No es la primera vez que escribo sobre Fray Gerardo ni tampoco creo que sea la última, lo cierto es que cada vez me vienen más a mi mente recuerdos, anécdotas y pláticas que he tenido con él a lo largo de estos años; será tal vez por no vernos tan seguido en este momento o será tal vez la lejanía.

Tampoco estoy solo para hablar de mis recuerdos ni de mis impresiones sino para honrar su trabajo y la huella indeleble que su arte tiene para México y para el mundo entero y para que en algún momento tenga el reconocimiento que se merece, aunque a él no le importe tanto.

Supe de él en el año 2016, cuando cambié mi residencia de Torreón a la Ciudad de México y deseoso de crecer intelectualmente, di con el claustro de San Joaquín, en Tacuba, al norte de la ciudad. Era un recorrido cultural de esos que son anunciados por internet; nos contaron de la historia del sitio, sus destrucciones, así como la historia de un sacerdote tenaz y creativo que se había encargado de su restauración. Este lugar aderezado con vitrales y pinturas evocaba la relación del pasado y el presente, del arte y la arquitectura.

El encuentro no se daría hasta varios meses después, me convirtió en su alumno y lo convertí en mi amigo.

Fray Gerardo nació un 18 de mayo de 1929 en la ciudad de Puebla, para él, el arte no fue cuestión ajena, pues su padre y su abuelo se dedicaban a la orfebrería, con ellos tuvo sus primeros trabajos, pero no sería por mucho tiempo, pues sintió el llamado de Dios y se integró a la orden de los carmelitas descalzos, decisión que no alegró del todo a su padre.

Ya habiendo tomado los hábitos comenzó a destacar por su creatividad, fue entonces cuando sus superiores lo instaron a tomar clases de dibujo y pintura, a conocer museos y a acercarse al mundo cultural, “Cada domingo recibía un peso para tomar el tranvía y visitar los museos de la Ciudad de México”, tomando clases con Ricardo Martínez aprendió diversas técnicas, de quién es ineludible su influencia. Así mismo tomó clases en la academia de San Carlos, vivió en Washington, trabajó en monumentos coloniales y también recibió una beca para estudiar en París, donde perfeccionó su técnica artística, además de aprender el arte de hacer vitrales, por lo que es aún más conocido.

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Sus pinturas son poderosos portales a lo metafísico. Las composiciones son sencillas, figurativas, basadas en la geometría normalmente con un solo elemento fugado, pero no por esto son menos interesantes, ya que estas fugas huyen hacia la luz, invitan a la claridad, a la reflexión interior a la observación detenida de estas figuras claras y desvanecidas.

Los vitrales tienden a ser más abstractos, con una geometría más notoria y con un colorido sorprendente estos se encuentran en:

  • Iglesia y Convento de San Joaquín, Ciudad de México
  • Capilla de la Sabatina, Ciudad de México
  • Vitrales en la Catedral de Zamora, Michoacán
  • Vitral del altar Mayor, Centro Saulo, Torreón, Coahuila
  • Altar mayor de la Iglesia de los carmelitas, Segovia. España

Finalmente sus esculturas, las mas abstractas de sus creaciones, pero con intenciones compositivas claras y bien organizadas. Además, destaca la creación de una pequeña capilla en el estado de Jalisco. Así pues, podemos afirmar que estamos frente a un artista completo, que transita entre la arquitectura, la restauración, la pintura, el dibujo, el grabado y el arte del vidrio.

 

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