Los viernes de Lautaro: El lejano desierto de Jesús Gardea

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El desierto (en el Norte lo tenemos muy sabido) es un lugar sin hogar, grande pero con apenas muestras de vida, de extremos muy extremos y retos muy retos para quienes se pongan en la mira domesticar sus dunas y hacer una historia entre nopales y tierra partida por la resequedad.  Un lugar donde lo necesario para vivir, especialmente el agua, es un tesoro rara vez encontrado en algo más que un charco, y por ello, tanto más refrescante cuando se logra dar un trago bajo el sol inclemente.

De la misma manera que el agua, el primer libro de cuentos de Jesús Gardea, Los viernes de Lautaro, es una obra difícil de encontrar, a veces sólo disponible en los fondos de las librerías de viejo. Y de la misma forma que un trago en el calor, el retrato que se hace del desierto es también el del lugar último para la reflexión del ser humano sobre sí mismo, de la soledad, la compañía, la rutina y la muerte, un lugar en que los protagonistas viven de forma parca las preguntas de la existencia (aunque a veces no sean capaces de enunciarlas), y donde la nada se vuelve el todo, una página a la vez.

Publicado en 1979 por el autor nacido en Ciudad Delicias, Chihuahua, en 1939, y fallecido en Ciudad Juárez en el 2000, Los viernes de Lautaro es una de las formas en que se ha expresado la llamada “literatura del desierto”, un nombre con que el ambiente intelectual de la capital del país agrupó en los años ochenta a una oleada de autores nacidos en la región norte del país. Además de Gardea, se ubican en esta literatura al sonorense Gerardo Cornejo Murrieta (1937 – 2014), el regiomontano Ricardo Elizondo Elizondo (1950 – 2013), el bajacaliforniano Daniel Sada (1953 – 2011), e incluso a Eduardo Antonio Parra, que a pesar de ser originario de León, Guanajuato (1965), se le ha asociado a esta literatura por la similitud en los temas y su estilo, así como por su familiaridad con la cultura norteña, gracias probablemente a haber estudiado Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Regiomontana. De vuelta con Jesús Gardea, publicó también las novelas El sol que estás mirando (1981), Los músicos y el fuego (1985), y la colección de cuentos Septiembre y los otros días (1980), ganador del Premio Xavier Villaurrutia el mismo año de su publicación.

Dispárenme como a Blancornelas: ser periodista en un país donde no pasa nada.

A pesar de que la denominación de estos escritores es en base a su región de origen, la literatura del desierto está lejos de un mero retrato costumbrista de nuestro querido Norte. Como menciona la maestra Mónica Torres Torija González en entrevista con Síntesis TV, a pesar de utilizar un lenguaje y ambientes propios de la cultura norteña, “pero que más allá, rebasa toda frontera, y el planteamiento que hacen los escritores que pertenecen a esta zona no se quedan estancados en un territorio, si no abordan algunos problemas que de alguna manera tienen que ver con la condición humana.”

En el caso de Gardea y de Los viernes de Lautaro, este carácter se expresa en las actitudes de los personajes, su día a día y sus (in)trascendentes ocupaciones y preocupaciones. Los personajes de los diecinueve cuentos que componen el libro (protagonistas o secundarios) están, en una palabra, solos. Muchas de las veces esta soledad es física, al estar perdidos en localidades pequeñas o en partes olvidadas de ciudades que sobreviven en el desierto enorme e innombrado; pero todas las veces, la soledad es más que una realidad: es un estado de la mente, una costumbre, un estilo de vida. Los hombres y mujeres que se desenvuelven en sus 165 páginas (según la edición de Lecturas Mexicanas de 1986) tienen algún contacto con la sociedad, pero a la vez, están por su lado, en su propio, pequeño e inalterado mundo, donde sólo se dedican a pensar, a pensar muy parcamente, pero a pensar al fin y al cabo. 

Y tienen mucho tiempo para eso. Rara vez se menciona qué hacen los personajes para ganarse la vida (y aunque se mencione, no tiene importancia en la historia), y las apariciones de aspectos como el gobierno se reducen casi a la inexistencia (el personaje del alcalde en el cuento inicial, Aquellos Bamba, por ejemplo, está ahí para ejercer una débil presión sobre la familia de los Bamba, pero aparte de eso, su poder como alcalde es inocuo). El tiempo es infinito y a la vez insoportable en las páginas de Los viernes de Lautaro, pasa y no pasa a la vez, y el centro de las historias puede ser algo tan simple como un mueble o una pecera (elementos que terminan titulando sus respectivos cuentos). Lautaro Labrisa, el protagonista que da nombre a la colección, pasa sus días platicando con su gato y lamentando la partida de su esposa – a quien recuerda hasta por su propia vajilla de porcelana -, y la vida de Juan Zamudio, protagonista del cuento Hombre solo, se resume perfectamente en este párrafo:

