Texto vía Estado de La Laguna

No lo entendí en su momento, no capté la situación, dejé pasar la oportunidad de expresar mi descontento ante un verdadero atropello a nuestra identidad que el 9 de marzo de 2017 nos despojó, durante casi tres años, de uno de los iconos que nos representan.

El hecho no despertó en mí la enjundia que encendió el rostro de Javier Quintero Guridi, ni la mesurada pero firme protesta de Carlos Castañón, ni la puntual denuncia de Aldo Villarreal, ni el siempre creativo y fraterno grito de Jorge Torres Bernal. No, no hice consciencia de la importancia del momento.  Pensé que era un muy transitorio paréntesis para poder acomodar una obra de gran beneficio, un pequeño costo temporal para poder recibir un beneficio mucho mayor. No percibí que era un atentado contra nuestra identidad, no me lo pareció en su momento, ahora me doy cuenta que si lo fue.

Mientras desmantelaban el “Torreoncito” de la entrada pensé que el valor de esa seña de identidad estaba en su diseño, no en las piezas que lo conformaban, que no importaba si se destruía, se podía reponer fácilmente ese conglomerado de estilizadas líneas de concreto que remataban con un torreón abstracto y que desde los setentas se convirtió en uno de los iconos más importantes de nuestra identidad junto al Cristo de las Noas, junto a la espiga de Sebastián-Puerta de Torreón.

Ahora que veo el esplendido nuevo “Torreoncito” colocado a la entrada del Parque Fundadores confirmo que lo valioso está en el diseño no en los componentes.

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¿Entonces en dónde está el problema?

En que las autoridades que lo “desmantelaron”, nunca tuvieron un plan para reponer de inmediato esa seña de identidad y los ciudadanos, la gran mayoría, no hicimos nada.
La omisión es alarmante, más si fue planeada.

Dejamos solos a un puñado de laguneros que si se dieron cuenta de que el agravio era en serio, que no era un inevitable evento temporal. Un ciento de laguneros, todos tan valiosos como los cuatro que conozco y por eso menciono, todos laguneros y laguneras de gran valía a quienes reconozco su visión al protestar en momento, en su sitio, por un agravio que solo ellos percibieron a tiempo.

Mientras caía el ultimo componente del monumento, mientras la grúa dejaba caer al suelo el último bastión de la atalaya privando al horizonte de su gallarda y estoica apostura, ante el dolor del último aliento, de manera espontánea, se tomaron del brazo, hermanándose para entonaron el Himno Nacional. Cuando el horizonte perdió la silueta que nos identificaba desafiando el azul horizonte y los rabiosos atardeceres, unos ciudadanos lanzaban el Himno en el poniente de nuestra ciudad como advertencia de que el agravio seria registrado.

Como en aquel fatídico 1868 en el que una creciente impetuosa del Nazas destruyó el primer torreón, el de don Leonardo, que fue repuesto por las huestes de don Andrés Eppen, así ahora, se volvía a construir el símbolo derribado por un progreso que prometía ser puntual y no lo fue.

Como ciudadano, lamento mucho no haber alzado mi voz junto a la de mis cuatro conocidos y el del resto de los presentes, igual de valiosos. Ellos y ellas si vieron algo extraño que se materializo en casi tres largos años sin nuestra estampa identitaria, sin nuestra bandera de entrada, sin nuestro símbolo urbano.

Enhorabuena, hemos recuperado la sonrisa que recibe a la gente que viene de nuestra hermana Gómez Palacio y de nuestra hermana Lerdo. Un bastión como nosotros, sencillo, audaz, osado, austero, estoico, mirando siempre al futuro.

Felicito a los que reconstruyeron el Torreón de la entrada y a los que supieron levantar su voz clara y fuerte en su momento.

Queda en nuestra consciencia que no debemos permitir que nos sigan taladrando nuestra identidad, hay que levantar la voz. Hoy me quito el sombrero y aplaudo a los que lo hicieron,  a las que no se dejaron, a los que señalaron el daño.

El agravio no estuvo en los trozos abandonados en la deportiva, el agravio se cometió al dejarnos casi tres años sin su reposición.

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