Norte: una antología, panorama del cuento norteño por Eduardo Antonio Parra

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La violencia, la locura, la soledad, la venganza. Los momentos extraños, los errantes excéntricos. La migración, la adicción a las drogas, la guerra, la revolución, el sexo, el misterio. Los lugares que nunca cambian y a la vez cambian demasiado. La fantasía, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos, la discriminación, la lucha por una vida mejor y, sobre todo, el desierto, la planicie seca que no tiene nada, pero que a la vez, guarda al mundo entero.

Estos y otros tantos temas tienen su campeón y expresión en el libro Norte: una antología (2015), una compilación que rescata la tradición literaria norteña desde inicios del siglo XX hasta nuestros días, desde el periodo posrrevolucionario hasta la “guerra contra el narco”, todo recopilado por el guanajuatense Eduardo Antonio Parra y publicado por Ediciones Era.

Parra, prolífico cuentista por derecho propio, cuyo primer compilado es Los límites de la noche (1996) – reseñado ya en este espacio -, explica en el prólogo del libro la razón de mirar atrás cien años en la literatura norteña:

Desde hace alrededor de cien años, los narradores formados en las regiones septentrionales del país – emigrados o no a la capital – se dieron a la tarea de escribir sobre sus obsesiones literarias particulares, sobre sus universos internos, sobre las experiencias que les iba dejando la vida, en fin, sobre los temas que les atraían, la mayor parte de las veces sin que les importara si tales temas tenían que ver con una realidad social específica o si descubrían con sus relatos geografías inéditas para la literatura mexicana. Su intención era escribir literatura, y eso fue lo que hicieron. (P. 11)

El debate sobre si la literatura del norte del país es una expresión de la literatura mexicana o una literatura por sí misma sigue siendo tema en algunos círculos intelectuales y académicos, como Parra explica en el mismo prólogo (pp. 9 -12). Sin buscar responder definitivamente la pregunta, lo que es cierto que en Norte hay una sensación de familiaridad entre los textos, de una discorde armonía, de relaciones carnales entre los temas.

Es una familia de textos, pero una familia muy diversa. En las 329 páginas que componen la antología, autores de ambos sexos y originarios de lugares como Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Sinaloa, Sonora, Tamaulipas, Baja California, Durango e incluso cunas tan distantes como Arizona y Guerrero, ponen su granito de arena para ofrecer un abanico amplio de historias, personajes, realidades e ideas que componen “el karma de vivir al Norte”, como lo llamó el torreonense Carlos Velázquez.

Así, tenemos las historias de la revolución con los cuentos “La fiesta de las balas” de Martín Luis Guzmán, “Oro, caballo y hombre” de Rafael F. Muñoz y “El Muerto” de Nellie Campobello; tenemos el terror con “El miedo es una enfermedad contagiosa” de Alfonso Orejel Soria y “La Casa de las Golondrinas” de Víctor Hugo Rascón Banda; nos encontramos la sátira social en “El león que fue a misa de siete” de César López Cuadras, “En este pueblo no hay cabrones” de Juan José Rodríguez, “Un poeta local” de David Toscana, “Los húngaros” Magolo Cárdenas y “Gran pantalla” de Luis Panini; en Norte están representadas la fantasía por los relatos “Ven por chile y sal” de Gabriela Riveros, “Chaneque” de César Silva Márquez y “El vagabundo” de Julio Torri, y la narrativa del absurdo con los cuentos “Dos Fantasías” de Patricia Laurent Kullick y “Dios Equis” de Regina Swain; y por supuesto tenemos a la narrativa del crimen y la migración, la primera representada por “El caso de Marlene Stamos” de Élmer Mendoza, “Señor de señores” de Miguel Tapia y “Todo en santa paz” de Julio Pesina, y la segunda por “Familia americana” de Cristina Rascón Castro, “Papá se pegó un tiro hoy a las 6:52 de la mañana” de Pedro de Isla y “El oso” de Irma Sabina Sepúlveda; todo eso, entre los 49 cuentos que componen la colección.

