha límite. El reconocimiento en el otro permitirá distinguir que <<el problema somos todos.

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