Los límites de la noche: El Monterrey/mundo de Eduardo Antonio Parra

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La noche, momento que para la mayoría significa el sueño y el descanso de las preocupaciones diurnas, es también relacionada tradicionalmente – sobre todo en la ficción – con el secreto, la violencia y la liberación de las ataduras morales a las que el ser humano se somete durante el día, una especie de “barra libre” donde todo se vale, pues nada importa cuando pasa en las tinieblas. Numerar historias y autores que alguna vez han tratado esta dualidad día/noche sería imposible e inútil sin un enfoque concreto para un tema con tantas posibles aristas.

De esta forma, Los límites de la noche (1996), primer libro de cuentos de Eduardo Antonio Parra, se presenta como la muestra adecuada de dicha relación simbólica entre las horas nocturnas y una sociedad que las utiliza para dar un punto de escape a sus muchas contradicciones, al enmarcarla en un espacio particular de nuestro país: la ciudad de Monterrey, Nuevo León.

Parra, quien ha escrito en cantidad sobre el ambiente del Norte del país, nació el 20 de mayo de 1965 en León, Guanajuato, muy lejos de la llamada Sultana del Norte. Su contacto con la cultura norteña vino de sus estudios en la Universidad Regiomontana, de la que se graduó en Lengua y Literaturas Hispánicas. Autor también de los libros Tierra de nadie (1999) y Desterrados (2013), fue incluido en la antología Narcocuentos (2014) y obtuvo el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en el 2000 por el relato Nadie los vio salir. Su familiaridad con el Norte lo ha colocado como uno de los escritores de la llamada “literatura del desierto”, a la que pertenecen autores como Gerardo Cornejo Murrieta (1937 – 2014), Ricardo Elizondo Elizondo (1950 – 2013) y Jesús Gardea (1939 – 2000), del que se reseño su obra Los Viernes de Lautaro en este mismo espacio. 

En Los límites de la noche, Parra utiliza la oscuridad al final de la jornada para desnudar a la capital de Nuevo León – y a través de ella, al mundo entero -, dejando a plena vista las numerosas realidades que ocurren bajo el cerro de La Silla, que sangran, ríen y lloran en sus páginas.  A través de sus nueve relatos, la noche alberga asesinos, amantes frustrados, prostitutas, gente que simplemente quiere olvidarse en alguna cantina, accidentes en la carretera, arrepentidos e impenitentes que navegan por las contradicciones de la sociedad norteña, que bien es sólo un ejemplo de la sociedad actual, esté en el Norte, el Sur o el Centro.

Sentimos el peso de la noche en los relatos de Eduardo Antonio Parra. Sentimos la noche no sólo como un momento, como un fondo, si no como un personaje en sí mismo, una especie de narrador sin palabras por el que sentimos el peso del vivir de los personajes, lo que sea que eso implique en cada caso. Pesa el aire de homofobia en el que el envejecido y pasado de glorias protagonista de El último vacío busca un amante, en una ciudad donde es más fácil casarse para mantener las apariencias de heterosexualidad; pesa el nacionalismo del cuento inicial, El juramento, en el que un grupo de amigos declaran que “el mayor enemigo que los mexicanos conocemos es el gabacho”, y sin embargo, planean matar a uno del grupo por haberse ido a buscar trabajo a los Estados Unidos, ya que aquí no hay trabajo; gracias a la noche sentimos la imperiosa necesidad de Roberto, protagonista de El placer de morir, por los disfrutes del sexo, el alcohol y las drogas después de una juventud sofocada por el conservadurismo de sus padres y maestros de la orden del Opus Dei, como hijo de la alta burguesía, y sentimos el caos y la indiferencia de la metrópolis en los personajes de La noche más oscura, en la que un apagón deja a Monterrey a merced de sus propios habitantes.

