Marta Turok: el arte popular a través de una vida (segunda parte)

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Pensamientos desde la curaduría

Mientras procuro anotar lo que puedo en mi cuaderno de notas y que la grabadora de mi celular continúe grabando aquello que inevitablemente se me escapa, le pregunto a la curadora el estado de la profesión en México.

“Yo no te puedo decir mucho en general”, comienza, al grano. “Yo estoy muy enfocada al arte popular.”

Continúa diciendo, por ejemplo, que en cosas como el arte contemporáneo “yo no me meto, en algo que ni entiendo, ni sé”, pero que en el mundo en el que ella se desenvuelve “lo que siempre trato es decir ¿de alguien surge la idea o de mí surge la idea? Y lo primero que yo planteo es: ¿qué historia queremos contar? Finalmente cuál va a ser el mensaje. No me gusta tanto lo descriptivo, me gusta tener algo.”

La maestra procede a mencionar que hay una tendencia actualmente en algunos museos y centros culturales al “enfoque de que esto [las artesanías] es arte”, y que debido a esto en las fichas museográficas tienden a favorecer al autor, cuando “desde la perspectiva antropológica va primero el objeto. Si hay o no hay autor es secundario.”

“Yo creo que el arte popular es por su proceso”, se explaya la investigadora. “Sí hay personas que sobresalen, pero ponerle todo, el cien por ciento del peso al autor, tiene el riesgo de que el mensaje que sale es: el arte popular se debe a unos individuos sobresalientes, que quién sabe si son todos los que están y están todos los que son, y la base colectiva de creación – que es lo que los antropólogos insistimos – pasa a segundo plano.”

La conversación fluye con una cadencia lenta pero consistente, como el cauce de un gran río. Pregunto:

– En el contexto del México que estamos viviendo, con sus problemáticas, con sus temas, con sus vivencias ¿por qué es necesaria la profesión de la curaduría? ¿Por qué necesitamos curadores?

– Porque participan, hacen un papel de selección de obra. Primero, conceptualizan el tema, el que gustes y manden. Luego lo tienen que aterrizar en algo que se llama en una exposición; a lo mejor es una exposición virtual, no estoy hablando que siempre sea una exposición con los objetos. Y es a través de la producción humana. Cada curador tiene esa capacidad, esa posibilidad de decir: esto es lo que yo quiero comunicar.

“Yo creo que en sí el asunto: concepto, selección de obra, explicación de obra – la sí o la no explicación de la obra [se ríe] –, qué tanta información vas a aportar, eso no ha cambiado.

Esas son las reglas, si no ¿qué es? Lo que se abren son muchas posibilidades o diferentes soportes y medios para hacerlo…”

– Contar la historia…
– Una o varias historias.

Llegado un momento la conversación toca, vista la época en que vivimos, el tema de los cambios en la forma de consumir información, y en lo que eso ha hecho a los museos. ¿Cómo se han adaptado a esta nueva dinámica?

“El no poner cédulas con información. “Es que no leen”, “es que sólo tienes treinta segundos de atención del visitante por objeto”, y voy a exposiciones sin información.”

“Yo digo okey, está bien, que los que no quieran leer, no lean, pero creo que es obligación poner la información de una u o de otra manera, el acceso a la información. Si hiciste todo un guion científico y lo pasaste a guion museográfico, ¿pues cómo es posible que entonces claudiques y olvides la comunicación?

“Yo tengo mucho problema con eso. Yo sí disfruto y voy y veo y leo y me PONGO en el lugar del curador, ¿qué quiso decirme el curador? ¿Y está logrando su cometido? ¿me está convenciendo? ¿Me está aportando algo de conocimiento nuevo o reafirmando lo que yo ya sé?”

La maestra entonces lamenta el tiempo cada vez más reducido para atrapar al público y transmitirle una idea, con las llamadas microcápsulas.

“Y la micro de la micro de la micro. Yo no puedo decir que me preocupe porque pa’ allá va. El reto es: entonces ¿qué vamos a hacer con los objetos, con las historias? Nosotros tenemos que adaptarnos a esto o vamos a buscar cómo jalarlos y poderles decir algo más que la microcápsula – que sea un poquito más ¿maxicápsula?”