Los remolinos de polvo de la calle vienen a estrellarse contra el esprín de la puerta, a cernirse allí. Zamudio encoje las piernas: el polvo blanco, su contacto, siente que le daña: ha visto la obra del polvo, empujado por el viento, en la corteza de sus árboles. Busca con los pies debajo del banco los zapatos. Sabe que no debe ausentarse de la casa para nada, que allí debe permanecer, esperando: pero son los árboles los que no lo dejan tranquilo. (pp. 21 – 22)

En el desierto que Gardea nos presenta, la trascendencia y la intrascendencia están juntos segundo a segundo del trayecto por la vida. Esto no significa que las historias pierdan el impacto al leerse una tras otras, o que presenten una visión monótona de esta contradicción y esta soledad que puede experimentar el ser humano. A través de sus párrafos largos de poética seca, las historias, aunque sencillas en su presentación, abordan la abrumadora sensación del desierto desde el abanico más amplio de narrativas; incluso el libro presenta una trama cercana al género criminal (aunque sin dejar de lado la temática del desierto) en la que uno de los personajes llega a usar términos como “enemigo de clase” (un concepto marxista para señalar a la burguesía, clase dominante actual, con respecto al proletariado) para nombrar a otro de los personajes del pueblo, que aunque acertado, se revela que realmente es una máscara para ocultar apetitos personales, más que un movimiento organizado de lucha de clases. 

Torres Torija González menciona en la entrevista que esta literatura se ha caracterizado también por una lucha con el centralismo intelectual que aún ejerce la Ciudad del México al resto del país, y “las miradas con las que contemplan las circunstancias del hombre posmoderno.” La primera característica es tan cercana a la experiencia personal de muchos que se vuelve obvia, pero de la segunda, es pertinente tachar la palabra “posmoderno”, pues las vivencias de estos personajes callados, contemplativos y algunas veces cerrados (en contraste al estereotipo del norteño abierto y franco), trascienden con mucho el confuso velo de la llamada posmodernidad, tan deconstruida por sus propios exponentes que cuesta cada vez más enfocar a lo que el término refiere. 

Los viernes de Lautaro, si algo demuestra, es la capacidad que tiene el ambiente del desierto y el Norte del país para aportar una mirada fresca a la literatura nacional, y universal, una mirada desprovista del ruido de la metrópoli, de las preguntas directas, sobrada de los silencios que son comunes al vivir humano, sea en un pueblo indefinido entre la tierra partida del desierto o en un departamento en el centro de la ciudad más ciudad del país, silencios que nadie aguanta, pero en que se descubre más que en la discusión más ajetreada.

Silencios en los que los protagonistas (y tal vez el lector) llegan poquito a poco a sus sentencias, pequeñas o grandes. Como concluye el narrador del cuento Como el mundo, incluído en la colección, sobre la persona que desprecia:

Queríamos saber a Ocaranza en su trampa de madera, saberlo a la mano. Reducido a nada. Queríamos que chillara peor que mujer. Que nos diera ese gusto. Y si una noche no bastaba, aún nos quedaban varias por delante, con sus días. Esperaríamos. Pero la noche siguiente, de madrugada, un soplo de viento nos trajo una hedentina atroz, como si se estuviera pudriendo el mundo entero. (p. 63)

Como se mencionó al principio, la literatura de Gardea, por desgracia, es relativamente difícil de encontrar completa, especialmente en las librerías de presencia nacional. El Fondo de Cultura Económica editó en 1999 una reunión de sus cuentos, pero dicha colección está actualmente agotada. Lo esperable es que hagan una reimpresión de esta obra, y que encontrar sus libros de cuentos y novelas reduzca un poco su dificultad. Pero para quienes estén interesados en la literatura del desierto, está también el libro Norte: una antología, de Eduardo Antonio Parra, en el que se incluye no sólo a Gardea, Elizondo y a los demás escritores que ayudaron a darle el nombre a la literatura norteña, si no también a antecesores como son Martín Luis Guzmán (1887 – 1976) y Alfonso Reyes (1889 – 1959). Esa es una opción.

Pero de tenerse la oportunidad, es altamente recomendable empezar por Los viernes de Lautaro, el lejano desierto del chihuahuense Jesús Gardea. 

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