Me masajeabas los pies

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Cuando dormía creía que te soñaba. No siempre jalas los pies, cuando me despertaba tú estabas ahí masajeando los míos, y me mirabas. No es verdad que eres seductora, yo diría que en tu mirada habita la compasión, tú me conoces más que a nadie, tú has estado a mi lado desde el día en el que nací, solo que hasta ese momento te noté.

Mi cabeza era una televisión apagada porque todo era negro, la presión de mi cuerpo sobre el colchón me era tan natural y necesaria como respirar. No voy a mentir, cuando te vi por primera vez me asusté, y desde el interior de mis pulmones gritaba que te fueras, que era ilógico mirarte.

Traté de evadirte adentrándome a mi mundo de fantasía; de héroes, magia, una lucha épica del bien contra el mal. -Ojalá yo fuera el protagonista- pensaba, que al quedarse huérfano, no tener amigos, ser diferente sin saber porqué y de no sentirse en un hogar, de repente llega alguien a decirle que es el elegido para derrotar al mal en un mundo donde es admirado y amado. Pero yo estaba ahí, esperando a que la puerta se derribara, a que la ventana se rompiese en mil pedazos, a que alguien saliera del espejo o del ropero, a que llegara un tornado que me transportara a otro mundo… lejos.

Tú caminabas por el cuarto, inspeccionando mis cosas: el bote de ropa sucia lleno, el piso tapizado de zapatos y cosas que se me cayeron, pero no quise levantar; mi mesa de noche con vasos sucios, empaques vacíos de galletas, libros apilados. Me acariciabas el cabello y posaste tu cabeza en mi hombro, sabía que tú conocías qué había pasado estos últimos meses y que por eso no me preguntabas porqué; por eso dormías a mi lado a pesar de que me revolcaba en mi sudor, de que mi pelo estaba sucio y enredado, de mi mal aliento, de que entre tanto silencio y vacío escuchaba mi vello y uñas crecer, esperando a que mi piel se cayera como la de las serpientes.

Ya no podía fingir que no estabas ahí, cuando me masajeabas los pies. Estos son los mejores años de tu vida, pero mi apariencia era infantil, mi ser estaba envejecido, pues todo me cansaba, pasaba los días recordando a los que se fueron, a los buenos tiempos. Creía que se me había marchitado el alma en solo en cuestión de semanas, algo había hecho mal la naturaleza, alguien manejo el tiempo a tu raro antojo. Era el orgullo de los mayores y el ejemplo a seguir de los menores, ya no había manera de que me convirtiera en la tranquila maestra de literatura o inglés que llama a sus hijos a comer a las tres de la tarde.

Este hogar estaba roto, se había congelado en aquel día de febrero. Afuera todos seguían caminando, pero yo no sabía a dónde ir. Pensaba que tenían razón, la lealtad es un juego de niños que aburre cuando crecemos. Pensaba que tenían razón, aquella estrella en la frente solo me hizo una ignorante más a favor del sistema. Pensaba que tenían razón, al final solo resultaba ser una zorra calienta huevos. ¿Cómo es que fui tan tonta y no lo noté?

Pero tú me mirabas, masajeando mis pies. Afuera el cempasúchil te guió hasta aqui y te quedaste hasta que las luces navideñas me congelaron. Sin necesidad de palabras, de señas, de tu traje elegante con el que siempre te dibujan, de tener a la mano algún arma intimidante, sin alguna cruz; sabía que en el momento que yo quisiera podría pedirte que tocaras en alguna parte de las palmas de mis pies aquel punto que solo tú conoces. Pero no lo hice. En cuanto le hablé a alguien sobre ti, saliste del cuarto.

Aún nos miramos, pero ya no tocas mis pies. Caminas ahora a mi lado como una especie de amuleto, me recuerdas que no importa lo que llore, lo que ria, lo que crean los demás, lo que crea yo, encontrarás el punto. Espero que cuando suceda sea solo a tu voluntad.

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