En esta misma vena, le comento a la maestra que, por lo menos para muchas personas, uno de los medidores de importancia o de remuneración del trabajo o el talento en nuestros días es la existencia de una página propia en la Wikipedia. Cosa que, si tecleas “Marta Turok Wallace” en tu buscador de preferencia (Google, casi siempre), encontrarás en las primeras opciones.

¿Qué es lo primero que piensa al ver su propia página en esta enciclopedia vitual? Le pregunto.

“Yo no la hice, nunca la he revisado.” Me contesta inmediatamente, con la voz grave, “Estoy horrorizada.

“Tengo que meterme y construir mi historia, yo no sé quién la armó. Yo no sabía que era un personaje digna de Wikipedia. Evidentemente sé por ay porque muchas veces cuando me invitan a dar una conferencia, bajan de ahí la hoja, el currículum, y yo digo bueeeno pues este [se ríe] no sé. Ahí yo ya soy de otra generación y me cuesta vivir metida ahí en las redes. Dí que manejo Facebook y ya me siento muy moderna. ¿Twitter? ¿Instagram? ¿Pinterest? No, no. Tengo que. Sin embargo, no forma parte de mis obsesiones.”

De pronto, nos interrumpe un muchacho de unos 20 y tantos años, de pelo chino, al que Turok llama Tonatiuh: “Dicen que ya están todos los nacimientos afuera, que si puede salir”, dice. Turok acaba el comentario que me estaba haciendo y me invita a “ver el proceso de la curaduría.”

Salimos del Centro de Estudios. En lo que vendría siendo una antesala al Cento, en tres repisas escalonadas en pirámide de color blanco pegadas a dos de las paredes, haciendo “L”, están artesanías de distintos estilos y tamaños, de diferentes técnicas y procedencias.

Lo único que las une, aparte de su nacionalidad, es el tema: el nacimiento de Jesucristo.

Turok contempla la selección en silencio unos momentos, tal vez medio minutos.

Inmediatamente después pregunta dónde está las piezas de Tlaquepaque. Le contestan que ya las sacaron, pero ella dice “no, aquí no están. Vamos a la bodega, que tenemos que sacar de Tlaquepaque, si es famosísimo Tlaquepaque.”

Regresamos al Centro y pasamos a la bodega, donde contenedores deslizables rojos protegen la colección de Ruth Lechuga. La maestra encuentra pronto una pieza y la enseña a Tonatiuh, quien dijo que ya habían sacado todas las piezas.

“¿Y esta?” pregunta Turok.

“Es que ese no es un nacimiento, es un camino a Belén.”

La curadora ríe livianamente.

“Ay, Tonatiuh, cómo eres estricto”.

Vamos una vez más a la antesala. Por espacio de una media hora la entrevista se detiene, pues Turok asume su rol de curadora, moviendo las piezas de repisa en repisa como una campeona de ajedrez preparando el jaque mate, o como un general moviendo sus tropas para la ofensiva.

Después de eso, regresa a mi lado, y completamos la entrevista en unos burós puestos en la antesala supongo que para las visitas o para cuando se espera a alguien.

Le doy a entender toda mi comprensión si tiene palabras duras para la siguiente pregunta: ¿ve alguna relación entre el periodismo y la cultura? ¿Cuál es nuestra responsabilidad de nosotros los periodistas con estas expresiones culturales como el arte popular?

Ella primero ríe, y dice que no me preocupe, que “no soy política”, así que puede decirme las cosas sinceramente.

“Tenemos que vencer, tenemos que enfrentarnos a nuestros propios demonios. No imponer criterios, porque finalmente si tú no crees en el arte popular, te parece aburrido, repetitivo y que no cambia y que no sé qué, pues a la hora de que haces tu nota no vas a poner en su justa dimensión la producción cultural y artística. Vas a meter tus juicios de valor, van a aflorar los juicios de valor.

“Los periodistas han ayudado mucho en la campaña de no al regateo. Sin embargo, no siempre llegan al fondo del asunto de la cultura popular porque les es ajeno, y es otro mundo. Este es otro mundo, y si no lo has vivido y convivido y no estás abierto a que te lo expliquen los propios hacedores, los que viven la cultura popular, pues ahí se van a meter los juicios de valor. Yo creo que eso se acerca más al fake news de nuestro querido presidente gringo. [se ríe]

“Hay que tomarlo como un reto, “a ver, voy a meterme a este tema de cultura popular y voy a hacer una inmersión como para poner a prueba qué es lo que siento, en el fondo cuáles son mis sentimientos hacia estas expresiones.” Cuestionarse uno mismo.”