Norte: una antología se vuelve, con esto, una carta con bastantes platos para ajustarse a las preferencias del lector. En una página, una maestra rural halla la manera de que sus alumnos y adultos de la comunidad conozcan la lluvia en un lugar donde nunca llueve, cortesía de uno de los “narradores del desierto”, Ricardo Elizondo Elizondo; en otra, el lagunero Vicente Alfonso nos narra el dilema existencial de un hombre que cuelga un afiche de “se busca” con el rostro de una mujer en la estación de tren; en otra más, un drogadicto regiomontano sale de parranda y pierde el tiempo en sus ligues y pensamientos, presa del insomnio y de la narrativa de Julián Herbert. Tal variedad significa, claro está, que la apreciación de las distintas historias es muy desigual y en parte una apuesta cada que se empieza un nuevo relato. Indudablemente habrá piezas de la selección que sobrarán para uno u otro lector.

Pero lo que no sobrará para nadie son los contrastes que el libro ofrece, las contradicciones de esa región que se mueve entre extremos: violencia y calma, movimiento e inmovilidad, la careta de modernidad y la sociedad dura y reaccionaria, la reflexión eterna y la vida por instinto, la soledad y la obsesión con las relaciones personales.

El develar estas contradicciones y presentarlas hombro con hombro es la mayor gracia de Norte: una antología. Dos pasajes en particular son perfectos para ilustrar este diálogo.

En “Solitario”, de Guillermo Lavín, la historia cuenta que:

Alguien dijo que al hombre lo carcomía la soledad desde que su mujer se fue con otro; que un par de semanas después, quizá por descuido, no puso el pestillo a la jaula del canario, ni dio de comer al perro. Ambos se fueron.

A partir de entonces, con frecuencia, lo vimos detener su paso en la calle, como si buscara algo en el suelo. Una tarde en que el sol brilló intensamente, contemplamos desde una banca en la plaza cómo la sombra del abandonado se extendía sobre los mosaicos. Estuvo largo rato observándola. Luego, en voz tan baja que aún dudamos haberla oído, susurró: ‘sólo falta que tú también te vayas’ (p. 157)

Y por el otro lado, en “Tijuanenses”, de Federico Campbell, el protagonista reflexiona sobre su ciudad:

Ahora Tijuana tiene un millón de habitantes. De la que yo hablo apenas existe para unas cuantas gentes: algunas, muy pocas, de las que nacieron y crecieron aquí. Al lado de una opulencia inexplicable, sobrevive la gente de los cerros y las chozas peligrosamente empotradas sobre llantas viejas y entre los cañones. Las condiciones no han cambiado: el contorno, sí. Por un lado, en la ciudad de maestros de ceremonias pululaban los clubes. Se hacen fiestas y bodas entre nubes de hielo seco y árboles naturales como en las mejores épocas del casino de Agua Caliente. Por otro, como los chucos excluidos del banquete, se repliegan los cholos, con la camisa larga de cuadros anudada del cuello y suelta por encima de los pantalones kaki. (p. 98)

Y esos son solo dos ejemplos de la variedad de Norte.

El norte del país – como el resto de sus regiones y el país mismo – ha tenido para los centros culturales de México – la capital sobre todo – un estereotipo muy reducido de un desierto vacío lleno de hombres duros y mujeres calladas, donde todo se resuelve a balazos y el único camino familiar es el de la muerte o el viaje hacia el “sueño americano”.

En este sentido, Norte: una antología de Eduardo Antonio Parra es un excelente argumento para matizar ese estereotipo, jugar con él a través de la voz de sus autores, dar una interpretación del mismo y, quizá, demostrar que nada es tan sencillo como aparenta, en este amplio y contradictorio panorama del cuento norteño.

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