Animales, paisajes y personajes adquieren una dimensión desconocida que los envuelve en un nuevo universo de colores apastelados y composiciones asimétricas en el que parecieran flotar, es la pintura y obra de Helen Joy Laville Perren, inglesa de nacimiento, pero afincada en México durante más de 60 años, lugar que le permitió desarrollarse y ser conocida por su trabajo.

Nació un 8 de septiembre en la Isla de Wright, Inglaterra de dónde es clara la influencia de su colorido y sus escenas costeras. Desde pequeña tuvo el interés de ser artista, pero los conflictos que asolaban Europa durante la primera mitad del siglo XX se lo impidieron. A los 21 años se casó con Kenneth Rowe, un artillero de la armada canadiense con quien tuvo a su hijo Trevor Rowe, la familia vivió durante 9 en Canadá. Con la separación de la pareja, Joy busca un nuevo sitio para establecerse, por recomendación del cónsul de México en Vancouver, viaja hasta San Miguel de Allende en 1956, es en este sitio que vuelve a retomar su ideal de ser artista, toma clases en el Instituto Allende y se relaciona con el círculo de intelectuales de la ciudad que por ese entonces contaba la presencia de personalidades como el pintor suizo Roger Von Gunten, quien fue su amigo y de quién es clara su influencia aunque Joy nunca lo consideró como maestro.

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Es en San Miguel, que conocerá a quién se convertirá en su compañero de vida e inspiración, el escritor Jorge Ibargüengoitia: “Jorge completó mi ser. Era un hombre profundo, cálido y sin complejos. Decía lo que pensaba y sentía, y a mí, que se me dificultaba tanto hacerlo, me parecía maravilloso. Me enseñó a ser mejor persona, más tolerante y perceptiva”.

Para él realizará las portadas de la gran mayoría de los libros de este, y será quien la animará a tomar la pintura como una verdadera profesión, durante los 70’s abordará diferentes temáticas, como la figura humana y el paisaje, sus formatos serán más gran grandes y es notoria la experimentación del color. Vivirán en Coyoacán, Londres, Grecia y París hasta la muerte del escritor en un accidente aéreo cercano a Madrid. Después de ello, Joy regresa a México para montar su estudio en Jiutepec, Morelos.

Su obra, tiene un interés notable para todo aquel que la conoce, en primer momento llaman la atención las figuras, ya sea humanas, animales o vegetales que parecen estar creadas de manera ingenua con cierta asimetría y hasta desproporción, pero al mirar su paleta de color, luminosa, nítida y apastelada es cuando se comprenden las profundas intenciones de su pintura. Los colores que van del azul profundo pasan por los rosados y los verdes hasta fundirse con finos destellos de rojos o a veces hasta naranjas bien diluidos en las obras. Es notorio ver la intención de la feminidad, del movimiento y de la introspección.

En 2012 recibió la medalla Bellas Artes en el área de pintura y en 2015 tuvo una de sus mayores retrospectivas en el Museo Jardín Borda de Cuernavaca, ciudad en la que murió el 13 de abril de 2018 a los 94 años.

Joy tiene algo de surrealista, de impresionista y de fauvista, pero nada de esto define su obra atemporal que intriga, atrae, apasiona y relaja. Hace transparentar el alma al contemplarla y sumergirse en ella. Su obra es arte para la paz, su obra es una promesa de felicidad.

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