Ruth D. Lechuga: una amistad dedicada al México artesanal

Ruth Deutsch Reiss nació el 6 de febrero de 1920 en Viena, Austria, en el seno de una familia judía. Habían pasado dos años después del final de la llamada Gran Guerra, de la que uno de sus resultados fue la disolución del Imperio Austro-húngaro, del que Austria formaba parte.

18 años después, en 1938, Ruth y su familia salieron de Europa, escapando, como muchos, de la creciente amenaza de la Alemania Nazi. Llegaron a México en 1939, y Ruth obtendría la nacionalidad mexicana en 1954.

Estudió medicina en la UNAM y por afición paterna viajó a sitios arqueológicos, con lo que empezó su trayecto a estar tan íntimamente relacionada con la historia de México. Además, estudió fotografía y a través de ella retrató a México y sus artesanos.

Se casó con Ricardo Lechuga en 1951, y en 1956 se muda con su familia al Edificio Condesa, ubicado en la avenida Mazatlán, en la colonia que lleva su nombre. Ahí viviría el resto de su vida, coleccionando artesanías en la que después fue su “casa-museo.”

“Ruth Lechuga era mi amiga” afirma Turok al preguntársele su relación con el Centro de Estudios que lleva su nombre, “era 30 años mayor que yo, y en 1994 forma un patronato para crear el Museo Ruth Lechuga de arte popular. Entonces nos juntábamos y hablábamos de su colección, qué futuro podría tener la colección.”

“Entonces hubo un momento en que asistía a nuestras reuniones el director del Franz Mayer y él ofreció, dijo “¿no quieres donarlo al Franz Mayer?” como para que haya una institución que los resguarde y le pueda dar atención.” Cuenta la antropóloga.

Al fallecer Lechuga en 2004, Turok Wallace comenta que fue nombrada albacea de su amiga, y que a ella le correspondió el proceso de la entrega de los legados y cuidar la colección, que siguió en el llamado “Cuarto Rosa” de Condesa hasta 2011, cuando tuvieron que moverla por inconformidades con los vecinos.

Asimismo, le correspondió terminar de catalogar la colección de Ruth, pues “le habíamos conseguido un financiamiento [a Ruth] en los noventas para catalogar la colección.

Entonces tenía ficheros, las piezas tenían número y todo, aunque no al cien por ciento.”

Turok afirma que la colección tiene 13,000 piezas a la fecha, de las cuales “casi todas eran de Ruth. Ha habido unas donaciones adicionales, pero son pon tú que unas cien piezas, 120 piezas donadas contra 13,000”.

Sobre su propia trayectoria y sus enfoques a la hora de hacer curaduría, las transformaciones en el arte popular, Turok recuerda en algún momento que “Una de las cosas que yo aprendí y que vi con Ruth, y que le hice ver a Ruth, fue que como ella regresaba al mismo lugar a través del tiempo, en su colección había muchos elementos y muchas lecturas de estos procesos que se habían vivido. Eso es lo que a mí me interesa en mis curadurías hacer.”

“Ruth lo que quería era que su colección, que su vida no fuera en balde, que su colección sirviera, tuviera un uso social. Por eso ella lo quería donar a un espacio que pudiera ser público.” Concluye, con un deje, un leve trazo de plenitud e incluso nostalgia por su amiga.

Proyectos en el horizonte

Toda vida no es sólo pasado, si no también, aunque es algo que en realidad nadie tiene asegurado, futuro. Entre la conversación y las anécdotas, la curadora menciona una nueva gran exposición sobre el rebozo en el 2020, en el Franz Mayer.

Consideró que la exposición del 2015, del que ella no hizo la curaduría tomó un enfoque de “ah, pues se está muriendo tal tipo de rebozo, pues que vivan los demás rebozos”,
“y al contrario, yo lo que llevo haciendo, pagada, no pagada, por mi cuenta, es ¿saben qué? Hay que analizar la situación y qué vamos a hacer pa’ que no desaparezca. Ese es el tipo de persona que soy yo. Yo no me doy por vencida.” Afirma con una súbita fuerza en la voz, enhiesta, decidida, sus manos firmemente en el aire, rehusándose ahora a aprisionarse tocando la mesa.

