Mónica no sabía por qué diantres estaba ahí. Bueno, corrección: sabía perfectamente por qué estaba ahí, pero aún no había agarrado fuerzas para procesarlo, para aceptar que, en efecto, ahí se encontraba. 

Las puertecillas de madera, seguidas por el tintineo de una diminuta campana y un molesto aumento en la luz dentro de la cantina, distrajeron a Mónica de sus pensamientos por lo que parecía la millonésima vez en la media hora que llevaba en el establecimiento. Los gritos y comentarios de bienvenida por parte del cantinero, los meseros y el resto de los parroquianos hacia los recién llegados – un hombre y una mujer, ambos de edad y complexión medias – no hicieron más que exasperar otro poco el estado de ánimo de Mónica, quien no apartó la vista de las manchas de pintura en los pantalones de él y de lo que parecía ser harina en la camisa de ella conforme se dirigieron a sus asientos, irguiéndose todavía más contra el respaldo de su silla en el proceso. 

Después, en busca de no revelarse como demasiado metiche o imprudente, Mónica se giró a examinar por enésima vez los tiliches en las paredes de la cantina, en un acto de autoconsciencia. Aparte de como chorrocientas fotos de Los Ángeles – el equipo de fut local -, había de todo: imágenes de los pocos sitios históricos de la ciudad en mejores épocas; de tres o cuatro equipos de meseros distintos; retratos de Jorge Campos, Diego Maradona, Zapata, Villa, Fidel y el Che (cuando entró, Mónica temió haber llegado a un congal de revoltosos); placas de auto viejas y distintos señalamientos callejeros gastados; un par de pieles de lo que parecían coyotes y un par de rifles herrumbrados puestos en “x” debajo de un sombrero de charro negro con detalles dorados. En una esquina de la contrabarra, “como recuerdo”, se conservaba una plaquita de plomo con la leyenda: “se prohíbe la entrada a menores de edad, mujeres y uniformados”. 

La antaña advertencia fue un leño más que agarró fuego y tronó en la fogata de la inconformidad de Mónica. Esta gente y sus prejuicios, pensó. Segura de estar recibiendo miradas vulgares por uno o dos de los parroquianos de “La Consentida” – nombre que se desplegaba con añoso orgullo en la contrabarra de la cantina -, Mónica se preguntó incluso si no fue esa gente a su alrededor la que trajo la violencia a Ciudad Alcázar, con las ansias de dinero fácil y matarse las neuronas con cochinadas. 

Dicha reflexión pronto la llevó a preguntarse una vez más, frente a la copa llena a poco menos de la mitad con Torres 20 – fue lo que vio en la carta que halló “decente” y de su gusto -, ¿por qué diantres estaba ahí? Y una vez más, la respuesta fue casi inmediata: su hermano Raúl. La indignación fue cruzada brevemente por la tristeza. Apenas iba una semana de su muerte, y tener en cuenta los días no lograba sino que el hecho le pareciera más irreal a Mónica. Aunque bueno, en algún mórbido sentido, también era un alivio: su lucha contra el cáncer – como es sabido – fue dolorosa de ver, una tortura. En parte para liberar a su querido hermano de meses de estrés, en parte para ofrecer a su familia una posibilidad de cierre y comenzar a digerir lo inevitable, fue que Mónica organizó la comida en su casa hace medio mes. Invitó a toda la familia y, siguiendo las recetas aprendidas a pulso de su madre, le preparó a Raúl los platillos preferidos de toda la vida. Un hilo de alegría la recorrió junto al recuerdo de su hermano alrededor de sus seres queridos, acompañado y consentido. La alegría se transformó de nueva cuenta en indignación cuando el recuerdo, como una película que no se puede pausar, avanzó al momento en que su hermano – a como pudo – se levantó de su asiento en el lugar de honor de la mesa, y dio sus palabras antes del brindis.

“Familia, familia mía” dijo, con la voz más fuerte que pudo armar, “Gracias, gracias en verdad a todos por venir. No me alcanzan las palabras para expresarles el aire que recorre mi pecho al verme aquí con ustedes, riendo, platicando y, sobre todo, bebiendo” 

Raúl levantó su caballito y guiñó un ojo para acentuar el comentario, a lo que siguieron breves risas de los presentes. 