Estos sentimientos y pesos no vienen únicamente por el estilo de Parra, quien utiliza los modismos, las costumbres y la mescolanza cultural (de la cual los términos prestados del inglés estadounidense son gran ejemplo) del Norte para darle vida a las acciones, personajes y lugares de los relatos, si no por las decisiones narrativas que utiliza en algunos cuentos clave de la colección. En El último vacío, la narración alterna entre la segunda y tercera persona, poniéndote en los zapatos de su protagonista mientras fracasa en conseguir un amante en la barra de la cantina, y a la vez mostrándote su pasado amoroso con cierta distancia, como un recuerdo hiriente del que aún no nos hemos repuesto. Por otro lado, el viejo que narra la historia de El pozo, increpa constantemente al lector como si fuera su acompañante, a quien cuenta los eventos que terminaron por convertirlo en un ser nocturno, lo que lo posiciona en un personaje especial en la colección: el único que ha aceptado la noche, que se ha dejado envolver por ella.

Esta técnica de narración en segunda persona tiene un efecto particular en el relato de Nocturno fugaz, puesto justo a la mitad del libro. Con apenas tres páginas de longitud, el relato de una noche de tragos y baile logra unir de cierta manera los cuentos de Los límites de la noche, pues Parra declara, y hace declarar al lector, que: 

Monterrey es una ciudad que engendra animales nocturnos, sedientos de sangre. Lo piensas al ver la cara de los hombres que aún permanecen en el bar: los ves y crees contemplarte en un espejo. De las mujeres sólo queda una: ella. Baila sin pareja en el centro del salón. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. Como tú, todos, ahora pendientes del movimiento de su cuerpo, han sido rechazados en el transcurso de la madrugada. Todos afilan los dientes del deseo, dan largos tragos a su vaso, fuman, la miran sin parpadear. Suspiran al unísono cuando se agacha ampliando el escote, cuando balancea las caderas, cuando sus manos recorren morosamente su propia piel.

Las imágenes que evocan a los vampiros no son meras coincidencias. Eso es la noche de Monterrey, y el mundo, para Los límites de la noche de Eduardo Antonio Parra: el lugar del deseo, de la violencia, de la soledad en compañía. En un artículo publicado en 2009 , Daniel Avechuco Cabrera, de la Universidad de Sonora, reflexiona sobre el libro del guanajuatense: 

Es verdad: los seres que deambulan por los lugares de Los límites son seres embriagados, extasiados por el placer de la droga, alucinantes. Sin embargo, también es verdad que Eduardo Antonio Parra coloca a sus personajes en una situación coyuntural durante la cual, más allá de la cantidad de los enervantes ingeridos, se manifiesta la bestia del hombre que fue, es y seguirá siendo por más que los esquemas diurnos, con toda su moral, todas sus instituciones y códigos de comportamiento, civiles y penales, intenten detenerlo.

Aunque la conclusión del ser humano como un ser “primordialmente” bestial es más que debatible (pues no toma en cuenta la relación entre la estructura social, las contradicciones de clase y el desarrollo personal y social del individuo), algo es innegable: si bien el ser humano no es un ser definido sólo por la violencia, sí es un ser con momentos de gran violencia. 

Violencia que muchas veces se guarda en el cobijo de la noche. 

Noche que en algún momento tiene que dar paso al día, al juicio de la sociedad, a que las contradicciones vuelvan a ocultarse bajo la alfombra. Y en Los límites de la noche de Eduardo Antonio Parra, Monterrey – y el mundo – se vuelve un cementerio para sus vampiros cuando llega el momento de despertar. Como te hace sentir en Nocturno fugaz: 

“Detrás del cerro de La silla el cielo comienza a colorearse. No sabes por qué, pero al entrar ]al carro sientes que es como si te dispusieras a yacer en la frialdad de una tumba estrecha y milenaria.”

Bibliografía:

Parra, Eduardo Antonio, Los límites de la noche (1996), Alacena Bolsillo, Ediciones Era, México, 1ra edición 2019

Avechuco Cabrera, Daniel. (2009). Los límites de la noche, de Eduardo Antonio Parra, y la configuración mítica del espacio nocturno regiomontano. Revista de Literatura Mexicana Contemporánea. pp. 29 – 37. Recuperado de 

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