A su vez, comenta de un nuevo proyecto curatorial de la colección Ruth Lechuga, propuesto por Ocesa, de Corporación Interamericana de Entrenimiento, para crear una gran plataforma digital sobre el arte indígena y el arte popular.

En el proyecto, según Turok, están involucrados la CDI, el Franz Mayer, el Archivo Fotográfico de Ruth Lechuga – actualmente en posesión de Artes de México –, la Colección Montenegro del INBA, Culturas Populares.

“Todas nuestras colecciones se van a subir. Sin embargo, cada colección está haciendo una curaduría museográfica propia,” detalla. Su labor en ese proyecto ha sido el guion científico y museográfico de las piezas que van a exponerse en esa plataforma, y el mensaje que habrán de llevar.

“Mi mensaje es: el arte popular proviene de dos raíces, que son la utilitaria y la ritual, y a partir de los 40s, 50s, y a veces 70s, 80s, del siglo XX – y a veces antes –, el arte popular sobrevive en la medida en que se vuelve atractiva a los coleccionistas de forma decorativa o se refuncionaliza para un nuevo consumidor que no es el consumidor tradicional.”

“Ese ha sido mucho mi enfoque. Por eso hay innovación y por eso hay de alguna manera transformación. También me interesan las transformaciones al interior de los grupos, aquellos que usan y que hacen para sí mismos y cómo van variando, ¿por qué? Porque quiero cuestionar el concepto de que la tradición es estática, de la gente que dice ‘ay, pues tráiganles sus diseñadores porque ay, es que no cambian, es que no saben’”.

Pero esos son proyectos a largo plazo, en aquella interrogante que es el futuro. En lo cercano, la maestra y curadora invita al público a ir al Franz Mayer el miércoles 28 de noviembre de 2018, a contemplar la colección de nacimientos que en esos momentos está terminando de acomodar.

– Y cuando regresa a casa del trabajo, ¿qué piensa de lo que hace, qué piensa de su día? – Pregunto, con todo lo que me ha platicado de sus horas, sus días, sus años de arriba para abajo, disfrutando del mundo del arte popular.

– Siempre tengo un pendiente [suspira y se ríe], siempre tengo una investigación pendiente, un escrito pendiente, siempre tengo que sistematizar – ahorita que me fui tres semanas a Londres tengo que bajar todo lo que fotografié y transcribí –. Entonces es como 24 horas al día, siete días a la semana.

“Las reflexiones vienen cuando hay un proceso, cuando estoy inmiscuida en un proceso, o qué tengo algo pendiente con la colección. Hay cosas amplias y cosas muy concretas. No soy de las que cambia de canal. No sé si es bueno o malo. En definitiva siempre hay mucho por hacer.”

Una última pregunta

Al entrar al Franz Mayer y al Centro de Estudios Ruth Lechuga, el reloj marcaba la una de la tarde. Ahora, las manecillas dan las tres. Ya no me quedan más temas en la mente que pueda sacar para continuar la conversación, y el chiste tampoco es entretener a la maestra para siempre, así que simplemente pido una última pregunta.

– Más que pregunta, es un ejercicio de imaginación – le confieso – y va así: si se topara a la Marta Turok de diez años y le dijera que va a trabajar en el Centro de Estudios de Arte Popular en honor a una amiga que tuvo y que va a estar en el Franz Mayer como curadora, ¿qué le diría y cómo se lo diría? ¿Qué cree que le diría su yo de diez años?

– Ay qué bárbaro, qué pregunta [se ríe]. Pues más bien yo no se lo diría, si no a través de llevarla a exposiciones, a través de presentarla con gente interesante, que eso hilos que a esa edad no los ves vayan cayendo en su lugar más adelante. Yo creo que eso fue lo que pasó conmigo. Los hilos ahí estuvieron, los viajes estuvieron. Ya si me clavé o no me clavé y me gustó o no me gustó, no fue por designio si no por vocación.

“Y mi yo chiquito, ooy [suelta, como sin saber qué decir, y piensa algunos segundos] creo que me diría que es muy bonito encontrar algo que te motiva, algo que te llena, algo que no se vuelve repetitivo, aburrido y lo demás. Mi yo me diría “qué padre si es algo amplio.”

En el siguiente enlace la segunda parte.

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