“He pasado una tarde maravillosa, y estoy seguro que mientras viva, la recordaré como una de las mejores de mi vida. Y es bueno que haya sucedido ahora, pues hay que sernos sinceros: no me queda mucho tiempo. Ya ya, no se agüiten no se agüiten, ya firmé mi testamento y todos recibirán un último regalo de su servilleta; todos excepto tú, Pablo, que ya te vi relamiéndote los labios por mi dinero, ¿eh?”. 

En este punto se dieron más risas de los presentes, agravadas por los comentarios del susodicho Pablo con exagerados manerismos y expresiones del tipo ‘¿y por qué no? ¿Y yo qué te hice?’ en medio de las carcajadas. 

“Y justo hablando del tema tan bonito que es dejarlo todo listo para el petatearse, hay algo que quiero decir por lo que también me alegra haberlos visto hoy. Pero antes, al César lo que es del César, y las gracias por este día son para Moni, que puso tanto porque hoy saliera como salió sólo por mí. Moni…”. 

Mónica, quien había estado del hombro con su hermano desde que inició el discurso, lo abrazó en este punto con notoria fuerza, rodeada de una salva de sonoros aplausos. 

“He vivido una buena vida, pero estoy seguro que no hubiera sido tan buena sin ustedes como mi familia. Y es por eso que a ustedes quiero compartirles, a todos, mi última voluntad, fuera de esas chingaderas del testamento.” 

Mónica en este momento le dio una palmada en el brazo a su hermano por la grosería, misma que éste ignoró. 

“Así, como mi último deseo, estando yo, Raúl Reyes, en pleno uso de mis facultades mentales, y con la más divertida seriedad, pido ¡que mi hermana se tome una copa en mi honor en La Consentida!”

La reacción no fue uniforme como las pasadas. La mitad de la mesa reviró a la voluntad con risitas y ligeras burlas hacia Mónica, animándola entre que sí y que no a que “se diera un baño de pueblo” y que “no la mataría algo de calle”; la otra mitad de los presentes trataron, con risitas a su vez, de fungir de abogados de ella, diciendo que “qué tenía que estar haciendo ahí” y que “no la arrastrara a su vicio, con uno en la familia era suficiente”; la risa de Raúl fue la más fuerte que se escuchó en el comedor por primera vez desde que inició su discurso; y Mónica tan sólo sonrió y calló, con una sonrisa que más bien salió como mueca. 

Cuatro días después, Raúl murió. 

El funeral fue sencillo, pero muy unido. A pesar del inicio prematuro al proceso de duelo, las lágrimas corrieron a cántaros, como era de esperar. Aunque la pérdida superaba cualquier otra sensación, Mónica, entre ojos llorosos, no pudo evitar sentir en las miradas de sus familiares una latente, casi imperceptible incertidumbre. Una expectativa. Fue en los días siguientes que se hizo más obvio. Referencias inocentes (o al menos sonaban) a la última comida con su hermano, comentarios tirados “como sin querer”, bromas cortas centradas en la última voluntad de Raúl con Mónica. No llegaron a ser descaradamente invasivas estas demostraciones. Mónica se hartó antes de que tuvieran la oportunidad. 

Razón por la que ahora estaba ahí. Razón por la que el día antes se peleó con su esposo para poder tomar la camioneta, estacionarse a duras penas cerca de La Consentida (las calles del centro eran más amplias de lo normal por alguna razón que Mónica no recordaba, pero las cuadras se sentían muy chiquitas para lo que se había convertido Ciudad Alcázar) y encontrar el bendito brandy en la carta de bebidas para pedirlo y mirarlo entonces, en medio de la mesa tallada del uso y las “tonterías” de la cantina. Mónica aspiró el ambiente de tabaco y madera de La Consentida. En seguida se sintió conflictuada por hacerlo. El lugar era a la vez calado y ruidoso. Por un momento parecía estar a un nivel que Mónica podía identificar como decente, casi, casi, casi, casi, casi agradable. Pero de pronto los gritos camaraderiles de una mesa, o las burlas de alguno de los reunidos en otra por su victoria en el “truco” – Mónica sabía el nombre del juego no porque fuera sabida para las cartas, sino porque cuando entraron, uno de los jugadores fue directo a pedirle al cantinero “la baraja española pa’l truco” con acento sudamericano, para molestia de ella – la regresaban ahí, entre esa gente.

