Hoy fue un buen día

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Las dos de la tarde. El timbre de salida. Los portones de la barda del colegio se volvieron el campo de batalla entre un ejército de adultos y otro de niños, que peleaban con sonrisas y se escudaban con abrazos una vez más bajo el sol inclemente. 

De entre aquella refriega, salió aquel niño sobreviviente, quien emprendió el lento sendero al hogar. Su esbelta figura de ocho años apenas se distinguía mientras se deslizaba entre las sombras y el pavimento erosionado por el ambiente seco y los vientos hirvientes de aquella ciudad perdida entre las montañas del Norte del país. Sus mayores señas de vida eran sus manos sobando su cuerpo, que a pesar de la temporada, estaba envuelto en dos playeras, una blanca de manga larga debajo de una negra de manga corta. 

Maldijo, pero a la vez agradeció que La Bolita esta vez se fue suave con él. Sólo el Vaca – apodo que el niño recibió por gordo, alto y lento de sesos – se quiso pasar de lanza, pero quién sabe qué les picó al Lonches y al Calaca que lo detuvieron, y dejaron ir al niño. Tal vez sólo fue otra forma de jugar al tira y afloja con él. Tal vez, como ese día no fue el Capi, los carrillentos se dejaron llevar por la compasión sin su líder, y decidieron que ahí moría. 

Sea como fuere, el niño ahora caminaba a casa. La razón por la que agradecía el alto al fuego era que no tuvieron tiempo para golpearle la cara, por lo que no tendría marcas que explicar a su familia. De enterarse su papá que no había podido defenderse, lo único que podía esperar era otra chinga “por coyón y puñetas”. Hace buen rato que las cosas no iban bien en casa. Las épocas de bonanza en que pudieron salir del barrio en que el niño nació y hasta enrolarlo en la primaria de paga en la que con trabajos seguía yendo, se habían ido. Ahora, en su casa habitaban los gritos, primero, y sus padres, segundo.

Por un rato, salir a la calle con los compitas de la cuadra fue buena excusa para mantenerse fuera del umbral de su puerta. Pero hace rato también que las mamás de sus amigos no los dejaban salir. Algo raro estaba pasando en la ciudad. Había escuchado hablar de balazos, de tipos malos, de que el ejército estaba en camino. Los adultos no le decían mucho directamente, pero aún a su edad, él sospechaba. La llegada del Capi a la escuela no ayudó en nada a sus pensamientos. La razón por la que le decían “Capi” era porque su jefe era un buenón de la Policía Federal, llegado de fuera, y se la pasaba diciendo que su apá iba a hacerles “el favor” de encargarse de los malos. Fue el motivo por la que La Bolita lo aceptó como su líder en primer lugar.

Todas esas cosas acoplaban a la postura del niño, que regresaba a casa con la espalda en curva y la mirada en el suelo. Postura que se enderezó al recordar una cosa. Era fin de semana, es decir que había estado guardando lo que le sobraba del dinero para el refrigerio, y era hora de usarlo. De camino a su casa quedaba una tiendilla de abarrotes, la oportunidad perfecta. Entró y pidió unas papitas de la marca tal, que entonces ofrecían unos tazos de su serie favorita con cada bolsa. 

Abrió las papas y comenzó a comerlas. Aunque las disfrutaba, inmediatamente se puso a buscar el tazo. 

No lo encontraba. El corazón le empezó a latir con intensidad. 

No, por favor que no, no podía haber gastado sus pesitos así.

Siguió buscando.

Nada.

La cara se le descompuso en una expresión desolada.

El día no podía terminar así, ¡por favor no!

Entonces fue que sintió el tazo, atrapado entre los pliegues de la bolsa de aluminio.

Lo sacó de la bolsa con un alivio descomunal. Lo revisó, y constató que era uno de los que le faltaba de la colección. Ya sólo faltaban 15 para tener la colección completa. 

Con un ánimo mucho más alzado, el niño reemprendió el camino a casa. Pensó que, a pesar de todo, hoy fue un buen día. Hasta pensó que, si llegaba puntual y todo salía bien, podría ver su serie sin que lo molestaran.

Y así, el niño siguió por aquellas aceras erosionadas bajo esa árida tarde soleada, mientras que, a lo lejos, podía verse una tormenta amenazando con formarse. 

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