A mi madre en sus primeros ochenta,

ella me contó las primeras historias

Los humanos somos seres entrañables que buscamos la compañía de nuestros semejantes para  encontrar juntos una vida plena, nos necesitamos, nos compartimos, nos asociamos. Nacemos incompletos y requerimos de mucha atención en nuestra infancia para fraguar nuestro futuro, el cariño de nuestros padres forja nuestro destino. Nacemos incompletos pero a la vez, ilimitados, no sufrimos la miopía del resto de las especies que nos acompañan en este entrañable planeta.

El ser humano es capaz de escalar las más altas montañas concentrando empeño, buena suerte e imaginación si supera sus temores. Vamos por la vida arrastrando las pesadas cadenas de nuestras inseguridades que nos impiden concretar los sueños que anhela nuestro corazón. Las cadenas no vienen de un mal diseño original sino de los tropiezos mal digeridos de nuestra infancia, comentarios mordaces mal procesados, descalabros imprevistos mal atendidos, situaciones temporales de abandono no asimiladas, enfrentamientos desafortunados no comprendidos, circunstancias desfavorables que el destino nos puso en el camino para probar nuestro temple y nuestra audacia.
El niño herido que cargamos todos nos hace , a veces, andar más lento, más cauto, con paso inseguro y timorato.  A veces logramos superar nuestras  pequeñeces, a veces no.

El fracaso nunca es permanente, es siempre temporal. Este niño herido es heredero de una estirpe de guerreros imbatibles que ha superado las más terribles desventuras y ha poblado el planeta entero desafiando todos los climas y todos los océanos achicando la geografía al tamaño de un acariciable globo terráqueo.

Hemos sobrevivido a glaciaciones , sequias, plagas, a catástrofes climáticas, guerras, invasiones, a despojos, genocidios, migraciones y siempre hemos conservado el buen ánimo pintando bisontes en las cuevas, garabateando poemas en pergaminos, ensayando dulces canciones para que los rapsodas lleven de pueblo en pueblo la noticia, la epopeya y la historia.

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Combinamos hierbas y frutas con granos y carnes para crear verdaderos tesoros culinarios, exprimimos frutos y los fermentamos para simular por breves momentos la alegría de la plenitud. Además de alimentarnos, anhelamos crear poesía que inspire nuestro paladar y renueve nuestro pacto con la eternidad.
Diseñamos telas con texturas y colores increíbles que cubran nuestro desconsuelo.
Atrapamos el viento en instrumentos maravillosos que atemperan con su música nuestra ancestral angustia y acompasan nuestro miedo obligándonos a elevar la mirada y animarnos a imaginar el cielo.

Somos capaces de pelearnos, de atacarnos, de intentar destruir al que creemos diferente a nosotros, creamos ideologías, intuimos religiones, diseñamos utopías que manipulamos en nuestra contra para luego darnos cuenta que la diferencia es tan pequeña que no valía la pena ni siquiera la discusión.
Nos sentamos a la mesa y mirándonos de frente, sabemos pedir perdón.
Cuando gobierna nuestro corazón, producimos bienestar para las mayorías a través de la justicia y la solidaridad, algo nunca soñado en la competitiva historia de la humanidad. Ensayamos métodos de convivencia empeñados en un juego de espirales ascendentes que nos permita escapar del penoso laberinto de nuestras engañosas perversidades.

Somos un espíritu eterno que vive una efímera, transitoria experiencia corporal, le entendí al gran Teilard de Chardain.  Con el tiempo contado y el horizonte abierto, intentamos navegar con intensidad para compaginar nuestros alientos anhelando una plenitud que, por fuerza, o es colectiva o no será.

La familia, es, antes que la misma tribu, el primer y más valioso ensayo de convivencia que hemos forjado los humanos a través de estos últimos veinte mil años de más o menos civilizada convivencia.

Como individuo, en familia, bajo el amparo de la tribu, conviviendo en el vecindario,  población, región y país, anhelamos fraternizar en armonía con el resto de nuestros semejantes.

Descubrimos que la felicidad se encuentra en el suave murmullo del pequeño arroyo que nos da el indispensable líquido para la subsistencia, no en el estruendo de la bella cascada que nos impacta y nos maravilla con su potencia.

Texto vía El Pensador amateur.

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