Mónica miró la copa de brandy con frustración. En un momento quería beberse el trago de un sorbo y salir corriendo de ahí, pero al otro el recuerdo de su hermano la detenía; argh, ¿por qué? ¿Por qué le hizo eso a su propia hermana? ¿Qué ganas de irse de esa manera? ¿Qué les veía Raúl a esos lugares tan ruidosos, viejos y desagradables? Se llevó la copa a los labios y desapareció una pequeña cantidad del líquido ambarino. Pero en fin, ya había alborotado a la familia y su esposo para cumplir el capricho de su hermano, así que lo menos que podía hacer era tragarse el instante, dejar que Raúl la viera bien desde el cielo (o a donde haya ido, que en paz descanse), tomarse el brandy y dejar esa cantinucha atrás, como un mal sueño.

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En eso, el tintineo de la campanilla en la entrada frustró de nueva cuenta su tren del pensamiento.

La molestia inicial de Mónica quedó enterrada por otra molestia mayor, que nació con la voz animada y ligeramente rasposa que inundó el local:

“¡Quihubo, raza! ¿Chingándole duro o chingándose duro?”

El grito cortó el ambiente de La Consentida, el cual pronto devino en risas, chiflidos y saludos al recién llegado, que Mónica juzgó de “demasiado exagerados”. El portador de la voz fue en dirección de Mónica, cuya molestia creció con cada nuevo saludo:

“Quihubo wey, ¿cómo va la pata? ¿Ya mejor?”

“Hasta que te veo, cabrón, ¿te dieron el jale en la maquila, siempre?”

“Quihúbole, pinchi ahijado, ¿y la novia?”

Hasta los faris faris detuvieron un momento su música para saludar al bienvenido. La reanudación del corrido fue una incomodidad mucho menor para Mónica que el hecho de que aquel tipo tomó asiento en la mesa justo al lado de la suya y gritó: “¡Jorge! ¡Una cheve, por favor! Ahorita que aún no nos la quitan esos pinches latigueros mochos cabrones que tenemos de políticos”. 

El cantinero abandonó la barra inmediatamente después con el brebaje solicitado. Mónica le dio un buen vistazo al tipo por primera vez desde que entró. La mano que recibió la cerveza aparentaba un guante de cuero, con cicatrices y magulladuras como riachuelos blanquecinos en su tez morena; los brazos, robustos pero tonificados; la camisa de la maquiladora (Mónica reconoció que era de una maquila porque una vez una comadre le contó que un compadre del esposo de su hermana había entrado ahí como ingeniero-administrador) estaba descolorida y con pequeñas manchas de aceite, pero perfectamente fajada en el pantalón caqui; los zapatos, tallados y de piel mil veces lustrada; el cabello, corto y oscuro; y el bigote y barba, delineados pero que aun así a Mónica le parecieron “sucios”. El cantinero se quedó tantito platicando con el tipo. Mónica escuchó dos o tres intercambios de mentadas de madre y bromas que le semejaron crueles, y se crispó de que lo hicieran con tal naturalidad, sin enojarse.

La sangre comenzó a ponerse cálida, los músculos se hicieron más pesados por la incomodidad y la tensión. Con qué cara gritoneaban todo aquello, con qué bocas besan a sus madres y a la vez sueltan esas corrientadas y peladeces, pensó Mónica. Cuánta indecencia, cuánta falta de modales. Gente así de hablada y vestida no debería tener derecho a quejarse, concluyó Mónica.

Pero bueno, ya estaba entre ellos.

Ya, a disfrutar el brandy y por fin, darle mate al asunto.

Cuándo una idea tan sencilla tuvo una ejecución tan atropellada. 

El tipo, simple y llanamente, “era un merolico”. No pasaba un minuto sin que irrumpiera una salva de burlas, comentarios y – más que nada -, palabrotas desde la mesa vecina.

“¿Y los güercos cómo van? Nah, no te hagas pendejo

¡Si aquí andas de pinchi borracho en vez de procurarlos, wey!”

“¿Ya se nos casó?

Bendita sea, hasta que una lo peló al mamón.

Qué bueno, que se harten de pinchi felicidad.”

“Pues chingando y dándole, carnal

chingando y dándole, ¿pus qué más hacemos?”

“No me digas.

Híjole, pues ojalá que se recupere,

que’l cáncer es peor que patada en los huevos

en domingo y bien temprano.”

Cada trago, cada intento de Mónica por dedicarle unas palabras a su hermano, tal vez un brindis, eran una tortura. La cantidad de voces que fluían hacia el tipo como un cúmulo de ríos fueron el acabose para Mónica, ¿qué tenían todos con él? Todos gritando, todos con esas risas, todos diciéndole “jular” y todos dándole oportunidades para relucir su boca sin vergüenza. En el estallido de su molestia, vio al ambiente de la cantina y decidió por fin dar a respetar sus oídos y asestar un golpe a ese arrabal en el que – le quedó claro -, era su corazón. Con el enojo viajando a sus cachetes y lengua, giró el rostro hacia su vecino y exclamó:

“Óigame, peladete. Si en su casa no tienen educación, qué triste pero es muy su problema. Aquí afuera con gente decente hable bien, por favor”.

Mónica al menos en esa ocasión logró algo. Como gota en charco, ola tras ola de mesas de La Consentida cayeron en el silencio más profundo que ella creyó conocería en su vida. Cada ola la sintió convertirse en un reflujo de miradas enterradas en ella, para las cuales Mónica se irguió orgullosa, retándolas. Los faris faris callaron nuevamente los instrumentos y la pequeña radio que yacía en una esquina de la contrabarra pareció enmudecer, sin dejar de reportar la victoria de Los Ángeles de Ciudad Alcázar de un par de días atrás. La tensión se extendió con el radio de un estallido de granada.

Y en el epicentro, estaban Mónica y él, frente a frente.

Él justo terminaba de dar un trago a su cerveza y ni había bajado la botella cuando recibió la afrenta de Mónica. Como quien es emboscado en territorio aliado, en un principio él se quedó así, quieto en su última posición. Pero Mónica ni alcanzó a disfrutar el placer de tal imagen, pues rápidamente él se recuperó, tiró una risita (de esas risitas), dio un nuevo trago a su cerveza y ahora sí llevó el envase a la mesa. Aclarándose la garganta del agua de cebada, el hombre, ante la mirada súbitamente atónita de ella, tomó su turno de girar su cuerpo para replicar. La silla vieja rompió el silencio con tímidos crujidos durante el movimiento, como los de un niño regañado. El hombre hasta se peinó el bigote antes de empezar, con voz enfurecidamente calmada:

Señora. Mi muy respetada señora. Prestadme vuestros oídos: vengo a contestar su afrenta, mas no a insultarla. Usted me ha injuriado a mí y a mi familia, achacándonos una carencia terrible con el más seguro oprobio en su voz y persona hacia nosotros. Semejante acto me hiere y me deja pesaroso, pues siempre he considerado este salón, un palacete al que venimos a ser demiurgos de amistades longevas y buenos momentos. Pero ahora he sido increpado y tengo el derecho de replicar. Usted me imputa ser un pelado, no saber coexistir con gente decente. De ser eso cierto, es una falta grave, y gravemente he de pagar por ella. Me solicita usted que hable bien frente a la gente decente, y entiendo por esto el que mi lengua alcance las alturas convenidas por los yertos modales de quienes – a su vez – están muy lejos de estos parajes inclementes, pero enhiestos. Sepa, respetable señora, que de hablar con la corrección parsimoniosa que me demanda, no reconocería los frutos del árbol ni los caudales del río, pues podría no sólo colmar su petición, si no hasta lisonjear sus oídos con los más bellos lienzos que palabras pueden crear. En efecto, puedo hacer esto y mucho más. Podría hablar tan bien que dejaría circunspecto a un académico; con tal consideración que podría pasar por general; con tanta sobriedad que podría coptar al más docto de las estoas y consolar al más bolonio de los avernos. Afirmo que de esta boca podrían salir vientos de calma para las desventuras de Odiseo, un escudo que mantuviera íntegro el talón de Aquiles o el pecho de Baldur, una piedra tan grande que pudiera contener la furia de Izanami en el inframundo o la fuerza necesaria para que Huitzilopochtli continúe su persecución eterna de la luna…” 

Las manos del hombre, que desde el principio se habían movido al ritmo de sus palabras como instrumentos ante la batuta, aumentaron su sainete, cual crescendo.

“¡Oh, respetada señora! En esta voz serían capaces de viajar las dagas del Expreso Oriente, la cura para la plaga que llevaron las ratas a la ciudad de Orán, aquellos momentos de zozobra en que cabría preguntarse si existe la navaja en la forma tan palpable como la que ahora se empuño o si es más noble sufrir de la impía fortuna el porfiador rigor, en vez de rebelarse contra un mar de injusticias, y acabar con ellas al enfrentarlas. Viajarían en ella – y los ojos del mundo son mis refrendadores – los lamentos sureños de Enoch Emory, la sentencia de Blake para los que nacen cada día y cada noche, proezas en tal abundancia que obliteraran la sobrerbia en la faz de Ozymandias, las intrigas sicilianas de Montalbano, los seres ignominiosos que vienen más allá de las Montañas de la Locura, el lenitivo para aquel hombre enfermo, aquel hombre malo perdido en el aguanieve, la manera de salir indemne de Comalá, la respuesta que hiciera al cuervo regresar a su región plutónica para siempre jamás. Cabrían en esta voz las palabras para henchir los libros de la biblioteca hexagonal y hacer al joven Borges perder todos los cabellos de la crencha por la vergüenza; para tratar a Cervantes de zagal imberbe sin rocín, sin adarga y sin Yelmo de Mambrino; para convencer a la Décima Musa de que siga a quien por amante la busca, en lugar de adorar a quien su amor maltrata. ¡De abrir la boca, de abrir la boca señora! Sería posible que se abrieran ante mí las más fastuosas puertas de los más elegiacos palacios, desenredar de un tajo los oídos más herméticos cual nudo gordiano, convertirme en el juglar indiscutido del fin de toda una época, aligerar todavía más los músculos grávidos de mis camaradas, hombres de acero y mezclilla, mujeres de plomo y fuego de forja.”

“¡Podría hacer cuanto digo y tanto más por contar, señora!…”

El silencio que creó Mónica quedó totalmente en el olvido, comparado con el que tejió su interlocutor. La red de miradas que los tenía por eje estaba en su máximo punto de tensión. Mónica quiso pensar algo brillante para revirar, pero él se aferró a la delantera, tomando nuevamente su cerveza y dándole un luengo trago, a lo que sonrió y dejó ir:

“Pero pus pa’ qué chingaos, si hable como hable, no le cago a usted por pelado, si no por descalzo, señora”.

La avalancha de risotadas vino en una mezcla de cacofonía y concordia. Lo que parecieron todos los tonos vocales bajo el horizonte se conjuntaron para aplaudir con sus carcajadas la ocurrencia de su camarada. Algunos alzaron sus cristales para saludar antes de ahogar sus voces en los líquidos gaseosos y ásperos. El pecho de Mónica con tal escozor que atrapaba cualquier intento de contraataque que su mente trataba de conjurar. El hombre terminó de engullir su cerveza, echó un suspiro de gusto y se dirigió esta vez al cantinero:

“Bueno, mi güen. Esto es lo que te debo, que debo irme en friega, ahora que resulta que la jornada de ocho hora salió de doce”.

Más risas, acompañadas de una nueva salva de mentadas de madre, esta vez a los respectivos patrones de cada cliente.

“Nomás vine por una cheve antes de la chinga. Aquí dejo lo que es, mi Jorge. Y a usted, respetada señora, le deseo un muy afable día”.

Con esto, el hombre dejó atrás las risas y paredes de La Consentida. Atrás se quedó Mónica, con el escozor aún quemando la casa de su corazón. Su silencio fue sólo interrumpido por el mesero, que por primera vez en un rato consideró prudente acercarse a preguntar:

“¿Algo más, señora?”

Mónica, con un breve vistazo al brandy, tomó la copa y vació el resto del Torres 20, antes de soltar con mirada dura y voz herida:

“Sí. Me trai la cuenta, por favor”.

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